Nefertiti

Sé que algunos de vosotros, a mi espalda, comentasteis en su día, cuando yo bauticé a mi profesora de zumba como La Diosa, que exageraba. Que se me había ido un poco la cabeza, pobrecita, de tanto sudar. Bien, hoy he vuelto y la profe nueva se ha presentado como Ne- fer- ti-ti.

Es pronto aún para saber si tiene el carisma de La Diosa primera, la original, mi musa, la que inspiró el diario de zumba que luego se convirtió en un blog para hablar también de otras cosas. Pero como lo siento os lo digo: Nefertiti tiene madera. Incluso guarda cierto parecido físico con La Diosa. El pelo, por ejemplo, lo tienen igual de largo, es decir, por la cintura, y el culo le empieza naturalmente a la altura de la coronilla.

Si al salir de clase, con mi cara de semáforo, me hubiera tropezado con el genio de la lámpara, le habría pedido, sin dudarlo, que me convirtiera en Nefertiti. No nos engañemos, el periodismo se acaba. No hay exclusivas para todos. El papel se muere. ¿Internet de pago? Hay que diversificar. Y yo quiero el culo en la coronilla. Quiero saber hacer todos esos gestos obscenos –el catálogo de la nueva profe es simplemente impresionante-. Quiero esa melena hipnótica. Quiero que mi vida consista en mirar mi cuerpazo delante de un espejo, viendo de reojo, detrás de mí, a la panda de losers en mallas de decathlon y culo de mortal, en el mismo sitio que todo el mundo, debajo de los michelines.  

¿Sabéis lo que podríamos hacer con todo eso? No me harían falta ni los dos siguientes deseos para pedir la paz en el mundo y que ningún niño pase hambre. Que me manden a la ONU, a Corea del Norte, a Rusia, con mi pantalón corto, mi top, y un disco de regueton. No ha nacido un ser capaz de decirle que no a Nefertiti. Si me pongo, fijaos lo que os digo, puedo hasta salvar el periodismo.

Si el genio me concede el deseo, como a Tom Hanks en BIG, prometo tirar toda mi ropa a la basura y no volver a comprar nunca nada que me tape el ombligo. Prometo también regalar todos mis discos de Otis Redding, Nina Simone y Amalia Rodrigues y escuchar regueton sin parar. A partir de ahora, solo perreo. “Y si con otro pasas el ratooooo, vamos a ser feliz, vamos a ser feliz, felices los cuatro. Te agrandamos el cuartoooooo”.

Nefertiti nos pide que gritemos con las canciones y es cierto, al principio estábamos un poco cortadas – la tribu del ojo pintado a veces es pudorosa-, pero luego nos hemos puesto a berrear como locas. La felicidad – me he dado cuenta hoy, a los 35- es eso: gritar, sudar y reírse al mismo tiempo. La Diosa ha vuelto.

  
 

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Domingos

El lunes me subí al coche y el malo malísimo que había escondido en el asiento de atrás me apuntó con una pistola y me dijo: “Arranca. No hagas ninguna tontería”. Yo no lo dije, pero pensé “¡Já!”, puse el motor a todo trapo y empecé a hacer eses y trompos hasta que el malo perdió el arma y se tiró en marcha mientras una patrulla de policía nos perseguía a toda velocidad. Es extraño porque yo no tengo coche ni carné de conducir.
El martes estaba en una lavandería de esas tan monas, con mi cesto de ropa blanca, y conocía al hombre de mi vida. Ha entrado, nos hemos mirado y alguien ha puesto unos violines a toda pastilla para que nos enamoráramos. Es extraño porque yo tengo lavadora en mi casa.

Por la tarde, por alguna razón que no recuerdo, teníamos nuestra primera bronca y entonces yo salía corriendo y él me perseguía como por cinco manzanas de Nueva York gritando mi nombre, pero yo no me paraba hasta que de repente se ponía a llover como si no hubiera mañana y entonces me quedaba quieta para que me diera un beso bajo la lluvia mientras otra vez alguien subía los violines. Es extraño porque yo no corro ni aunque me persigan.

El miércoles, estaba en el chino de debajo de mi casa y un yonqui entró a robar. “¡Rápido! ¡Todo el dinero que hay en la caja”, dijo, mientras apuntaba al pobre chino con otra pistola y cara de loco. Suerte que detrás de mí había un policía de paisano, clavadito al agente Peña de Narcos, y lograba reducirlo, aunque antes recibía un tiro y yo me asustaba muchísimo porque ya estaba también medio enamorada. Afortunadamente, el tiro fue en un hombro – a los policías guapos nunca les dan en otro sitio- y al día siguiente, cuando le llevé una caja de donuts al hospital –detalle que le hizo mucha gracia porque para entonces él también estaba un poco enamorado de mí- el policía solo tenía el brazo en cabestrillo. Es extraño porque debajo de mi casa –lástima-, no hay ningún chino.

El jueves fue bastante movido. Me tocaba guardia en el hospital. Estábamos todos esos médicos guapísimos y yo en nuestra salita de esperar a que pasen cosas comentando lo tranquila que estaba la noche cuando por radio nos avisaban de alguna catástrofe y empezaban a llegar sin parar heridos al borde de la muerte. A mí me tocaba el herido más guapo y antes de meterle en quirófano tenía que reanimarle y hacerle el boca a boca para salvarle la vida y tal. Luego ligábamos un poco mientras él estaba ingresado y reconozco que me enfadé bastante cuando el tipo se fue sin despedirse después de que le dieran el alta. En realidad, el hombre había ido a comprarme un anillo a Tiffanys. Esa misma tarde volvió, se arrodilló en el pasillo y me pidió matrimonio mientras todo el hospital aplaudía y sonaba una música súper cursi. Yo le dije que sí, lo cual es extraño porque a este señor, al fin y al cabo, no le conozco de nada.

Otra cosa curiosa que me pasó otro día es que viajaba con mi marido para celebrar nuestro décimo aniversario con tal mala suerte de que a los 20 minutos de vuelo nos salía un espontáneo que decía que había secuestrado el avión. Delante teníamos a la típica rubia que se ponía histérica y no paraba de gritar hasta que alguien le pegaba una torta. Hay gente que no sabe estar a la altura de las circunstancias. Es así. Yo no me asustaba nada porque sabía que en tierra había un negociador negro súper guapo que iba a saber manejar la situación. Y efectivamente, al final aterrizábamos sanos y salvos y al darle la mano en señal de agradecimiento al negociador yo me daba cuenta de que ya no quería a mi marido. Nos hemos terminado fugando el negociador y yo. Es extraño porque yo soy muy, muy leal.

Eso fue un viernes, creo, pero no me hagáis mucho caso.

El sábado estaba en un sitio feo, feo, en plena guerra, y peleándome todo el rato con un fotógrafo de AP bastante mono. De repente empezaban a bombardearnos y teníamos que salir pitando y recorrernos la guerra de arriba a abajo mientras las balas nos pasaban rozando y las bombas destrozaban todo lo que quedaba justo detrás de nosotros. Cuando por fin pararon de tirotearnos y bombardearnos, el fotógrafo mono al que yo pensaba que le caía mal se dio cuenta de que yo sangraba por la boca porque de la tensión (la de las bombas y la sexual) me había mordido el labio. De su chaleco de bolsillos sacó un montón de carretes con el próximo World Press Photo y luego una gasa y alcohol para curarme. Después me dio un beso largo, me preguntó si me dolía el labio y yo le mentí y le dije que no, porque para qué estropearlo. Es extraño porque nadie lleva ya carretes.  

Ayer no soñé nada. Qué aburridos son los domingos.  

  

Rapunzel

Tengo 35 años y aún no he conseguido tener una relación normal con los peluqueros. Me refiero a una relación de tú a tú, de igual a igual. En cuanto me ponen esa bata que se abrocha por detrás –como las camisas de fuerza, ¿casualidad?-, me hago pequeña. Vuelvo, aproximadamente, a los diez años.

Todo arranca, por supuesto, de un trauma de la infancia. No tiene mucho misterio. Recordemos: Yo era la gorda de la clase. El último día de colegio mis padres me llevaban a la peluquería y me obligaban a cortarme el pelo a lo champiñón, esto es, a mitad de oreja. He tratado de destruir todos los documentos gráficos, pero imaginaos el percal: cara de pan, pelo príncipe de Beckelar, y unas orejas excesivamente expuestas al ojo humano –de la generosidad de los pabellones auditivos de los Junquera hablaremos otro día-.

A ver, no es que mis padres fueran malos. Los pobres estaban equivocados. Ellos de verdad creían que el pelo corto era más cómodo para el verano y la arena y la piscina y ese tipo de cosas. Perdonadles, no sabían lo que hacían.

Yo, claro, intentaba resistirme, pero no había forma humana de convencer a mi madre. Por entonces, fijaos lo que os digo, habría cambiado mi walkman por poder tener una coleta de caballo.

De camino a la peluquería planeaba mis venganzas para cuando fuera “mayor” y entonces llamaba un día a la puerta de mi casa convertida en Rapunzel arrastrando una trenza que daba la vuelta a la manzana y con el príncipe de Beckelar enredado en los mechones.

Una vez allí, resignada, me sentaba en el potro de tortura y me dejaba hacer, pero cortaban el primer mechón y caían también las primeras lágrimas. Lloraba, y esto es la purita verdad, con mucha dignidad, es decir, sin hipos ni mocos, como las actrices en las películas. Además, como tenía unos buenos mofletes de gorda de la clase, aquellos lagrimones redondos, perfectos, tenían mucho recorrido desde que salían del ojo hasta que caían en la bata-camisa de fuerza: plof, plof, plof.

– “Nataliña, cuando seas mayor, te corto el pelo gratis, pero no me llores en la peluquería, por favor”, decía entonces Carlos, el dueño de las tijeras.

Pero aquello era imparable. La naturaleza siempre se abre camino.

A veces conseguía la solidaridad de alguna señora que estaba en el secador y de repente levantaba la vista del Hola y decía: “Co pelo tan bonito que ten… ” (es decir, con el pelo tan bonito que tiene). Sé que les hubiera gustado hacer más, pero no podían, atrapadas como estaban por aquellas máquinas que parecía que iban a abducirlas en cualquier momento o con un rollo de papel albal entero inmovilizando sus cabezas. Eran, en cualquier caso, mis cómplices, mis camaradas, y desde aquí aprovecho para mandarles un abrazo solidario.

Aquellas no fueron mis primeras experiencias traumáticas en la peluquería, pero sí las primeras de las que tengo recuerdo. A mi familia le encanta contar la historia de cuando me cortaron el pelo al tifus. Yo tenía unos cuatro años y por aquel entonces en mi casa la peluquería era un gasto innecesario. Era mi madre la que de repente, en el salón, decía: “Esta niña necesita un corte”, cogía las tijeras y perpetraba unos flequillos inenarrables. Otros familiares la riñeron por aquel atrevimiento y para callarles la boca decidió llevarme por fin a un profesional. Como yo era tan pequeña, escogió una peluquería de Walt Disney donde el asiento era un cisne y la bata, de Mickey Mouse. Al parecer, la peluquera había invertido mucho en decoración y nada en formación. Cuando mi madre levantó los ojos de su revista, se oyó un grito, dicen las crónicas de la época. La peluquera había hecho lo que en gallego se llama “una desfeita”.

Lo admitió enseguida y dijo que no cobraría el corte, como si el dinero fuera lo importante. Según las mismas fuentes fue entonces cuando mi madre se acercó a examinar los daños y viendo que era un siniestro total, que no quedaba otro remedio, dijo: “Rapa”.

Una niña de cuatro años con la cabeza rapada ya es algo perturbador, pero ahí no acabó todo. El destrozo previo con las tijeras había sido de tal calibre que una vez pasada la maquinilla en mi cabecita quedaron cuatro pequeñas calvas. Era como si me hubiera mordido un animal.

Por alguna extraña razón, la foto mía que mi padre lleva en su cartera es posterior al incidente en el cisne, con las mordidas y todo. Cada vez que le pido que la cambie me dice: “Nunca has estado tan guapa”. Y se ríe.

Con todos estos antecedentes entenderéis que las peluquerías me impongan mucho respeto. Retraso la cita todo lo que puedo. Trago saliva en cuanto abrochan la camisa de fuerza por detrás. Me convierto en una niña de 10 años y los peluqueros, que huelen el miedo, se aprovechan. Entonces empieza la negociación: ¿Te pongo  mascarilla? ¿Un tratamiento fresh? ¿Hacemos brushing? Deberías llevarte este champú especial…” . Salgo agotada y con botes que cuestan lo que una cena en restaurante de moda de Madrid.

Eso sí, me raparía la cabeza sin dudarlo solo por poder escuchar a mi madre contarme una vez más la historia de la peluquería de Walt Disney.

  

San Valentín

No celebro San Valentín ni ningún otro santo, incluido el mío. Pero tengo una espinita clavada desde 6º de EGB y he pensado que podía utilizar estas líneas para hacer justicia.
Un 14 de febrero de hace millones de años, un niño de mi clase que apenas me hablaba me confesó su amor secreto dejándome un peluche en el pupitre con una nota cuyo contenido, lamentablemente, no recuerdo. Me encontré el regalo al subir del recreo y lo tengo que decir: No estuve a la altura. Mis compañeros se empezaron a reír como si no hubiera mañana y yo quise que me tragara la tierra. El niño que no me hablaba presenció toda la escena y puso la cara más triste del mundo. Yo tendría que haberme abierto camino entre las carcajadas y darle un beso de agradecimiento, pero no lo hice. Guardé a toda velocidad el peluche en la mochila y solo cuando terminaron las clases, pero desde la otra punta de las escaleras, cuando, por supuesto, no había nadie mirando, le sonreí. Eso fue todo.

Con el tiempo me di cuenta de cuánto mérito tenía aquel gesto que yo no supe corresponder. Para empezar, porque entonces yo era La Gorda de la clase. Para seguir porque él era El Tímido, y dejarme el regalo en el pupitre probablemente había sido lo más valiente que había hecho en su vida. Luego estaba el tema económico. Cuando se tiene una nómina, un regalo lo hace cualquiera. Pero cuando tu economía se reduce a la paga que te dan tus padres, desprenderse de tus pesetas es un asunto muy importante. Un acto de generosidad sublime, de renuncia a las pequeñas cosas que entones nos hacían felices, como, valga la redundancia, los happy meal, y los bumaflash que, por cierto, yo consumía en cantidades industriales. El niño que no me hablaba había hecho recortes en su estado del bienestar para comprarme a mí, La Gorda de la clase, un regalo. Quizás hasta se endeudó por mi culpa.

Y no solo eso. Me había dedicado tiempo. Había salido de casa solo con el propósito de comprarme algo. Había entrado en una tienda pensando en mí. Había barajado distintas posibilidades. Había escondido el regalo luego debajo la cama. Había esperado a que todos bajáramos al patio para depositarlo, hecho un flan, en mi pupitre. Había pensado y escrito una nota para explicarse. Y yo no le di ni las gracias.

Sirva esta nota como agradecimiento en diferido. Estoy convencida de que hoy eres policía o bombero o algo así. No había nadie más valiente en esa clase.

  

El día que recibí una carta del rey Baltasar

  En 35 años me ha dado tiempo a perder muchas cosas importantes y a conservar otras tantas por temor a que algún día me lo parecieran o por la pura pereza de tirarlas. Así, perdí los primeros periódicos en los que escribí, hechos, de principio a fin, de internacional a deportes, por yo misma, pero en los cajones aparecen de vez en cuando camisetas de propaganda de cajas de ahorro que ya no existen, casetes de grupos inconfesables, colgantes con símbolos de la paz del diámetro de una tortilla de patatas.
De todas las cosas que perdí, una de las que más me gustaría recuperar o encontrar algún domingo debajo de toda la morralla de los ochenta, es la carta que me escribió el rey Baltasar en persona.

Sí señores, mientras todos los niños escribían cartas A los Reyes, yo recibí carta DE uno de ellos. No os quiero ni contar las peleas a brazo partido con la panda de escépticos que me encontré en el colegio – a alguno le cayó un buen y merecido mordisco-  y dudaban de la autenticidad de la misiva. Empezaba más o menos así: “Querida Natalia: Soy el rey Baltasar. Te escribo porque sé que te doy miedo porque soy de color negro”. A ver, no es que fuera una niña racista, pero entended que en aquel momento, en Coruña no se veían muchos. El caso es que Baltasar me convenció totalmente y a partir de ahí se convirtió, por supuesto, en mi rey favorito. Llevé aquella carta en la mochila del cole durante años.

Luego me vine a Madrid a estudiar. Me mudé a un colegio mayor, a un piso con amigas, a otro con un novio, a un estudio minúsculo -pero con vestidor- y la carta, aquel tesoro de la infancia, se perdió. Me da muchísima rabia. La misma rabia que sentí – y de la que aún no me he recuperado- el día que averigüé que los Reyes, es decir, la meritocracia, no existía. Que tú puedes portarte muy bien y que todo te salga muy mal.

Lo bueno es que los Reyes Magos no existen, pero los padres sí, y los míos eran así de estupendos. Me los imagino ahora, una noche como la de hoy, escribiendo la carta de Baltasar, comiéndose las galletas y tirando por el fregadero un poco del agua que habíamos dejado para los camellos, y todo lo demás me importa un poco menos. Feliz noche de Reyes.   

 

 

Volver

Con Rajoy investido, el techo de gasto a punto de caramelo y un pacto para subir el salario mínimo un 8%, he pensado que era el momento de volver a zumba. No os voy a engañar, no recuerdo cuánto tiempo hacía del último perreo. Creo que fue en la época del no es no, cuando Pedro Sánchez salía todos los días en la tele. 

Llevaba preparada una excusa genial para cuando el de la puerta del gimnasio me preguntara, como un cura, pero en mallas, que cuándo había sido la última vez. Pero no estaba. En su lugar había una rubia mascando chicle. Le he dicho “hola”. Ella me ha respondido con un globo rosa. Y entonces lo he visto. No es que no estuviera el de la puerta, es que nada estaba en su sitio. Habían hecho una reforma. 
Resulta que utilizaron mi ausencia para pintar las paredes de otro color y cambiar las máquinas de sitio: la de los palos que te atacan y también las de las bebidas de color fosforito. Había paredes nuevas y unas luces cegadoras de neón azul. A lo lejos se oía gritar al monitor de spinning y he tratado de orientarme con su voz hasta la sala de zumba. 

Naturalmente, me he perdido. 

He atravesado el pasillo de musculitos con el corazón a 200 pulsaciones de la angustia y sin haber hecho aún la primera sentadilla. He subido y bajado del primer al segundo piso. Al fin, he encontrado la sala de la clase y a cinco desconocidas esperando en la puerta. De la tribu del ojo pintado, ni rastro. Recordé, con morriña, a La Diosa y su impresionante capacidad de convocatoria – aquella mujer con el culo en la coronilla llenaría estadios-. Me dio pena que las nuevas generaciones, aquellas cinco niñas en mallas, no la hubiesen conocido. Sus flexiones entre canción y canción. Su sospechosa destreza con los movimientos obscenos. Su carisma. 

Llegó entonces el primer rostro conocido, ese profe que nos hace bailar con pesas, que allí se llaman “¡Discooooos!” . No me reconoció. Sí saludó a las cinco niñas. Le odié un poquito. Una de ellas abandonó la sala a mitad de clase y vi caer por la cara del monitor lo que me pareció una lágrima -aunque también pudo ser una gota de sudor-. La clase fue un trámite sin emoción. Terminamos con unos abdominales, en silencio. Hay un tipo que no me sale porque estoy convencida de que me falta ese músculo. En mi caso debieron de rellenar con otra cosa. La Diosa me habría lanzado esa mirada implacable que conseguía que hicieras cinco más y luego otros cinco, pero a este le da todo igual. Nada es lo mismo. 

Amargadas

Dice David Pérez, el alcalde de Alcorcón (PP) que llamó “amargadas, rabiosas y fracasadas” a las feministas, que hay una campaña contra él. Que “un grupo de extrema izquierda cortó y pegó frases inconexas” para formar un mensaje que “jamás” pronunció. En fin, que lo que dijo, como pasa siempre con estas cosas, se sacó de contexto. Y tiene más razón que un santo.

Me he tomado la molestia – y no es un decir, la molestia- de escuchar entera la conferencia donde pronunció esas palabras; su intervención completa, las que le precedieron y la que vino después. Fue en el VI Congreso Nacional de Educadores Católicos, en 2015, y es cierto: en ese contexto, sus palabras no desentonan. Allí sonaba bien lo que un año después, en Twitter, en el día internacional contra la violencia machista, sonaba tan, tan mal. Muchos pensarán que peor incluso que esa frase inconexa sobre “las amargadas”.

Estas son todas las perlas que Pérez y sus teloneros soltaron aquel día:  

Primer ponente, Juan Carlos Corvera, presidente de la Fundación Educatia Servanda

– “La igualdad entre hombres y mujeres se ha convertido en un axioma indiscutible. Ponerlo en cuestión supone la descalificación automática”. 

– “Vamos a cuestionar de manera razonada aspectos prácticamente asimilados ya por una gran mayoría social dominada por el pensamiento único: el hombre y la mujer son iguales siempre y en todo”.

– “Hasta tal punto ha llegado la igualdad entre hombre y mujer que el carácter sexuado de la especie humana pretende ser presentado como un caprichoso efecto del azar sin ninguna influencia en la configuración antropológica de la persona. He aquí la ideología de género, siguiente vuelta de tuerca de la igualdad. Se puede elegir ser mujer u hombre con la misma naturalidad que si se ha nacido rubio se puede teñir uno el pelo de rojo, y lo del color no va con segundas intenciones (aquí se oyen risas)”.

– “Hombres y mujeres somos muy diferentes en nuestra misión”.

– “El nuevo reparto de roles entre hombre y mujer ha reconfigurado la estructura interna de la familia. Es una consecuencia innegable que la menor presencia de la mujer en el hogar ha terminado teniendo efectos importantes en la educación de los hijos”.  

– “Esperamos que después de hoy ustedes también sean políticamente incorrectos reivindicando esa diferencia entre hombres y mujeres”.

Segundo ponente: Teresa López, Coordinadora del VI Congreso Nacional de Educadores Católicos

– “Nos gustaría poner en relieve la misión de la mujer en el mundo, lo que significa nuestro plan y cuál es nuestro papel en la vida de la humanidad: mujer y madre, alegría y dolor en el parto (…); mujer y esposa, relación recíproca de entrega al servicio de la comunión y de la vida (…), mujer, hija y hermana (…), mujer y trabajadora”

-“La maternidad es un don de la dignidad de la mujer”

– “Somos complemento del hombre y el hombre, complemento de la mujer”

Tercer ponente, José Ignacio Sánchez, director general de evaluación y cooperación territorial del Ministerio de Educación.

Se dedicó a hablar de la LOMCE.

Cuarto ponente, David Pérez, alcalde de Alcorcón (PP).

  

– “Siempre me ha parecido muy sorprendente que hayamos llegado al siglo XXI todavía con ese feminismo rancio, radical, totalitario,vigente e incluso influyendo en las legislaciones y marcando la agenda política”.

– “Es increíble que un feminismo que ha fracasado en el objetivo de proporcionar a la mujer nuevas cuotas de libertad, dignidad e independencia, todavía siga pudiendo hablar sin que se le caiga la cara de vergüenza”.

– “Las personas que tenemos claro que ese feminismo no puede seguir marcando la pauta tenemos la necesidad y la obligación de combatirlo”.  

– “Se prometió un nuevo derecho al aborto frente al derecho a la maternidad”.

– “El aborto para mí es el mayor atentado contra la dignidad del hombre que se ha producido en nuestra historia. Es el mayor crimen humanitario que existe. Hay que combatirlo. Se convierte el cuerpo de la mujer, en lugar de la protectora natural del ser más indefenso que existe, en una sala de ejecución de cientos de miles de niños indefensos que son eliminados de forma violenta y en muchas ocasiones también de forma dolorosa para esos bebés a los que ni siquiera se da el tratamiento de seres que merezcan una mínima clemencia, un mínimo trato humanitario. Porque muchos de esos bebés ya pueden haber desarrollado un sistema nervioso, ya pueden sufrir dolor y están siendo eliminados por métodos quirúrgicos, químicos, violentos”.

– “Uno de los grandes logros del feminismo es la muerte, la violencia, que es lo que significa el aborto, el mayor atentado contra la paz que existe en nuestros días”.

– “Cuando vienen otras mujeres diciéndoles que son mujeres antiguas, que prácticamente deberían avergonzarse de no haber roto esas cadenas, quienes lo dicen muchas veces son mujeres frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas como personas y que vienen a dar lecciones a las demás de cómo hay que vivir y pensar”.

Quinto ponente: Joaquín López de Andújar, obispo de Getafe

– “Quiero felicitar al alcalde de Alcorcón por su pronunciamiento público respecto de la defensa de la vida. En un ambiente tan difícil incluso en su propio partido, el que él públicamente haya manifestado su manera de pensar, es muy de agradecer. Ojalá hubiera muchas personas en la vida pública que manifiesten su criterio con ese vigor y claridad”.

A mí me ha quedado bastante claro lo que David Pérez quería decir, por qué lo dijo y dónde. Si os quedan ganas, aquí https://youtu.be/22ISeNRgXik está el vídeo completo.