Sabina

Me gustó mucho antes de entenderlo, como pasa a veces con las obras de arte. Yo era una niña y él, la banda sonora de mis padres, sentados en la primera fila de la sala de conciertos, que primero fue un Seat Ibiza y luego un Seat Toledo. A fuerza de darle vueltas a la cinta, aprendí aquellos estribillos tristes mucho antes de tener la edad para comprender por qué lo eran. Cantar sus canciones, a ratos en alto y otras para dentro, ayudaba a no marearse por aquella carretera llamada La Espina, que era el peaje de curvas que había que pagar para ir de Galicia a Asturias y de vuelta a Galicia.  El equilibrio, dicen, está en el oído.

Sabina nos acompañaba siempre. Él nos contaba sus cosas y nosotros, las nuestras. Cuando nació mi hermano, le presentamos al nuevo miembro del clan, que ya viajaba en una sillita de bebé por esa carretera a la que año a año iban borrando espinas.  

Algunas canciones nos hacían gracia, como “la del pirata cojo con cara de malo”, y el “¡todos menos tú!”, que cantábamos a grito pelado.  Crecer era entender de qué hablaba Sabina en las otras. Oír o dar portazos que sonaran a signos de interrogación. Saber que existía la posibilidad de un amor civilizado, pero que el bueno era el otro, el que mata, el que nunca muere. Aprender que hay besos que envenenan y que, a veces, los gatos se escapan por los tejados. Crecer era visitar la calle Melancolía, el boulevard de los sueños rotos, la posada del fracaso, la ciudad prohibida. Y volar, volar tan deprisa. 

El mundo era un escaparate, y Sabina te invitaba a entrar y ver todo lo que había dentro. Sus canciones te acercaban a lo que parecía muy diferente o muy lejos, como hacen los buenos reporteros. Podías ponerte en el lugar de princesas y magdalenas porque él sabía escribir líneas que borraban prejuicios-, y compadecerte de los soberbios – ver todo lo que se perdían por no estar atentos.  

Me educaron entre los tres -mi padre, mi madre y Sabina- . Y por eso me permito felicitarle desde aquí en su 70 cumpleaños. Es de la familia.    

Anuncios

Sirenas

Es un debate recurrente, y a veces acalorado, como el de Messi o Maradona; Brandon o Dylan; con o sin cebolla. ¿Funcionan las relaciones entre periodistas y no periodistas? Yo soy escéptica. Cuando algún compañero/a me cuenta que se ha echado novio/a, siempre les pregunto lo mismo: ¿Es periodista o normal? Lo hago desde el cariño y desde la preocupación. Porque sé lo que hay.  Empiezan muy bien –los polos distintos se atraen-, pero tarde o temprano se impone la realidad: las sirenas tienen que volver al mar, y los humanos, a la superficie. 

Me explico.

Por ser periodista, me creía que tenía cierto mundo, que sabía cosas. Es decir, había viajado a países que empiezan por Y; había estado en palacios y en chabolas, con reyes y yonquis, y una vez asusté a un empleado de Apple con la cantidad de contactos que tenía en el móvil –el hombre me cogió de la mano mientras esperábamos con angustia a que la agenda bajara de la dichosa nube-. Pero un día me di cuenta de que, en realidad, soy una ignorante. Y lo aprendí a lo bruto, en Instagram. 

Vi que la gente hacía un montón de cosas que yo no hago. Por ejemplo, pan. ¿Cuánto tiempo libre hay que tener para hacer tu propio pan? Les vi grabarse mientras hacían ejercicio con luz natural.  A-plena-luz-del-día. Les vi nadar, correr, esquiar, pedalear, subir montañas, bajar ríos, montarse en globo, pasar “una divertida tarde en los karts”; Les vi hacer cursos de maquillaje, de fotografía, de aeromodelismo; viajar (por turismo), plantar árboles, pintar cuadros, beber zumos de naranja en albornoz, recoger setas. Y mirar al infinito. Sin parar.  

Los periodistas vemos, en la distancia, ese mundo fascinante de ocio que nos enseña Instagram y queremos acercarnos. Nos mata la curiosidad. Entonces caemos, nos autoengañamos. Creemos que por emparejarnos con alguien normal se abre la posibilidad de tener una vida ídem, con jornadas de ocho horas, festivos, derecho a los hobbies y a hacer tu propio pan.  

Ellos también se autoengañan. Les gusta esa pasión con la que hablamos de las cosas, les hace gracia que a veces salgamos de refilón en la tele y que midamos el tiempo en legislaturas. Los comienzos son magníficos. Se divierten, se ríen, lo pasan bien. Al principio les enternecen nuestras crisis de fe, nos consuelan cuando lloramos y compran cava para brindar cuando damos una exclusiva. Quieren creer. Se agarran a nuestros días buenos como si no hubiera mañana, porque saben que mañana a lo mejor rellenamos dos en lugar de cuatro columnas y todo se desmorona. Las primeras semanas justifican con orgullo nuestras ausencias – “Ha tenido que ir a cubrir tal”; “Se ha quedado en casa escribiendo…”-. Pero un día se hartan de esa tendencia nuestra a pasar de la miseria a la euforia y otra vez a la miseria o de que nos acordemos del día en que dimitió fulanito, pero no de que habíamos quedado para cenar.  Lo que les parecía exótico empieza a resultar pesado; lo que les llenaba de orgullo, ahora les cabrea. Y es normal. 

Como ellos.   

Estoy convencida de que, si les preguntáramos, dos de cada tres médicos recomendarían esas alianzas, sobre todo a nuestro gremio, por lo saludable que resulta tener cerca a alguien que le reste importancia a las cosas y que intente hacernos descansar. Pero lo nuestro no tiene remedio, es crónico. No hay antídoto para este veneno y lo peor: nadie lo está buscando –he investigado-.    

Por eso cuando mis compañeros me responden: “Es periodista”, me quedo más tranquila. Pienso que tienen más posibilidades de sobrevivir y me los imagino comentando las portadas del día siguiente en la cama, antes de dormir, o jugando a las tertulias en casa…esas cosas que solo, ni fu ni fa, pero que en pareja te motivas, como los abdominales. 

Existe una tercera vía. A veces es más fácil si, aun dedicándose a otra cosa, la pareja comparte nuestra misma enfermedad, es decir, la vocación. Esto descarta la posibilidad de que me eche novios notarios, controladores de parquímetros o podólogos, supongo.  A cambio, creo que podría encajar muy bien con astronautas o espías. 

A ver, a alguno le ha salido, y desde aquí les felicito. Ahora aparecerán listillos con una ristra de nombres de parejas periodista-normal. Bien, son excepciones que confirman la regla, o candidatos a la beatificación, porque no hay quien nos aguante. Luego hay casos y casos. No daré nombres, pero conocí a una chica que se enamoró de una persona jurídica. Ella disimulaba, tenía sus novios y tal, pero el amor de su vida era una cabecera. Fue a primera vista. La pobre escribía cartas de amor todas las semanas a un código postal. Se quedó muuuuuy colgada. 

Lo demás es mucho más fácil: Maradona, Dylan, con cebolla.

La vía obrera

Hace una eternidad, mi amiga María Martín y yo acompañábamos a nuestros padres la última tarde del año por Oviedo. Ellos hablaban de sus cosas y nosotras, de las nuestras. Por entonces, lo que más nos interesaba era nuestro equipo, el Real Oviedo, y nuestro jugador favorito, Carlos Muñoz. Estábamos aún en primera división, el mundo era fácil y bonito, y el 10 nos respondía siempre, ya fuera con goles o asistencias. Además de mi jugador favorito, Carlos fue mi primer amor. Sabía de él todas esas cosas que la gente aprende con el tiempo de sus parejas, como la fecha del cumpleaños o el número de pie. Por saber, sabía hasta dónde vivía, porque María y yo nos atrevimos varias veces- entre vino y vino de nuestros padres- a dejar en su buzón cartas en las que alabábamos su pericia con el balón y sus ojos azules, a juego con la camiseta. 

El caso es que el último día del año, cuando nuestros padres hablaban de sus cosas y María y yo de las nuestras, vimos, a lo lejos, una pareja muy atractiva, él vestido de esmoquin, ella no tengo la menor idea. Eran Carlos y su mujer. Pili, la madre de María, con buenos reflejos, le pegó un par de gritos, y Carlos se acercó. Mientras María y yo mirábamos al suelo con todas nuestras fuerzas, Pili nos delató. “No sabes cómo están las niñas contigo, las tienes locas” y tal y tal. Carlos sonreía –es un suponer, porque yo no me atrevía a mirarlo- y Pili dijo algo así como “qué pena que no tengamos nada para que les firmes un autógrafo”. Lo recuerdo perfectamente porque a continuación yo hice la única cosa valiente que he hecho en mi vida. En ese momento crucial, me armé de valor y dije: “Yo tengo una foto”. 

La foto de Carlos iba siempre conmigo, como los colores, que van por dentro y son una condena perpetua, en primera, en segunda o en tercera división. Colorada como un tomate, en pleno invierno asturiano, saqué la foto de ese bolsito en el que solo llevaba la foto de mi jugador favorito –qué más necesita una niña- y se la entregué. Carlos escribió: “Con todo cariño, para Natalia”. Es decir, pudo firmar sin más, o escribir simplemente “con cariño”, pero puso “con todo”, un detalle que yo, a día de hoy, tropocientos años después, aún le agradezco.

Recuperé esa foto estos días en Coruña, y naturalmente, la he traído conmigo. Me recuerda esa época fácil en la que lo peor que te podía pasar era que tu equipo perdiera el domingo. Cuando todo estaba abierto y estaba convencida de que iban a pasarme cosas extraordinarias, como tropezar con mi príncipe de esmoquin en nochevieja, aunque fuera acompañado de una mujer –la suya- . Puede que aquel día me condenara. Quizá habría sido más fácil hacerse de uno de esos equipos a la cabeza de la tabla, enamorarse del chico que se enamora de ti, hacerme runner, comer quinoa, cerrar a las ocho el ordenador y hasta el día siguiente. Pero elegí todo lo contrario. Y sí, ganar una liga cuando tienes el presupuesto para contratar a uno de esos jugadores que encargan estudios de opinión sobre su siguiente corte de pelo debe ser estupendo, pero no creo que haya nada comparable a estar en segunda y subir a primera por la vía obrera. Sigo creyendo que las mejores cosas llegan siempre con trabajo, esfuerzo y convicción. Nos lo enseñaron, a María y a mí, esos profesores a los que acompañábamos de vinos, nuestros padres. Lo extraordinario solo está al alcance de los que no se conforman. Feliz año a todos.

Jubilación

No va a salir en los periódicos, pero en mi familia es una noticia de cinco columnas. Mi padre, profesor de matemáticas, se ha jubilado esta semana después de 39 años dando clase.

Me hubiera gustado llenarle la nevera de dieces en matemáticas, pero no le llevé ni uno. Es más, tuvo que sufrir varios vergonzantes suspensos, de los que aún me arrepiento. En cuanto pude, además, le traicioné escogiendo todas las asignaturas necesarias para no tener que hacer nunca más una integral; eso incluía latín (que me aburrió muchísimo) y literatura gallega (que me encantó).

Sé que él, al principio de los tiempos, mucho antes de que yo viniera al mundo, quiso ser piloto. También rechazó una oferta para ser hombre del tiempo porque, en ese momento, aprobó la oposición. Después se fue enganchando a dar clase porque es lo que suele pasar con los oficios que, además de un trabajo, son un servicio. Y sé que fue un magnífico profesor porque le importaba lo que hacía; porque había, en su día a día, satisfacciones y frustración.

Probablemente esta misma semana se hayan jubilado muchos otros profesores y seguro que gran parte de ellos habrán llegado al final exhaustos, quemados, desencantados con su profesión.  Mi padre ha sabido dejar la enseñanza en el momento justo. Se va como hay que irse de las fiestas o de las relaciones: sabiendo que te echarán de menos.

No va a salir en los periódicos, pero esta semana se retira un hombre que borró cientos de veces una pizarra y corrigió miles de exámenes. Que enseñó a alumnos brillantes y normales, educados e insoportables. Que recibió a padres ingenuos y soberbios. Y que sé que celebró los sobresalientes en matemáticas de sus alumnos como si hubieran sido míos. A esos chavales, mi agradecimiento: en algún momento, fuisteis los responsables de que mi padre estuviera contento.

Disfruta mucho, papá. Te lo has ganado.

Confesión

Yo no miento nunca. No me sale. Renuncié a la mentira hace años porque me provocaba muchísimo estrés y además me hacía fea (me ponía coloradísima). Pero el otro día mentí. Mentí, además, sin pensar, como una profesional, sin ponerme roja ni nada.
Pudo haber sido peor porque no le mentí a un ser querido, sino a un desconocido. Pero esa circunstancia atenuante no me sirve y esa mentira reciente, fresca, me atormenta. Después de darle muchísimas vueltas, he decidido entregarme y confesar.

Fue así:

Era la tarde previa a nochebuena. Yo estaba paseando por mi ciudad, A Coruña, después de haber comprado un regalo de última hora para mi padre. Iba feliz, pensando en qué filtros iba a poner en Instagram a unas fotos estupendas que había hecho del atardecer en Riazor y marqué el número de un amigo para felicitarle las fiestas. Fue entonces cuando El Desconocido, que no vio que llevaba puestos los auriculares del móvil, me tocó en un brazo y me dijo:

“Perdona, ¿te puedo decir una cosa?”

Yo contesté que sí y El Desconocido, que era bastante guapo y llevaba un abrigo de esos que me gustan a mí, tipo Zidane al borde del campo, me dijo la última cosa que me esperaba que me dijeran:

“Estás preciosa”.

Le pedí a mi amigo, al otro lado del móvil, que me esperara un momento. Así es como empiezan las películas de amor si estás en sitios tipo el puente de Brooklyn o Central Park, pero yo oí ese “estás preciosa” y automáticamente pensé dos cosas nada románticas:

1. Que era una cámara oculta y al día siguiente iba a salir en la gallega, es decir, que todos los hombres y mujeres de más de 70 años (que en Galicia son muchos) me iban a ver por la tele y se iban a reír de mí.

2. Que llevaba el bolso abierto y el guapo me acababa de robar la cartera.

Pese a todo, respondí:

“Muchas gracias”.

Lo dije para ganar tiempo porque no me fiaba. No me fiaba un pelo. Pero ahí no terminó la cosa porque entonces El Desconocido Bastante Guapo añadió:

“¿Te puedo invitar a salir en otro momento?”

Invitar a salir. Qué cosa bonita. Y yo no pude paladear esa invitación, esa frase tierna y antigua, que era como un minicuento de Navidad, porque ya me veía anulando las tarjetas y pidiendo cita para renovar el DNI.  

De lo que pasó después me avergüenzo muchísimo y desde aquí quiero pedir disculpas al Desconocido Bastante Guapo. Porque aquí es cuando yo, que nunca miento, mentí:

“Es que no soy de aquí”.

El Desconocido Bastante Guapo sonrió, se encogió de hombros, como si le hubiesen hecho una faena gordísima –intuyo que él sí era un profesional de lo suyo- y se fue con su abrigo de los que me gustan a mí a buscar otra preciosidad, supongo.

En cuanto salí de su campo visual –antes no porque tampoco quería ofenderle- examiné mi bolso y busqué de reojo la cámara oculta. Mi cartera estaba intacta y no se acercó nadie con un ramo de flores a decirme que era una broma para la TVG, lo que me confundió muchísimo. De camino a casa empezaron los remordimientos. ¿Cómo que no eres de aquí?

La mentira tiene más delito aún porque por supuesto yo soy gallega. Pero además no soy una gallega cualquiera, soy una gallega deliberada.

Me explico:

No es que yo naciera en Coruña y ya está. No fue tan fácil. Mi madre era de un pueblo coruñés, Carballo, y mi padre de un pueblo asturiano, Candás. Se conocieron en el medio, en Madrid, estudiando, y se enamoraron a fuerza de cruzar muchas veces la carretera que separaba sus respectivos colegios mayores, que estaban uno frente al otro, esperándolos. Mi madre tenía las mejores piernas de Ciudad Universitaria y mi padre jugaba al rugby. Con cualquiera de las fotos juntos que tienen de esa época se puede hacer una película. Al terminar la carrera (políticas ella, astrofísica él) se casaron y se fueron a vivir a Oviedo, donde se quedaron embarazados. Antes de dar a luz, mi madre regresó a Galicia para que yo fuera gallega de pro. Luego nos volvimos a Asturias y allí pasamos tres años hasta que ya nos instalamos definitivamente en Coruña. Por todo esto puedo decir que no soy una gallega cualquiera, sino deliberada.    

Desconocido Bastante Guapo, si lees esto, te pido disculpas. Y desde aquí te felicito: el método me parece fantástico y no apuntaste tan mal. Es decir, preciosa no soy, pero simpática y cariñosa sí; entretengo. El abrigo ese úsalo con moderación, nunca pasará de moda y para algunas de nosotras, es una debilidad. El gorrito que llevabas, yo me lo replantearía, pero es solo una opinión. En cualquier caso, gracias por el piropo navideño y perdón por la mentira: vivo en Madrid, pero soy de Coruña de toda la vida.   

 

 

Queridos Reyes Magos:

Queridos Reyes Magos:

Lo primero es pediros perdón por el tiempo que hace que no os escribo. Un día una niña del cole te dice que vosotros, o sea, la meritocracia, no existe, que sois los padres, y pierdes la ilusión. Lo segundo es agradeceros que siguierais dejándome regalos aunque yo no os escribiera carta pidiéndolos; un gesto de magnanimidad que os honra. Y lo tercero, antes de entrar en materia, va a ser una confesión: querido Baltasar, perdí la carta que me enviaste cuando yo era una pequeña racista ignorante y pedía que no vinieras a mi casa. Se me traspapeló en alguna mudanza, pero que sepas que me acuerdo totalmente del mensaje y surtió efecto: ya no me dan miedo los negros.

Como sabéis, este año he sido buena no, lo siguiente. Y si no me creéis, preguntad por ahí. He sido, se podría decir, amiga del año, hija perfecta, ciudadana ejemplar. Siempre dejo mi asiento en el metro; reciclo; como no tengo coche, no contamino y hasta me apunté a un gimnasio al que fui casi todos los meses. Honestamente, creo que me merezco todo lo que os voy a pedir. En términos relativos, desde luego. Si leéis la prensa ya sabéis de qué estoy hablando: los malos se han multiplicado y cada vez son mejores haciendo el mal. Bien es cierto que ellos se entrenan a diario.

Si el método sigue siendo el mismo, entiendo que si solo me podéis traer una cosa ha de ser la primera de la lista. Bien, lo primero en la mía es metros cuadrados. Ya no soy ninguna niña. La broma del zulo del colegio mayor y lo de compartir piso estuvo bien un rato, pero ahora me gustaría tener una casa de mayor que haga juego con mi tele de mayor –que es súper inteligente, tiene un montón de pulgadas y control parental-. Ya sé que el alquiler ha vuelto a subir y que Madrid es una jungla, pero insisto, este año he sido buena no, lo siguiente. A ver, no tiene que ser una mansión, pero sí me gustaría que tuviera una estantería de esas solo para colocar zapatos y un baño lo suficientemente grande como para que quepa una bañera. También, si es posible, una cocina con isla para tomar copas de vino mientras alguien me prepara la cena, y una terraza, porque en Madrid se aprovecha casi todo el año. Si queréis redondear la jugada, me encantaría disponer de una librería de esas gigantes con una escalera para trepar hasta los últimos libros.

Lo segundo es más difícil, pero para eso sois magos. Quiero que solucionéis la crisis del periodismo. Se me ocurre que podéis dejar en los zapatos de la gente un montón de suscripciones a periódicos. Una suscripción por casa, ¿qué os cuesta? Si ahora los periódicos prácticamente los regalan al comprarte una película o una taza. Pensadlo.

A mi padre, por favor, traedle una camiseta del Liceo francés, para recordarle que sigue siendo tan cool como cuando jugaba al rugby y se llevó a la chica más interesante de Ciudad Universitaria. Y para mi hermano, os pido un coche nuevo. El clio está ya muy cascado y el pobre no puede escuchar música porque ya no venden radiocasetes. Él no ha sido tan bueno como yo, ya os lo digo, pero el coche apuntádmelo en mi cuenta. Ya apaño yo con él.

Para mis amigas las súper madres trabajadoras os pido unos cupones para ir a darse un masaje, al cine, de cena conmigo o a bailar hasta las tantas. Y para sus maridos, cualquier cosa de runners.

A Rajoy, por favor, le traéis un delfín, un sucesor de consenso, que me da que el hombre no se retira para que no se líen a palos en cuanto se vaya.

A Pedro Sánchez, una Constitución nueva.

A Albert Rivera no se me ocurre nada. Quizá pueda jugar con el regalo de Rajoy.

A Pablo Iglesias, un champú anti-casta.

A ese que ya sabéis, carbón.

Bueno, y esto es todo. Os dejaré en mi minicocina un trocito de roscón y agua para los camellos. Buen viaje y hasta el año que viene.

Natalia

 
    
    
    
 

Lo peor que te puede pasar en clase de zumba

¿Qué es lo peor que te puede pasar en clase de zumba? ¿Dislocarte la cadera haciendo los gestos obscenos? ¿Encontrarte con alguien conocido, con alguien que te tenga un poco de respeto y que te lo pierda en ese preciso momento y para siempre? ¿Que se te caiga una lentilla en pleno perreo? No. Lo peor es lo que me pasó a mí antes de ayer.
No puedo hablar mal de Nefertiti. La profe llega siempre con un humor excelente y no deja de sonreír en toda la clase- es como si se hubiera tragado una percha-. Además, pone todo su empeño en hacernos creer: que es posible tener su cuerpo de diosa; que si sudamos como es debido algún día compraremos (tops) en las mismas tiendas… Pero Nefertiti hace una cosa horrible: de vez en cuando- lo hizo el otro día- para y grita: “¡Por parejaaaaaaas!”.

Fue todo muy rápido y a mí me faltaron reflejos. Cuando quise reaccionar, ya era tarde: toda la clase estaba emparejada, salvo yo. Intenté esconderme desde mi sitio –la última fila-, detrás de una pareja, pero Nefertiti, que tiene visión panorámica, me cazó y gritó: “Tú, ¡conmigo!”.

En un gesto desesperado, intenté hacerme la sorda, lo que en zumba no tenía mucho sentido. Miré fijamente al suelo, suplicando que me tragara en ese momento y me volviera a escupir a la superficie cuando la clase hubiera terminado. Pero Nefertiti me llamaba y me llamaba. Todas las parejas me miraban. No tenía escapatoria. Levanté entonces la cabeza y la vi, esperándome en la primera fila con su sonrisa perenne. Negué con la cabeza y creo que hasta se me escapó una lágrima, pero Nefertiti debió confundirla con sudor, me cogió de la mano y me llevó hasta su sitio, delante de todo, a apenas unos centímetros del espejo implacable. 

Estaba condenada.  

Antes de que empezara la canción más larga del mundo, me dio tiempo a mirarnos a las dos, tan diferentes y, sin embargo, miembros de la misma especie. De cerca, Nefertiti hace daño a la vista: esos músculos perfectos, marcados, pero discretos, elegantes. Esa forma de moverse, como si fuera el único ser del que La Tierra tira hacia arriba, no hacia abajo…

Fueron unos pocos segundos, pero toda mi vida pasó por delante, proyectada en el espejo: cuando fui la gorda de la clase, el vestido de la primera comunión –con can can, a quién se le ocurre-, los primeros Levis, de Portugal, los exámenes de selectividad, aquel novio, este otro, mudanzas, vacaciones, cumpleaños… Supe que aquello iba a ser un desastre, entre otras muchas cosas porque yo llevaba un mes sin ir a clase y todas las coreografías eran nuevas. Me cayó –ahora sí- una gota de sudor, pero frío, helador, desde la nuca hasta el top –por supuesto interior- que llevaba. Y sonó la música.  

Si ya es difícil bailar solo, siguiendo los múltiples pasos que caben en dos acordes de reguetón, intentar coordinarlos con otro es, simplemente, misión imposible. En el primer tramo de la canción más larga del mundo pisé varias veces a Nefertiti y le di unos cuantos manotazos que ella, hay que decirlo, encajó con mucha deportividad y sin perder la sonrisa. Al final conseguí imitar parte de la coreografía, pero siempre en diferido, es decir, yo hacía los pasos cuando el resto de la clase ya estaba a otra cosa: unas piruetas, unas sentadillas… 

Cuando al fin terminó el suplicio, Nefertiti me dijo: “Qué graciosos sois”. Lo dijo así, en plural, y pienso que se refería al común de los mortales. Yo regresé, efectivamente mortificada, a mi sitio en la última fila, sin atreverme a mirar a mis compañeras, que aún se reían.  

Cuando tres canciones más tarde, Nefertiti lo volvió a hacer –“¡Por parejaaaaaas”!- yo agarré rápidamente a la chica que tenía al lado por el brazo izquierdo. Su antigua pareja la agarraba también por el derecho, pero yo decidí que ese brazo y yo íbamos a ir juntos al fin del mundo. Resistí. Fueron unos segundos violentos, muy tensos, pero finalmente, la otra chica se rindió y soltó a mi compañera. Le pregunté cómo se llamaba porque la noté algo asustada. Me dijo que era su primer día. No dimos pie con bola. Pero nos reímos tanto que ella casi se ahoga a mitad de la canción.  

Desde entonces tengo pesadillas. Nefertiti me lleva a la primera fila y todos se ríen de mí. O de repente dice: ahora vamos a parar la clase hasta que a Natalia le salga la coreografía. Lo único bueno es que, de la angustia, me despierto encharcada en sudor y quemo calorías.

No somos nadie.

 https://m.youtube.com/watch?v=XAhTt60W7qo