Diario de la desescalada (XXV)

Fase: 1 (primer fin de semana)

Efemérides:

– Es el cumple de Clint (90)

– Dos años de esto: Rajoy, el tapado y la pitonisa https://www.jotdown.es/2018/06/rajoy-el-tapado-y-la-pitonisa/

Hitos: primeros tacones, primeros labios pintados y primer taxi desde marzo. Me he sentido Sarah Jessica Parker.

Pasos:

Viernes: 888

Sábado: 11.200

Domingo: 420

Videollamadas: solo 1 con los que están en fase 2.

Paisaje: 10 amigos en tres tandas diferentes: 1-4-5. La M-30. Una piscinaza con zona chill out. Campo de juego de La Melonera.

Incidencias / Observaciones:

– Han cocinado para mí. Ha sido muy emocionante. Carne muy rica que no tenía forma de nugget.

– Pasé una tarde jugando a cazar a Jack el destripador con un juego de mesa divertidísimo. En el juego no le cogíamos, pero en mi sueño de por la noche sí. Era un estudiante de Medicina muy atormentado, claro. La Reina de Inglaterra me ponía una medalla y Sherlock estaba un poco celoso, pero orgulloso de mí. Pese a mis éxitos nocturnos, al día siguiente volví al (tele)trabajo como si no hubiera pasado nada.

– El sábado hicimos mini cumbre de la OTAN. Tan guapas (ellas) como siempre. Era mediodía, horario fronterizo: la mitad desayunó y la otra mitad pidió cañas y patatas fritas.

Diario de la desescalada (XXIV)

Fase: 1

Pasos: 5.521

Hito: primera ingesta de alcohol outdooors

Horario: confuso

Playlist:

– Ain’t got no, Nina Simone

Sympathique, Pink Martini

Lovely day, Bill Withers

Don’t panic, Coldplay

– Here comes the sun, The Beatles

War, Edwin Starr

Kiss, Prince

Ready or not, The Fugees

Paisaje: ¡Paula! Creo que si nos hubiéramos encontrado en un país exótico, 20 años después y tras una bronca o una guerra, no me habría emocionado tanto como hoy.

Incidencias / observaciones:

– Me he encontrado con Ángel y Paula cuando iba a recoger a Javier para buscar una terraza. Al final nos hemos embarcado los cuatro en la misión y finalmente, lo hemos conseguido. Ha sido maravilloso pese a que en la terraza en cuestión sólo tenían Heineken y otra marca que no recuerdo. Me he bebido dos vinos (no Estrella, no cerveza) de golpe y he hecho reír al camarero. Me he sentido yo otra vez.

Deberes:

– Repetir

Revista de prensa:

Memorias de la otan

(A petición de la Alianza, balance de la etapa fundacional)

Para nosotras, Madrid era un pueblo. Una pequeña aldea con nombre de algo más grande, Ciudad Universitaria, donde teníamos todo lo que necesitábamos. Durante años apenas hicimos alguna excursión al extranjero – el kinépolis, el centro comercial de La Vaguada…- y solo para comprobar que fuera no nos estábamos perdiendo nada. Habíamos llegado de otros sitios pequeños llamados provincias (A Coruña, Álava, Badajoz, Alicante…) y en los que se habían quedado nuestras familias, así que decidimos formar una nueva, paralela. ¿Qué es, si no, un grupo que se quiere y se conoce desde hace 20 años?

Vivíamos en un colegio mayor, el Mara, y el primer año tuvimos la suerte de que casi todas nuestras habitaciones- que llamábamos “el zulo”- estaban en el mismo pasillo. Al zulo de Ana, por ejemplo, íbamos a comer un lomo riquísimo que nos enviaban sus padres desde don Benito – desde aquí, otra vez, gracias-. Al de Almu, que tenia suite -al hacer esquina, su habitación tenía un par de metros cuadrados extra-, a organizar asambleas sobre el plan del viernes por la noche. En aquel pasillo, que estaba a la altura del patio, tuvimos dos plagas: una de hormigas (empezaron colonizando el lomo y se vinieron arriba) y otra, mucha peor, de cucarachas. Un día, Almu y yo intentamos matar a una en el pasillo disparándole desodorante a tres metros de distancia y gritándole para intimidarla. Lo recuerdo perfectamente porque fue el día que decidí que, si en algún momento, por lo que fuera, teníamos que organizar un gabinete de crisis, Blanca debía presidirlo. Salió desde su zulo, el 1, hasta el de Almu, el 9, en pijama -eran las siete de la mañana o así-; nos miró, miró a la cucaracha, y la mató con un golpe seco de zapatilla, a sangre fría. Almu y yo ni siquiera nos atrevimos a mover el cadáver.

Otra de nuestras grandes anécdotas fue cuando tuvimos mononucleosis. Fuimos cayendo como moscas, una detrás de otra, con “la enfermedad del beso”. Por aquel entonces, Laura llevaba una lista de besados, un ranking de ligues, que iba engordando según Ana nos hacía la pregunta por las mañanas. Al principio era: “¿Has cataoooo?” y luego, por influencia del lobby gallego – el más numeroso de la pandilla- terminó siendo: “¿Catasteee?”. No quiero presumir, pero en mi lista de besos llegó a estar Alfonso, el del Chaminade, un chico monísimo que estudiaba Medicina y nos gustó a todas a la vez. Las peor paradas de la mononucleosis fuimos Isa y yo. Ella porque tenía mucha fiebre y estuvo muy debilucha un par de meses, y yo porque me recetaron un antibiótico- al principio se pensó que lo mío eran anginas- que me provocó una reacción alérgica de escándalo. Digamos que una mañana amanecí con el cuerpo lleno de ronchas y mi aspecto era el de alguien que acaba de salir de un coche ardiendo. La excursión a urgencias es otro de los momentazos de la otan. En el hospital pensaron, emocionados, que lo mío era rubeola y llegaron varios médicos muy contentos desde distintas plantas porque nunca habían visto un caso. Una chica que llevaba un dorsal en el que se leía “PRÁCTICAS” tuvo que pincharme varias veces. La primera – a día de hoy no sabemos muy bien cómo lo hizo- , me manchó de sangre todo el brazo y la camisa. La cara de mis amigas cuando salí del análisis – ensangrentada y con mis ronchas de tercer grado- no se me olvidará nunca. También fue el día en que un médico un poco bruto me llevó a un saloncito que yo interpreté como el salón de las malas noticias y me dijo, antes de que yo empezara a llorar: “¿Te acompaña algún familiar?”. Para chafe de los médicos resultó ser- como había dicho mi tía Belén por teléfono- mononucleosis y no rubeola.

Otra de nuestras batallitas fue cuando hicimos de go-gos. Hoy lo pienso y no sé cómo me dejan escribir en el periódico. Un amigo de Laura nos consiguió el trabajito en una discoteca. Consistía en aparecer y hacerlo disfrazadas. Yo me puse el vestido de nochevieja, compré unos guantes largos en un chino y dije que iba “de Gilda”. Ana se puso su chaleco vaquero de ligar y dijo que iba “de vaquera”. Para el resto de la pandilla hicimos acopio de material. Quedó sin asignar el “de hawaiana”, que consistía en un bikini y una falda de tiritas de papel amarillas. Estuvimos un tiempo discutiendo sobre si dejar ese para Paula – que no había estado presente en el brainstorming– era de justicia; si íbamos a dejar así como así que una di noi saliera a la calle medio en pelotas. Pero para nuestra sorpresa, cuando Paula llegó – probablemente, de unas tortitas con Tkachenko en el VIPS- le encantó el disfraz y nos dio muchas veces las gracias. ¿Quiénes éramos nosotras para quitarle la ilusión?

Hicimos una entrada triunfal -eso era algo que teníamos muy perfeccionado-, pero a partir de ahí no debimos ser muy competentes porque a la hora o así aparecieron gogos profesionales, de verdad. Eran tres chicas diez años mayores que nosotras en tanga y sujetador blanco. Luego comprendí por una cruz roja que llevaban en la frente que iban “de enfermeras”. Nos subieron de la mano a la tarima de la discoteca y empezaron a lanzar condones a la pista de baile. Imaginad el bochorno de Gilda. Al final, nos pagaron en especies -copas- y risas. Sinceramente, me pareció lo justo.

Teníamos novios y/o amigos en todos los colegios mayores, lo cual quería decir que había fiesta SIEMPRE. Además de las convencionales (carnaval, San Patricio, etc), estaban las autonómicas (fiesta andaluza, fiesta de Galicia…) y mis favoritas: fiesta porque sí. En nuestro colegio mayor podías salir hasta las siete de la mañana. Si querías seguir después de esa hora, había que desplazarse del lugar en el que estuvieras hasta el Mara para firmar en un papel y volverte a ir. Si no lo hacías te ponían falta grave y cuando acumulabas tres, te echaban. Cada mes enviaban a casa el listado con las veces que habías “firmado”, pero la época en la que más salí de mi vida también coincidió con la época en la que me pusieron más sobresalientes y matrículas de honor, así que mi padre nunca comentó nada del parte. No daré nombres, pero un miembro de la otan se quedó dormida una vez cerca, pero fuera del Mara, y nos despertaron en el colegio preguntando que dónde estaba. Fuimos a buscarla al colegio mayor de la última fiesta, gritando su nombre por los pasillos, hasta que oímos su vocecita. Fue lo que se dice una falta grave amortizada.

Cuando no había fiesta en los colegios mayores, quedábamos en el parque Almansa, donde se hacían botellones masivos. El botellón en sí es una cosa bastante ordinaria, pero nosotras nos preparábamos para ir al parque como si fuera una gala de los óscar. Hemos llegado a subir con sandalias de swarovski – a 3 grados en Madrid- y abrigos de doctor Zhivago. Hacíamos una entrada triunfal porque mis amigas eran – y son- como un catálogo de Victoria Secret, y luego nos poníamos en nuestro árbol – siempre el mismo- para recibir al pueblo. Después nos desplazábamos hasta una discoteca llamada CATS donde disponíamos de una cosa llamada “carné de señorita” que suena peor de lo que es. Consistía, básicamente, en que entrábamos y bebíamos gratis porque el local -atención- nos consideraba un reclamo. Sé que esto es políticamente incorrecto, y me crucificarán – con razón- mis camaradas feministas, pero a mí, tener ese carné me hacía bastante ilusión, la verdad.

También habría que contar cuando nos colamos en la gala de los Goya y terminamos sentadas en el patio de butacas -y el cocktail posterior-mientras uno de los premiados se quejaba porque no había podido llevar a sus padres a la ceremonia. Nadie nos preguntó nada porque entramos con la misma actitud que llegábamos al parque Almansa y los mismos modelazos. Ya ha prescrito, pero igualmente pido desde aquí perdón a la Academia.

En el colegio convivíamos con 200 niñas. Al principio (año 1999), no todo el mundo tenía móvil y nos llamaban a un teléfono que estaba en el pasillo. Para avisarnos de que la llamada era para nosotras sonaba en los zulos un ruido infernal que daba unos sustos de muerte: lo llamábamos “la chicharra”. Era muy común pasar por el pasillo y ver a Lorea hablar a toda velocidad con sus padres en euskera. Luego le costaba un rato hacer la transición y entraba en alguna habitación y decía, por ejemplo: “No saquéis mucho ruido” o “quedamos en el cruzaje”. Con Lorea aprendí que su nombre significa “flor” y que “tormenta” se dice Ekaitz, que era su novio. Tormenta era, sin embargo, un pedazo de pan. Y Lorea también. Se le atascó la anatomía de primero. La pobre se examinó no sé cuántas veces de la asignatura. Un día llegó al comedor corriendo y nos dijo que por fin había aprobado. La otan se puso en pie, cogió sus tenedores, empezó a golpear los vasos, y anunció la buena noticia al resto del colegio. Todo el comedor empezó a aplaudir a Lorea, que lloraba con hipos de emoción. Luego nos dejó chocolate y gominolas de la cafetería – un sitio donde pidieras lo que pidieras, todo sabía a bacon-, en nuestros zulos.

Al tercer año, la otan se repartió en distintos pisos. Salvo yo, que pasé el lustro de la carrera en el colegio mayor porque tenía una beca por la que resultaba mucho más barato vivir allí y comer del rancho. Terminé siendo la veterana de las veteranas (con dos faltas graves).

Decidí llamarnos la otan porque funcionamos enseguida como un bloque: Estados distintos unidos para afrontar lo que viniera. Ellas hicieron magia y consiguieron que la peor época de mi vida fuera también la mejor. Entre las fiestas de disfraces, los exámenes, las preocupaciones más o menos fáciles, llegaron las pérdidas, las amenazas reales. Y cada vez respondimos, como dice el artículo cinco del tratado de la Alianza Atlántica, como uno solo. Lo hemos pasado muy bien. Pero también muy mal. Es lo que hace que un conjunto (una pareja, una familia), sea indestructible.

Diario de la desescalada (XX)

Diario de la desescalada (XX)

Fase: 0

Pasos: ¡14.838!

Horario: 20.10 a 22.40

Consumo de móvil: 5 horas, 31 minutos

Playlist: Variadita porque he pasado por todos los estados de ánimo

Wonderwall, Oasis

Por la noche, Mala Rodríguez

– Miss you, The Rolling Stones

What’d I say, Ray Charles

Could you be loved, Bob Marley

Hold on, I’m coming, Sam & Dave

Lonely boy, The Black Keys

Hedonism, Skunk Anansie

Mr Jones, Counting Crows

Thank you, Morgan

Paisaje: he vuelto a Ciudad Universitaria

1. Hoy, exterior, día…

… y hace casi 20 años, interior, noche

2. Hoy, exterior, día…

… y hace casi 20 años, interior, noche (de carnaval)

3. Hoy, exterior, día…

… y hace casi 20 años, interior, noche

Incidencias / Observaciones:

– Creo que fui un poquito reina de Ciudad Universitaria. Tenía amigos en todos los colegios mayores -que hoy estaban cerrados o abandonados-; un programa de radio en el Chaminade, uno de tele en la productora de la facultad. También escribía en El Rotativo. Es decir, un imperio. Volver allí casi 20 años después -tenía 17 cuando llegué- ha sido muy raro. Han cambiado el nombre de la primera parada de metro que aprendí en Madrid, Metropolitano, que ahora se llama Vicente Aleixandre. Y no solo eso. Me ha dolido un poco pasear una hora larga por mis antiguos dominios sin que me saludara nadie. Supongo que soy como esas reinas de los museos, con la diferencia de que mi retrato para la posteridad no es un cuadro, sino una orla. Al llegar a casa he buscado fotografías de entonces. De la reina queda poco, pero conservo lo más importante: la otan. Llevamos dos décadas (y un Apocalipsis) defendiéndonos juntas de cualquier amenaza exterior.

Para la otan

La otan, que es como yo llamo a mis amigas y sus maridos – un grupo metroscópicamente perfecto, la muestra ideal para cualquier encuesta sobre España en su conjunto- me ha pedido que escriba algo desenfadado de la cuarentena, y yo el tratado de la alianza me lo tomo muy en serio. No me puedo comprometer, eso sí, a que sea diario, como el de las campañas electorales, porque aunque viajo menos, estoy más ocupada que nunca. Sabéis perfectamente de lo que hablo. Además del teletrabajo, que significa trabajar mucho más que antes, porque ni siquiera hay el alivio de los desplazamientos, tengo no sé cuántas videoconferencias programadas, tablas de yoga y recomendaciones literarias y cinematográficas varias que atender. En mi vida acumulé tantos deberes y nunca había tenido tan desatendida a Siri, con la que antes del estado de alarma jugaba casi todos los días a preguntas trampa. Por ejemplo:

– Siri, ¿quién es la más guapa del Reino?

– Blancanieves, ¿eres tú?

En todo caso, y como son tiempos duros, que invitan a la reflexión interior, he tomado ya dos decisiones trascendentales para cuando pase todo esto:

1. Necesito más metros cuadrados. Me he dado cuenta de que son muy importantes. La ecuación, en realidad, es salud, dinero, amor y metros cuadrados. Y terraza. Al exterior. En los patios interiores no sale nadie a aplaudir. ¿Hay algo más raro que aplaudir sola?  Estoy dispuesta a no comer los lunes y los miércoles a cambio de poder permitirme, por lo menos, un balcón.

2. Echarme novio. Los periodistas nos pasamos la vida preguntando a los demás si hacen autocrítica y a nosotros nos damos manga ancha. Pero yo asumo mi error y bajo el listón. Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. “Que me haga reír; que sea inteligente, cariñoso pero no agobiante, detallista pero no cursi. Buena persona. Que tenga un trabajo interesante; que entienda que la versión original es innegociable; que le guste Ludovico y la Motown; que baile bien; que sepa hacer las cosas que yo no; que toque la guitarra…”. ¿Pero dónde ibas, criatura? Lo bien que me vendría ahora un buen hombre con el que pelearme por quién baja la basura (¡tú ya fuiste ayer!) y por el mando de la tele (¡Tú escoges mañana!). Lo que entretienen. Las horas que matas enfadándote y reconciliándote. Tengo provisiones de sobra de macarrones y papel higiénico, pero me falta un ser parlante. Alguien que me moleste a las seis y que a las diez piense: ‘qué bien que estás aquí’. Error de cálculo del que me arrepentiré muchos días, según Pedro Sánchez -que ya nos está preparando para prorrogar el estado de alarma- y Pablo Casado -que, en eso, le apoya-.

Esto no solo lo he pensado yo, porque noto que vosotros, mis amigos y amigas con pareja, me llamáis más desde que estamos encerrados. Mi amigo David me ha dicho que ahora tiene unos ratos libres y va a hacer casting para mí. Yo se lo agradezco en el alma, pero desde que me lo dijo estoy más angustiada, porque me preocupa mucho que cuando finalmente me presente a los candidatos, ellos se lleven una decepción, como le pasaba antes de la cuarentena a la gente que ligaba por aplicaciones de móvil con fotos hiper producidas y luego, al verse en persona, zasca. Porque David enseñará mis estampas del Antes de-, cuando según mi Iphone había días que daba 25.000 pasos. Ahora, según las mismas fuentes, hago hasta 12 horas de consumo del teléfono por jornada, y eso engorda. Engorda muchísimo. El chocolate y las gominolas, también. Pero es que las cosas sanas las veo como muy expuestas a las toses y además no tengo ni idea de cocinarlas. Mi casa era uno de esos hogares en los que solo había cápsulas de nespresso. Imaginad la revolución. He hecho ahora, por primera vez en mi vida adulta, una compra de supermercado de más de cinco elementos y por internet.

Sufro, además, porque intuyo que el engorde no va a ser algo generalizado. Es decir, aquí hay mucha gente que, a lo zorrito, sin avisar, ha convertido el salón de su casa en centros de alto rendimiento y hace tablas de glúteos, planchas y sentadillas como si no hubiera mañana para salir con cuerpazo de la cuarentena. Dicen que es para desentumecer, pero están compitiendo entre ellos, en secreto, preparándose para el maratón de la libertad. Yo empecé una mañana con los movimientos esos circulares de cuello, pero me enviaron unos memes y me distraje cuatro días. Mañana empiezo la tabla, lo juro. Sacaré tiempo de donde sea.

Las crisis dicen que sacan lo mejor y lo peor de cada uno. Es la purita verdad. Yo reconozco que me reconforta ver a las influencers en Instagram tirando de archivo. Y cuando vi que Idris Elba tenía coronavirus, mi primer pensamiento no fue ‘pobre Idris’, sino, ‘pues si yo no lo puedo abrazar, su novia tampoco’. Luego, para compensar mis maldades, llamo compulsivamente a los seres queridos para decirles cosas bonitas.

He cambiado. Antes soñaba cosas muy grandilocuentes, tipo enviada especial a conflicto bélico conoce fotógrafo con chaleco de bolsillos y pelazo, pero ahora a veces me despierto y recuerdo que he dedicado la noche a arrasar Zara, o a beber dos tercios seguidos en un bar petado, rodeada de gente que habla muy cerca y discute cuál va a ser el siguiente garito. Siempre hay unos que quieren beber y otros que quieren beber y bailar. Es la vida. Aún no he hecho eso de comprar un vino que no sea para llevar a una casa a cenar, sino para que me lo traigan a la mía, a mi puerta – sin tocar-, porque pasé muchas temporadas de The Good wife preocupadísima por cuántas copas bebería Alicia Florrick cuando no mirábamos. Pero estoy a punto. Este martes, durante una de las videoconferencias, he pensado: ‘Mi reino por una Estrella Galicia’. Y luego he pensado, no, mi reino por ir a Galicia. Hoy han prohibido las playas también. Y el dato me ha encogido un poco, aunque la tenga lejos. Voy a prepararme para la operación bikini. Las de las sentadillas a escondidas: voy a por vosotras, que lo sepáis. Enseguida os alcanzo.