Diario de la desescalada (VI)

Fase: 0

Pasos: 8.474

Horario: 21 a 23 horas.

Consumo de móvil:10 horas 52 minutos.

Outfit: Un jersey de yoga que en su día compré porque era muy suave, no porque hiciera yoga; vaqueros, coleta, cara-pan. Estreno lentillas.

Playlist:

Grandma`s hands, Bill Withers

Some unholy war, Amy Winehouse

Louie, Louie, Ike & Tina Turner

For what it`s worth, Buffalo Springfield

Sweet Home Alabama, Lynyrd Skynyrd

What a man, Linda Lyndell

Boom Boom, John Lee Hooker

Lets stay together, Al Green

Hold on, I`m coming, Sam & Dave

Respect, Aretha Franklin

Paisaje:

He hecho la ruta de los viernes. Cenar aquí con mis amigos…

Bailar aquí con lo que surja…

Dios aprieta… pero no ahoga

Incidencias

1. La desescalada es un poco como Nochevieja, aunque todos vayamos peor vestidos. El 31 de diciembre haces propósitos de año nuevo y ahora haces propósitos para la fase 1, la 2, la 3 y la 4. Yo tengo ya cerrado hasta finales de junio: quedadas varias de 10; ruta de terrazas secretas; excursiones a casas rurales dentro del área sanitaria; y aprender a tocar esto que me he encontrado en mi paseo. Mirad qué monada

2. No me vais a creer, pero me he encontrado con ¡dos! seres queridos en la calle. Madrid en desescalada es como Coruña, pero sin mar: Conoces a todo el mundo en tu kilómetro, aunque sea de cara.

Deberes:

– Apuntar todos los consejos que me han dado para freír el huevo perfecto. Tengo a toda la familia de sangre y a la incorporada involucrada en la operación. Empieza a haber mucha presión en la grada, pero no pienso fallar.

–          Comprar y utilizar crema de manos. Se me están borrando las huellas dactilares de tanto lavarlas.

Revista de prensa

Mis favoritos

Hay que ser objetiva, neutral, mantener la imparcialidad. No se debe, pero confieso que tengo favoritos. Desde hace años son los que tienen muchos más que yo. Aprendí a apreciarlos con los que me tocaron de serie: dos pares de abuelos excepcionales e interesantísimos. Luego, trabajando, he tenido la oportunidad de entrevistar a muchos, casi siempre en circunstancias duras. Por ejemplo, delante de una fosa común abierta, buscando un esqueleto con reloj, el de su padre. La gente mayor es dura, pero sabe ser tierna. Es sabia, pero humilde. Y un lujo para mi oficio: nadie tiene tanto que contar y por contar.

Mi abuela materna, Fina, se fue demasiado pronto. Yo tenía diez años y perderla es el primer recuerdo que tengo de la tristeza. Los bebés y los niños lloran mucho, pero de adulto no te acuerdas. La primera vez que miro atrás y me veo llorando es el día que me dijeron que ella se había ido “al cielo”. Y no es solo porque sus nudillos fueran la máquina de cosquillas más perfecta que existe; porque hiciera la mejor tortilla con tomate del mundo o porque su maravillosa tienda (ferretería, juguetería y lo que surja) fuera el lugar donde yo he sido más feliz en toda mi vida, sino porque tenía algo que identifiqué ya de mayor, cuando aprendí la palabra: un carisma de aquí a Finisterre.

Después fui perdiendo al resto de mis abuelos, mis dos Ángeles, el paterno y el materno, y a María Luisa. Empecé a conocer a los abuelos de otros. Me gustan mucho los niños- especialmente algunos-, y los adultos -especialmente algunos-, pero tengo debilidad por los mayores porque son los que concentran, en mayor porcentaje, las cosas que me gustan. Por ejemplo, han sido muy trabajadores, y eso siempre me ha derretido: ver a alguien esforzándose en lo que hace, sea lo que sea. Son discretos, no se gustan; a veces no hablan mucho si no insistes, pero si aciertas con la pregunta, que es una de mis sensaciones favoritas, es como descubrir una fuente de petróleo. Son tesoros escondidos, cofres por abrir. 

Entre los 47 millones de españoles asustados pienso en ellos los primeros, por razones obvias. Tienen la fuerza de la experiencia, de la acumulación de datos y vivencias, pero la debilidad física de los años. Son la generación más generosa y antes del coronavirus lo han demostrado de sobra: prestando su pensión a los hijos durante la crisis; cuidando siempre de los nietos. Abofetearía uno a uno a los que no han entendido que hay que quedarse en casa; a los que con ignorancia y soberbia – tan peligrosas ahora- siguen actuando como si esto no fuera con ellos. Como no puedo hacerlo, recuerdo el motivo para quedarse en casa por aquí: se lo debemos. A todos los que sí han entendido, y que afortunadamente son mayoría, muchas gracias por proteger a mi gente favorita.

Mujeres admirables

Hoy sé que a lo que ella tenía lo llaman carisma, y los cursis,  “inteligencia emocional. Entonces –la disfruté hasta los diez años-, me limitaba a sumarme a la fascinación que mi abuela Fina ejercía sobre un pueblo gallego, Carballo, donde tenía una tienda por la que se pasaba todos los días un montón de gente sin ninguna intención de comprar. Iban a verla, a escucharla, a hablar con ella. Entonces, distraída con sus postres y sus guerras de cosquillas,  tampoco era consciente, pero con el tiempo me he dado cuenta de que me transmitió una lección definitiva, fundamental: al hacerme sentir la persona más importante del mundo, mi abuela me había enseñado a querer. 

Mi madre, Chus, heredó ese carisma. Cuando pienso en ella, la recuerdo siempre en una escena parecida: un grupo de amigos escuchándola, como hipnotizados, justo antes de reírse con ganas de algo que ella acababa de contar. También recuerdo a mi hermano apretándole la cara y preguntándole, con mucha curiosidad: “Mamá, ¿por qué eres tan suave?”. La veo en el salón, leyendo de cabo a rabo EL PAÍS, ese regalo que enriqueció cada día mi casa con múltiples temas de conversación. Creo que quise ser periodista solo para poder escribir un día esas páginas que tanto le interesaban.  De ella aprendí la herramienta que me ha resultado más útil en este oficio: la empatía. Mi madre sabía escuchar, ponerse en el lugar del otro, que es el primer paso para que alguien que sufre se sienta mejor. La vi hacerlo en directo muchas veces: una noche era una vecina con un ataque de ansiedad; otras, una amiga al otro lado del teléfono. También me enseñó el valor del esfuerzo. Por eso hoy, una de las cosas que hacen que me derrita es ver a alguien desempeñar su trabajo, sea cual sea, con dedicación. No hay nada más elegante que la profesionalidad. 

De mi tía abuela Lola ya he hablado en un artículo. Esa mujer maravillosa que hace que la gente cruce la carretera sin mirar para saludarla, que hacía unas filloas traslúcidas, riquísimas, y que ha dedicado toda su vida a una sola cosa: querernos. 

De mi abuela María Luisa también escribí en el periódico. Hija de carpintero, catedrática de matemáticas, madre de ocho hijos. Al final se le olvidó de todo, menos que coseno cuadrado más seno cuadrado era igual a 1. Pero en el medio no renunció a nada. Otra lección fundamental. 

Hoy también pienso mucho en mi tía Marisa, en su nobleza. Es dermatóloga y ya está jubilada, pero durante muchos años atendió gratuitamente a mujeres vulnerables, prostitutas. Los Junquera nos hemos agarrado muchas veces a su generosidad y a su fuerza. Es inmensa. 

Os admiro. Intento imitaros cada día. Feliz día de la mujer.