Nefertiti

Sé que algunos de vosotros, a mi espalda, comentasteis en su día, cuando yo bauticé a mi profesora de zumba como La Diosa, que exageraba. Que se me había ido un poco la cabeza, pobrecita, de tanto sudar. Bien, hoy he vuelto y la profe nueva se ha presentado como Ne- fer- ti-ti.

Es pronto aún para saber si tiene el carisma de La Diosa primera, la original, mi musa, la que inspiró el diario de zumba que luego se convirtió en un blog para hablar también de otras cosas. Pero como lo siento os lo digo: Nefertiti tiene madera. Incluso guarda cierto parecido físico con La Diosa. El pelo, por ejemplo, lo tienen igual de largo, es decir, por la cintura, y el culo le empieza naturalmente a la altura de la coronilla.

Si al salir de clase, con mi cara de semáforo, me hubiera tropezado con el genio de la lámpara, le habría pedido, sin dudarlo, que me convirtiera en Nefertiti. No nos engañemos, el periodismo se acaba. No hay exclusivas para todos. El papel se muere. ¿Internet de pago? Hay que diversificar. Y yo quiero el culo en la coronilla. Quiero saber hacer todos esos gestos obscenos –el catálogo de la nueva profe es simplemente impresionante-. Quiero esa melena hipnótica. Quiero que mi vida consista en mirar mi cuerpazo delante de un espejo, viendo de reojo, detrás de mí, a la panda de losers en mallas de decathlon y culo de mortal, en el mismo sitio que todo el mundo, debajo de los michelines.  

¿Sabéis lo que podríamos hacer con todo eso? No me harían falta ni los dos siguientes deseos para pedir la paz en el mundo y que ningún niño pase hambre. Que me manden a la ONU, a Corea del Norte, a Rusia, con mi pantalón corto, mi top, y un disco de regueton. No ha nacido un ser capaz de decirle que no a Nefertiti. Si me pongo, fijaos lo que os digo, puedo hasta salvar el periodismo.

Si el genio me concede el deseo, como a Tom Hanks en BIG, prometo tirar toda mi ropa a la basura y no volver a comprar nunca nada que me tape el ombligo. Prometo también regalar todos mis discos de Otis Redding, Nina Simone y Amalia Rodrigues y escuchar regueton sin parar. A partir de ahora, solo perreo. “Y si con otro pasas el ratooooo, vamos a ser feliz, vamos a ser feliz, felices los cuatro. Te agrandamos el cuartoooooo”.

Nefertiti nos pide que gritemos con las canciones y es cierto, al principio estábamos un poco cortadas – la tribu del ojo pintado a veces es pudorosa-, pero luego nos hemos puesto a berrear como locas. La felicidad – me he dado cuenta hoy, a los 35- es eso: gritar, sudar y reírse al mismo tiempo. La Diosa ha vuelto.

  
 

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