Connecting people

Empecé 2020 volviendo a 2005. No fue algo voluntario. Perdí el móvil en nochevieja y tuve que recuperar mi viejo Nokia 6300, una pieza arqueológica, sin internet, ni whatsapp, ni Telegram, ni Twitter,ni Facebook, ni Instagram. Un teléfono

raso,  con solo dos funciones: llamar y enviar SMS. Meterme en la carpeta de mensajes recibidos –lo que tuve que hacer pulsando auténticos botones, porque la minúscula pantalla por supuesto no era táctil- fue como viajar en el tiempo; como encontrar un fósil, una huella antiquísima de mi paso por aquí. El primer mensaje tenía fecha de 2005, cuando no había smartphones o yo creía que no los necesitaba. Me pareció, leyéndolos, que pertenecían a alguien muy feliz; que la vida era más fácil, como los aparatos. 

La persona que leía los SMS, o sea yo, no había dormido precisamente por temor a quedarse dormida – los smartphones provocaron la extinción de los despertadores y otras especies electrodomésticas-. Y experimentaba un cuadro de ansiedad con angustia, palpitaciones e incluso alucinaciones, porque oía notificaciones de whatsapp que no existían más que en mi cerebro, como ese dolor fantasma que sucede a las amputaciones. No sé cuántas veces, en las 24 horas que estuve sin iPhone, hice el amago de buscar el teléfono que ya no tenía, pero fueron muchísimas.  Una cantidad patológica. 

En el metro, viendo a todos mis vecinos de vagón enfrascados en sus pantallas táctiles, llenas de aplicaciones y otras cosas maravillosas, sentí verdadera envidia. Los odié con todas mis fuerzas – a mujeres, hombres, adolescentes y ancianos-  y los puños apretados para engañar a las manos vacías. Saqué entonces del bolso mi reliquia. Acorralados, como estábamos, bajo tierra, pude escuchar perfectamente los murmullos y risas que iban cambiando de estación a estación. Abrí la carpeta de fotos y aparecieron unas sombras de colorines. Con mucho esfuerzo pude llegar a identificar un exnovio borroso y una ciudad distinta. Después abrí la carpeta de SMS. Estaban llenos de cosas bonitas.  Tan bonitas, que me sorprendió haberlas olvidado. Las escribían personas que me querían y que ahora lo hacen de otra forma. Eran dos o tres al día, no más. Pero cada palabra estaba muy bien elegida; no eran –ni literal ni figuradamente- gratuitas.  Algunos mensajes reclamaban de forma encantadora que ella volviera de un viaje, de un recado. Otros explicaban por qué él tenía ganas de regresar a ella. Había halagos desarrollados. Había intención y método. Comprendí que se trataba de un diálogo personal, intransferible, sin todas esas herramientas – emoticonos, gifs- que millones de personas utilizamos a diario por falta de imaginación, de ganas o de tiempo.  El soporte podía ser rudimentario; lo que se decía, nunca. 

Uno de los mensajes ya no era de este mundo y al leerlo escuché una voz que lamentablemente no oía desde hace mucho tiempo. Magia.

La lista de contactos era casi tan pequeña como la pantalla. Entonces no necesitaba tantos. Los que estaban siguen estando, pero en el nuevo teléfono aparecen ahora entre un montón de nombres, siglas y cargos. A algunos números de esa lista primitiva, original, ya no puedo llamar porque no hay nadie al otro lado.

Empecé 2020 viajando a 2005. Ya tengo iPhone, y he recuperado whatsapp, Telegram, Twitter, Instagram y Facebook. Pero echo en falta lo que ya tuve. En todos los viajes se pierde algo.