Mis favoritos

Hay que ser objetiva, neutral, mantener la imparcialidad. No se debe, pero confieso que tengo favoritos. Desde hace años son los que tienen muchos más que yo. Aprendí a apreciarlos con los que me tocaron de serie: dos pares de abuelos excepcionales e interesantísimos. Luego, trabajando, he tenido la oportunidad de entrevistar a muchos, casi siempre en circunstancias duras. Por ejemplo, delante de una fosa común abierta, buscando un esqueleto con reloj, el de su padre. La gente mayor es dura, pero sabe ser tierna. Es sabia, pero humilde. Y un lujo para mi oficio: nadie tiene tanto que contar y por contar.

Mi abuela materna, Fina, se fue demasiado pronto. Yo tenía diez años y perderla es el primer recuerdo que tengo de la tristeza. Los bebés y los niños lloran mucho, pero de adulto no te acuerdas. La primera vez que miro atrás y me veo llorando es el día que me dijeron que ella se había ido “al cielo”. Y no es solo porque sus nudillos fueran la máquina de cosquillas más perfecta que existe; porque hiciera la mejor tortilla con tomate del mundo o porque su maravillosa tienda (ferretería, juguetería y lo que surja) fuera el lugar donde yo he sido más feliz en toda mi vida, sino porque tenía algo que identifiqué ya de mayor, cuando aprendí la palabra: un carisma de aquí a Finisterre.

Después fui perdiendo al resto de mis abuelos, mis dos Ángeles, el paterno y el materno, y a María Luisa. Empecé a conocer a los abuelos de otros. Me gustan mucho los niños- especialmente algunos-, y los adultos -especialmente algunos-, pero tengo debilidad por los mayores porque son los que concentran, en mayor porcentaje, las cosas que me gustan. Por ejemplo, han sido muy trabajadores, y eso siempre me ha derretido: ver a alguien esforzándose en lo que hace, sea lo que sea. Son discretos, no se gustan; a veces no hablan mucho si no insistes, pero si aciertas con la pregunta, que es una de mis sensaciones favoritas, es como descubrir una fuente de petróleo. Son tesoros escondidos, cofres por abrir. 

Entre los 47 millones de españoles asustados pienso en ellos los primeros, por razones obvias. Tienen la fuerza de la experiencia, de la acumulación de datos y vivencias, pero la debilidad física de los años. Son la generación más generosa y antes del coronavirus lo han demostrado de sobra: prestando su pensión a los hijos durante la crisis; cuidando siempre de los nietos. Abofetearía uno a uno a los que no han entendido que hay que quedarse en casa; a los que con ignorancia y soberbia – tan peligrosas ahora- siguen actuando como si esto no fuera con ellos. Como no puedo hacerlo, recuerdo el motivo para quedarse en casa por aquí: se lo debemos. A todos los que sí han entendido, y que afortunadamente son mayoría, muchas gracias por proteger a mi gente favorita.

Un día menos

Un día menos para darle a mi tío Pablo el abrazo que me dolió no poder darle estos días.

Un día menos para despedir a mi tía Macu.

Para tomar un vino con mi padre y volver a jugar con mi hermano a guerra de besos (él los vendía caros).

Para decirle a mi tía Belén que ya puede descansar. Y en nombre de tantos: Gracias.

Para esperar una ola en la orilla.

Para enfadarme con el árbitro.

Para preocuparme de tonterías.  

Para ponerme unos zapatos de tacón.  Para estrenar una camisa.

Para celebrar cumbre de gallegos en nuestro cuartel general, Lúa.

Para enfocar de lejos.

Para pedir al DJ que ponga por favor, por favor, la canción que me gusta.

Para hacer, como siempre, un desastre de maleta.

Para levantar la cabeza en la redacción y pedir un sinónimo o darlo. Para escuchar los gritos de la hora del pánico: el cierre.    

Para mojarme si llueve.  Para pasar frío o calor si lo hace.

Para ahogarme de la risa viéndome en el espejo del gimnasio en clase de zumba.

Para mirar a alguien que me guste a los ojos.

Para hundirme de gusto en la butaca antes de ver en el cine una historia de ficción que sí supera a la realidad.

Para comer la deliciosa paella de Quique en una de las sedes de la otan.

Para que Mateo me dé una paliza a los bolos.

Para bailar con Pablo y Martín una playlist de imprescindibles que no termina nunca.

Para salir a pasear con Lola (97 años) por Carballo y darnos un baño de masas y besos.

Para planear las próximas vacaciones de Sangre Azul (yo me entiendo).

Un día menos para veros.

Mi padre, el Dinamita

En la Universidad no se podía ser más cool que ese chico del pelazo que jugaba al rugby. De 8. Entonces, en Madrid, papá era “El Dinamita” y todas sus fotos de esos años parecen carteles de una película. No me extraña nada que mi madre se enamorara de él y mi padre de ella, sobre todo después de que colocaran los colegios mayores a los que iban a llegar desde Asturias y Galicia uno frente a otro –estaban esperándolos-. Por esa época mi padre estudiaba Astrofísica y hacía sus pinitos en el cine. En casa hemos visto en bucle su papelito en Marchar o morir con Gene Hackman, donde hace un minuto de preso con los brazos detrás de la nuca. Interpretación impecable. Una toma. Y que sepa toda España que mi padre plantó a Catherine Deneuve –le llamaron para hacer de extra en Rojos– para ir a un homenaje a mi abuela, catedrática de matemáticas.

Ya en Coruña, cuando empezó a ser mi padre o yo empecé a ser su hija, le ofrecieron ser hombre del tiempo, pero justo a la vez aprobó la oposición y dedicó las siguientes cuatro décadas a dar clases de matemáticas en un instituto. Yo heredé sus orejas, pero le salí de letras y tuve la desfachatez de llevarle a casa algún suspenso en mates, de los que aún me arrepiento. A cambio, terminé escribiendo en el periódico que él compra desde el día que salió, cinco años antes de que yo viniera al mundo.

Como hoy no puedo verlo, ni abrazarlo, ni darle un regalo, escribo. Para contarle algunas cosas y para compartirlo con otros, además de mi hermano Gonzalo. Me encanta cuando coincido con sus amigos, o con mis tíos o, la última vez fue su frutero, y me dicen cosas que yo ya sé: lo buena persona, lo divertido, lo listo que es. Con 66 años se ha convertido en joven promesa del bridge.  Tenemos el salón de Coruña lleno de trofeos feos, pero merecidos.  Ahora ha tenido que hacer un breve parón en su carrera, pero sigue entrenando por internet . Y como no se puede salir a caminar por ese estupendo paseo marítimo, que mi padre llama “la ruta del colesterol”, ha arreglado una bici estática que llevaba 20 años cumpliendo la función de perchero. A la media hora se gripa y hay que dejarla descansar, pero menos es nada. 

Nos debemos un viaje los tres para celebrar la jubilación. Hemos ido posponiéndolo por una acumulación de días que entonces nos parecían históricos y han resultado ser nada más que campañas y elecciones. Cuando pase todo esto, mi hermano y yo celebraremos que tenemos el mejor padre del mundo por todo lo alto. De momento, feliz día, papá.

Para la otan

La otan, que es como yo llamo a mis amigas y sus maridos – un grupo metroscópicamente perfecto, la muestra ideal para cualquier encuesta sobre España en su conjunto- me ha pedido que escriba algo desenfadado de la cuarentena, y yo el tratado de la alianza me lo tomo muy en serio. No me puedo comprometer, eso sí, a que sea diario, como el de las campañas electorales, porque aunque viajo menos, estoy más ocupada que nunca. Sabéis perfectamente de lo que hablo. Además del teletrabajo, que significa trabajar mucho más que antes, porque ni siquiera hay el alivio de los desplazamientos, tengo no sé cuántas videoconferencias programadas, tablas de yoga y recomendaciones literarias y cinematográficas varias que atender. En mi vida acumulé tantos deberes y nunca había tenido tan desatendida a Siri, con la que antes del estado de alarma jugaba casi todos los días a preguntas trampa. Por ejemplo:

– Siri, ¿quién es la más guapa del Reino?

– Blancanieves, ¿eres tú?

En todo caso, y como son tiempos duros, que invitan a la reflexión interior, he tomado ya dos decisiones trascendentales para cuando pase todo esto:

1. Necesito más metros cuadrados. Me he dado cuenta de que son muy importantes. La ecuación, en realidad, es salud, dinero, amor y metros cuadrados. Y terraza. Al exterior. En los patios interiores no sale nadie a aplaudir. ¿Hay algo más raro que aplaudir sola?  Estoy dispuesta a no comer los lunes y los miércoles a cambio de poder permitirme, por lo menos, un balcón.

2. Echarme novio. Los periodistas nos pasamos la vida preguntando a los demás si hacen autocrítica y a nosotros nos damos manga ancha. Pero yo asumo mi error y bajo el listón. Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. “Que me haga reír; que sea inteligente, cariñoso pero no agobiante, detallista pero no cursi. Buena persona. Que tenga un trabajo interesante; que entienda que la versión original es innegociable; que le guste Ludovico y la Motown; que baile bien; que sepa hacer las cosas que yo no; que toque la guitarra…”. ¿Pero dónde ibas, criatura? Lo bien que me vendría ahora un buen hombre con el que pelearme por quién baja la basura (¡tú ya fuiste ayer!) y por el mando de la tele (¡Tú escoges mañana!). Lo que entretienen. Las horas que matas enfadándote y reconciliándote. Tengo provisiones de sobra de macarrones y papel higiénico, pero me falta un ser parlante. Alguien que me moleste a las seis y que a las diez piense: ‘qué bien que estás aquí’. Error de cálculo del que me arrepentiré muchos días, según Pedro Sánchez -que ya nos está preparando para prorrogar el estado de alarma- y Pablo Casado -que, en eso, le apoya-.

Esto no solo lo he pensado yo, porque noto que vosotros, mis amigos y amigas con pareja, me llamáis más desde que estamos encerrados. Mi amigo David me ha dicho que ahora tiene unos ratos libres y va a hacer casting para mí. Yo se lo agradezco en el alma, pero desde que me lo dijo estoy más angustiada, porque me preocupa mucho que cuando finalmente me presente a los candidatos, ellos se lleven una decepción, como le pasaba antes de la cuarentena a la gente que ligaba por aplicaciones de móvil con fotos hiper producidas y luego, al verse en persona, zasca. Porque David enseñará mis estampas del Antes de-, cuando según mi Iphone había días que daba 25.000 pasos. Ahora, según las mismas fuentes, hago hasta 12 horas de consumo del teléfono por jornada, y eso engorda. Engorda muchísimo. El chocolate y las gominolas, también. Pero es que las cosas sanas las veo como muy expuestas a las toses y además no tengo ni idea de cocinarlas. Mi casa era uno de esos hogares en los que solo había cápsulas de nespresso. Imaginad la revolución. He hecho ahora, por primera vez en mi vida adulta, una compra de supermercado de más de cinco elementos y por internet.

Sufro, además, porque intuyo que el engorde no va a ser algo generalizado. Es decir, aquí hay mucha gente que, a lo zorrito, sin avisar, ha convertido el salón de su casa en centros de alto rendimiento y hace tablas de glúteos, planchas y sentadillas como si no hubiera mañana para salir con cuerpazo de la cuarentena. Dicen que es para desentumecer, pero están compitiendo entre ellos, en secreto, preparándose para el maratón de la libertad. Yo empecé una mañana con los movimientos esos circulares de cuello, pero me enviaron unos memes y me distraje cuatro días. Mañana empiezo la tabla, lo juro. Sacaré tiempo de donde sea.

Las crisis dicen que sacan lo mejor y lo peor de cada uno. Es la purita verdad. Yo reconozco que me reconforta ver a las influencers en Instagram tirando de archivo. Y cuando vi que Idris Elba tenía coronavirus, mi primer pensamiento no fue ‘pobre Idris’, sino, ‘pues si yo no lo puedo abrazar, su novia tampoco’. Luego, para compensar mis maldades, llamo compulsivamente a los seres queridos para decirles cosas bonitas.

He cambiado. Antes soñaba cosas muy grandilocuentes, tipo enviada especial a conflicto bélico conoce fotógrafo con chaleco de bolsillos y pelazo, pero ahora a veces me despierto y recuerdo que he dedicado la noche a arrasar Zara, o a beber dos tercios seguidos en un bar petado, rodeada de gente que habla muy cerca y discute cuál va a ser el siguiente garito. Siempre hay unos que quieren beber y otros que quieren beber y bailar. Es la vida. Aún no he hecho eso de comprar un vino que no sea para llevar a una casa a cenar, sino para que me lo traigan a la mía, a mi puerta – sin tocar-, porque pasé muchas temporadas de The Good wife preocupadísima por cuántas copas bebería Alicia Florrick cuando no mirábamos. Pero estoy a punto. Este martes, durante una de las videoconferencias, he pensado: ‘Mi reino por una Estrella Galicia’. Y luego he pensado, no, mi reino por ir a Galicia. Hoy han prohibido las playas también. Y el dato me ha encogido un poco, aunque la tenga lejos. Voy a prepararme para la operación bikini. Las de las sentadillas a escondidas: voy a por vosotras, que lo sepáis. Enseguida os alcanzo.

Editorial: Jennifer y Brad

Nunca hemos estado en la misma comunidad autónoma; ella es una estrella de Hollywood y yo una plumilla made in Galicia, pero siempre he considerado a Jennifer Aniston un poco de mi pandilla. Es decir, no tengo con ella la misma relación que con Jennifer López,  por ejemplo. De J-Lo o de cualquier otra Jennifer (Gardner, Lawrence…) no sabría interpretar ningún papel, pero las líneas de Rachel Green me las sé de memoria: de la primera temporada de Friends – “Well, maybe I´ll just stay here with Monica”–  a la última – “What I am doing? I love you!”-. El primer episodio de Friends se emitió en 1994,  el último, en 2004,  y yo he visto entera la serie como siete veces. Son muchos años juntas.   

Por todo esto siempre he querido que a mi Jen le vaya bien. Me cogí un disgusto del quince cuando Brad Pitt la dejó por Angelina; me enfadé como si estuvieran insultando a mi mejor amiga cuando la prensa amarilla hablaba de ella como si fuera una pobre mujer despechada; la defendí en tertulias caseras como si fuera prima carnal cuando la presentaban  como un bicho raro por no tener hijos; y celebré cada vez que la he visto recoger un premio, que es la forma más elegante de venganza.  

Cuando conozco a alguien, una pregunta test así rápida para saber cómo es la persona que tengo enfrente es precisamente esa: “¿Jennifer o Angelina?”. Puede parecer una tontería, pero da muchos datos. La respuesta no es vinculante, se puede remontar, pero si eligen a la morena, inevitablemente se abre una distancia entre nosotros y desconfío, como me pasa con la gente que dice: “A mí no me gusta el dulce”.  

No estoy orgullosa, porque es pensamiento de mala persona, pero confieso que cuando Brad y Angelina se separaron, me alegré un poquito. Desde entonces, como buena parte del resto del planeta, he deseado con todas mis fuerzas que él se arrepintiera y se diera cuenta de que Jen es única e irrepetible. La mitad por lo menos de las series más longevas y de muchas películas se aprovechan de ese instinto. La trama es siempre la misma: nos presentan una pareja súper riquiña (Rachel y Ross; Meredith Gray y Dereck Sheppard;  Alicia Florrick y Will Gardner…) y se pasan años (o sea temporadas) poniéndoles un montón de obstáculos para que el espectador vea un capítulo y otro y otro a ver si algún día por fin se dan un beso y otro día, mucho tiempo después, consiguen estar juntos.(Por cierto, no he perdonado aún a los guionistas de The good wife que mataran a Will).  

No estoy en la cabeza de Brad, pero me gusta pensar que cuando se paró delante de la pantalla a escuchar el discurso de Jen al recoger esta semana su premio del sindicato de actores a mejor actriz, por dentro había una mezcla de orgullo y nostalgia. Y creo que como yo, todo el mundo, de ahí la difusión del vídeo en cuestión en redes sociales. A mí me gustaría que volvieran a estar juntos, porque las mejores historias siempre incluyen, además de un romance tormentoso, un momento de arrepentimiento y de perdón. Jen es magnánima. Según he leído por ahí, invita a su ex a sus cumpleaños, y otra en ese percal, el otro día, a lo mejor, en lugar de sonreírle y tocarle con ternura el hombro, pasaba de largo con su vestidazo blanco –que por cierto, recordaba al de la boda-. Que se hayan hecho amigos también es un final bonito. Yo la apoyaré haga lo que haga. Es lo que se hace con los Friends.

Connecting people

Empecé 2020 volviendo a 2005. No fue algo voluntario. Perdí el móvil en nochevieja y tuve que recuperar mi viejo Nokia 6300, una pieza arqueológica, sin internet, ni whatsapp, ni Telegram, ni Twitter,ni Facebook, ni Instagram. Un teléfono

raso,  con solo dos funciones: llamar y enviar SMS. Meterme en la carpeta de mensajes recibidos –lo que tuve que hacer pulsando auténticos botones, porque la minúscula pantalla por supuesto no era táctil- fue como viajar en el tiempo; como encontrar un fósil, una huella antiquísima de mi paso por aquí. El primer mensaje tenía fecha de 2005, cuando no había smartphones o yo creía que no los necesitaba. Me pareció, leyéndolos, que pertenecían a alguien muy feliz; que la vida era más fácil, como los aparatos. 

La persona que leía los SMS, o sea yo, no había dormido precisamente por temor a quedarse dormida – los smartphones provocaron la extinción de los despertadores y otras especies electrodomésticas-. Y experimentaba un cuadro de ansiedad con angustia, palpitaciones e incluso alucinaciones, porque oía notificaciones de whatsapp que no existían más que en mi cerebro, como ese dolor fantasma que sucede a las amputaciones. No sé cuántas veces, en las 24 horas que estuve sin iPhone, hice el amago de buscar el teléfono que ya no tenía, pero fueron muchísimas.  Una cantidad patológica. 

En el metro, viendo a todos mis vecinos de vagón enfrascados en sus pantallas táctiles, llenas de aplicaciones y otras cosas maravillosas, sentí verdadera envidia. Los odié con todas mis fuerzas – a mujeres, hombres, adolescentes y ancianos-  y los puños apretados para engañar a las manos vacías. Saqué entonces del bolso mi reliquia. Acorralados, como estábamos, bajo tierra, pude escuchar perfectamente los murmullos y risas que iban cambiando de estación a estación. Abrí la carpeta de fotos y aparecieron unas sombras de colorines. Con mucho esfuerzo pude llegar a identificar un exnovio borroso y una ciudad distinta. Después abrí la carpeta de SMS. Estaban llenos de cosas bonitas.  Tan bonitas, que me sorprendió haberlas olvidado. Las escribían personas que me querían y que ahora lo hacen de otra forma. Eran dos o tres al día, no más. Pero cada palabra estaba muy bien elegida; no eran –ni literal ni figuradamente- gratuitas.  Algunos mensajes reclamaban de forma encantadora que ella volviera de un viaje, de un recado. Otros explicaban por qué él tenía ganas de regresar a ella. Había halagos desarrollados. Había intención y método. Comprendí que se trataba de un diálogo personal, intransferible, sin todas esas herramientas – emoticonos, gifs- que millones de personas utilizamos a diario por falta de imaginación, de ganas o de tiempo.  El soporte podía ser rudimentario; lo que se decía, nunca. 

Uno de los mensajes ya no era de este mundo y al leerlo escuché una voz que lamentablemente no oía desde hace mucho tiempo. Magia.

La lista de contactos era casi tan pequeña como la pantalla. Entonces no necesitaba tantos. Los que estaban siguen estando, pero en el nuevo teléfono aparecen ahora entre un montón de nombres, siglas y cargos. A algunos números de esa lista primitiva, original, ya no puedo llamar porque no hay nadie al otro lado.

Empecé 2020 viajando a 2005. Ya tengo iPhone, y he recuperado whatsapp, Telegram, Twitter, Instagram y Facebook. Pero echo en falta lo que ya tuve. En todos los viajes se pierde algo.