Mujeres admirables

Hoy sé que a lo que ella tenía lo llaman carisma, y los cursis,  “inteligencia emocional. Entonces –la disfruté hasta los diez años-, me limitaba a sumarme a la fascinación que mi abuela Fina ejercía sobre un pueblo gallego, Carballo, donde tenía una tienda por la que se pasaba todos los días un montón de gente sin ninguna intención de comprar. Iban a verla, a escucharla, a hablar con ella. Entonces, distraída con sus postres y sus guerras de cosquillas,  tampoco era consciente, pero con el tiempo me he dado cuenta de que me transmitió una lección definitiva, fundamental: al hacerme sentir la persona más importante del mundo, mi abuela me había enseñado a querer. 

Mi madre, Chus, heredó ese carisma. Cuando pienso en ella, la recuerdo siempre en una escena parecida: un grupo de amigos escuchándola, como hipnotizados, justo antes de reírse con ganas de algo que ella acababa de contar. También recuerdo a mi hermano apretándole la cara y preguntándole, con mucha curiosidad: “Mamá, ¿por qué eres tan suave?”. La veo en el salón, leyendo de cabo a rabo EL PAÍS, ese regalo que enriqueció cada día mi casa con múltiples temas de conversación. Creo que quise ser periodista solo para poder escribir un día esas páginas que tanto le interesaban.  De ella aprendí la herramienta que me ha resultado más útil en este oficio: la empatía. Mi madre sabía escuchar, ponerse en el lugar del otro, que es el primer paso para que alguien que sufre se sienta mejor. La vi hacerlo en directo muchas veces: una noche era una vecina con un ataque de ansiedad; otras, una amiga al otro lado del teléfono. También me enseñó el valor del esfuerzo. Por eso hoy, una de las cosas que hacen que me derrita es ver a alguien desempeñar su trabajo, sea cual sea, con dedicación. No hay nada más elegante que la profesionalidad. 

De mi tía abuela Lola ya he hablado en un artículo. Esa mujer maravillosa que hace que la gente cruce la carretera sin mirar para saludarla, que hacía unas filloas traslúcidas, riquísimas, y que ha dedicado toda su vida a una sola cosa: querernos. 

De mi abuela María Luisa también escribí en el periódico. Hija de carpintero, catedrática de matemáticas, madre de ocho hijos. Al final se le olvidó de todo, menos que coseno cuadrado más seno cuadrado era igual a 1. Pero en el medio no renunció a nada. Otra lección fundamental. 

Hoy también pienso mucho en mi tía Marisa, en su nobleza. Es dermatóloga y ya está jubilada, pero durante muchos años atendió gratuitamente a mujeres vulnerables, prostitutas. Los Junquera nos hemos agarrado muchas veces a su generosidad y a su fuerza. Es inmensa. 

Os admiro. Intento imitaros cada día. Feliz día de la mujer.