Confesión

Yo no miento nunca. No me sale. Renuncié a la mentira hace años porque me provocaba muchísimo estrés y además me hacía fea (me ponía coloradísima). Pero el otro día mentí. Mentí, además, sin pensar, como una profesional, sin ponerme roja ni nada.
Pudo haber sido peor porque no le mentí a un ser querido, sino a un desconocido. Pero esa circunstancia atenuante no me sirve y esa mentira reciente, fresca, me atormenta. Después de darle muchísimas vueltas, he decidido entregarme y confesar.

Fue así:

Era la tarde previa a nochebuena. Yo estaba paseando por mi ciudad, A Coruña, después de haber comprado un regalo de última hora para mi padre. Iba feliz, pensando en qué filtros iba a poner en Instagram a unas fotos estupendas que había hecho del atardecer en Riazor y marqué el número de un amigo para felicitarle las fiestas. Fue entonces cuando El Desconocido, que no vio que llevaba puestos los auriculares del móvil, me tocó en un brazo y me dijo:

“Perdona, ¿te puedo decir una cosa?”

Yo contesté que sí y El Desconocido, que era bastante guapo y llevaba un abrigo de esos que me gustan a mí, tipo Zidane al borde del campo, me dijo la última cosa que me esperaba que me dijeran:

“Estás preciosa”.

Le pedí a mi amigo, al otro lado del móvil, que me esperara un momento. Así es como empiezan las películas de amor si estás en sitios tipo el puente de Brooklyn o Central Park, pero yo oí ese “estás preciosa” y automáticamente pensé dos cosas nada románticas:

1. Que era una cámara oculta y al día siguiente iba a salir en la gallega, es decir, que todos los hombres y mujeres de más de 70 años (que en Galicia son muchos) me iban a ver por la tele y se iban a reír de mí.

2. Que llevaba el bolso abierto y el guapo me acababa de robar la cartera.

Pese a todo, respondí:

“Muchas gracias”.

Lo dije para ganar tiempo porque no me fiaba. No me fiaba un pelo. Pero ahí no terminó la cosa porque entonces El Desconocido Bastante Guapo añadió:

“¿Te puedo invitar a salir en otro momento?”

Invitar a salir. Qué cosa bonita. Y yo no pude paladear esa invitación, esa frase tierna y antigua, que era como un minicuento de Navidad, porque ya me veía anulando las tarjetas y pidiendo cita para renovar el DNI.  

De lo que pasó después me avergüenzo muchísimo y desde aquí quiero pedir disculpas al Desconocido Bastante Guapo. Porque aquí es cuando yo, que nunca miento, mentí:

“Es que no soy de aquí”.

El Desconocido Bastante Guapo sonrió, se encogió de hombros, como si le hubiesen hecho una faena gordísima –intuyo que él sí era un profesional de lo suyo- y se fue con su abrigo de los que me gustan a mí a buscar otra preciosidad, supongo.

En cuanto salí de su campo visual –antes no porque tampoco quería ofenderle- examiné mi bolso y busqué de reojo la cámara oculta. Mi cartera estaba intacta y no se acercó nadie con un ramo de flores a decirme que era una broma para la TVG, lo que me confundió muchísimo. De camino a casa empezaron los remordimientos. ¿Cómo que no eres de aquí?

La mentira tiene más delito aún porque por supuesto yo soy gallega. Pero además no soy una gallega cualquiera, soy una gallega deliberada.

Me explico:

No es que yo naciera en Coruña y ya está. No fue tan fácil. Mi madre era de un pueblo coruñés, Carballo, y mi padre de un pueblo asturiano, Candás. Se conocieron en el medio, en Madrid, estudiando, y se enamoraron a fuerza de cruzar muchas veces la carretera que separaba sus respectivos colegios mayores, que estaban uno frente al otro, esperándolos. Mi madre tenía las mejores piernas de Ciudad Universitaria y mi padre jugaba al rugby. Con cualquiera de las fotos juntos que tienen de esa época se puede hacer una película. Al terminar la carrera (políticas ella, astrofísica él) se casaron y se fueron a vivir a Oviedo, donde se quedaron embarazados. Antes de dar a luz, mi madre regresó a Galicia para que yo fuera gallega de pro. Luego nos volvimos a Asturias y allí pasamos tres años hasta que ya nos instalamos definitivamente en Coruña. Por todo esto puedo decir que no soy una gallega cualquiera, sino deliberada.    

Desconocido Bastante Guapo, si lees esto, te pido disculpas. Y desde aquí te felicito: el método me parece fantástico y no apuntaste tan mal. Es decir, preciosa no soy, pero simpática y cariñosa sí; entretengo. El abrigo ese úsalo con moderación, nunca pasará de moda y para algunas de nosotras, es una debilidad. El gorrito que llevabas, yo me lo replantearía, pero es solo una opinión. En cualquier caso, gracias por el piropo navideño y perdón por la mentira: vivo en Madrid, pero soy de Coruña de toda la vida.   

 

 

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Queridos Reyes Magos:

Queridos Reyes Magos:

Lo primero es pediros perdón por el tiempo que hace que no os escribo. Un día una niña del cole te dice que vosotros, o sea, la meritocracia, no existe, que sois los padres, y pierdes la ilusión. Lo segundo es agradeceros que siguierais dejándome regalos aunque yo no os escribiera carta pidiéndolos; un gesto de magnanimidad que os honra. Y lo tercero, antes de entrar en materia, va a ser una confesión: querido Baltasar, perdí la carta que me enviaste cuando yo era una pequeña racista ignorante y pedía que no vinieras a mi casa. Se me traspapeló en alguna mudanza, pero que sepas que me acuerdo totalmente del mensaje y surtió efecto: ya no me dan miedo los negros.

Como sabéis, este año he sido buena no, lo siguiente. Y si no me creéis, preguntad por ahí. He sido, se podría decir, amiga del año, hija perfecta, ciudadana ejemplar. Siempre dejo mi asiento en el metro; reciclo; como no tengo coche, no contamino y hasta me apunté a un gimnasio al que fui casi todos los meses. Honestamente, creo que me merezco todo lo que os voy a pedir. En términos relativos, desde luego. Si leéis la prensa ya sabéis de qué estoy hablando: los malos se han multiplicado y cada vez son mejores haciendo el mal. Bien es cierto que ellos se entrenan a diario.

Si el método sigue siendo el mismo, entiendo que si solo me podéis traer una cosa ha de ser la primera de la lista. Bien, lo primero en la mía es metros cuadrados. Ya no soy ninguna niña. La broma del zulo del colegio mayor y lo de compartir piso estuvo bien un rato, pero ahora me gustaría tener una casa de mayor que haga juego con mi tele de mayor –que es súper inteligente, tiene un montón de pulgadas y control parental-. Ya sé que el alquiler ha vuelto a subir y que Madrid es una jungla, pero insisto, este año he sido buena no, lo siguiente. A ver, no tiene que ser una mansión, pero sí me gustaría que tuviera una estantería de esas solo para colocar zapatos y un baño lo suficientemente grande como para que quepa una bañera. También, si es posible, una cocina con isla para tomar copas de vino mientras alguien me prepara la cena, y una terraza, porque en Madrid se aprovecha casi todo el año. Si queréis redondear la jugada, me encantaría disponer de una librería de esas gigantes con una escalera para trepar hasta los últimos libros.

Lo segundo es más difícil, pero para eso sois magos. Quiero que solucionéis la crisis del periodismo. Se me ocurre que podéis dejar en los zapatos de la gente un montón de suscripciones a periódicos. Una suscripción por casa, ¿qué os cuesta? Si ahora los periódicos prácticamente los regalan al comprarte una película o una taza. Pensadlo.

A mi padre, por favor, traedle una camiseta del Liceo francés, para recordarle que sigue siendo tan cool como cuando jugaba al rugby y se llevó a la chica más interesante de Ciudad Universitaria. Y para mi hermano, os pido un coche nuevo. El clio está ya muy cascado y el pobre no puede escuchar música porque ya no venden radiocasetes. Él no ha sido tan bueno como yo, ya os lo digo, pero el coche apuntádmelo en mi cuenta. Ya apaño yo con él.

Para mis amigas las súper madres trabajadoras os pido unos cupones para ir a darse un masaje, al cine, de cena conmigo o a bailar hasta las tantas. Y para sus maridos, cualquier cosa de runners.

A Rajoy, por favor, le traéis un delfín, un sucesor de consenso, que me da que el hombre no se retira para que no se líen a palos en cuanto se vaya.

A Pedro Sánchez, una Constitución nueva.

A Albert Rivera no se me ocurre nada. Quizá pueda jugar con el regalo de Rajoy.

A Pablo Iglesias, un champú anti-casta.

A ese que ya sabéis, carbón.

Bueno, y esto es todo. Os dejaré en mi minicocina un trocito de roscón y agua para los camellos. Buen viaje y hasta el año que viene.

Natalia