Rapunzel

Tengo 35 años y aún no he conseguido tener una relación normal con los peluqueros. Me refiero a una relación de tú a tú, de igual a igual. En cuanto me ponen esa bata que se abrocha por detrás –como las camisas de fuerza, ¿casualidad?-, me hago pequeña. Vuelvo, aproximadamente, a los diez años.

Todo arranca, por supuesto, de un trauma de la infancia. No tiene mucho misterio. Recordemos: Yo era la gorda de la clase. El último día de colegio mis padres me llevaban a la peluquería y me obligaban a cortarme el pelo a lo champiñón, esto es, a mitad de oreja. He tratado de destruir todos los documentos gráficos, pero imaginaos el percal: cara de pan, pelo príncipe de Beckelar, y unas orejas excesivamente expuestas al ojo humano –de la generosidad de los pabellones auditivos de los Junquera hablaremos otro día-.

A ver, no es que mis padres fueran malos. Los pobres estaban equivocados. Ellos de verdad creían que el pelo corto era más cómodo para el verano y la arena y la piscina y ese tipo de cosas. Perdonadles, no sabían lo que hacían.

Yo, claro, intentaba resistirme, pero no había forma humana de convencer a mi madre. Por entonces, fijaos lo que os digo, habría cambiado mi walkman por poder tener una coleta de caballo.

De camino a la peluquería planeaba mis venganzas para cuando fuera “mayor” y entonces llamaba un día a la puerta de mi casa convertida en Rapunzel arrastrando una trenza que daba la vuelta a la manzana y con el príncipe de Beckelar enredado en los mechones.

Una vez allí, resignada, me sentaba en el potro de tortura y me dejaba hacer, pero cortaban el primer mechón y caían también las primeras lágrimas. Lloraba, y esto es la purita verdad, con mucha dignidad, es decir, sin hipos ni mocos, como las actrices en las películas. Además, como tenía unos buenos mofletes de gorda de la clase, aquellos lagrimones redondos, perfectos, tenían mucho recorrido desde que salían del ojo hasta que caían en la bata-camisa de fuerza: plof, plof, plof.

– “Nataliña, cuando seas mayor, te corto el pelo gratis, pero no me llores en la peluquería, por favor”, decía entonces Carlos, el dueño de las tijeras.

Pero aquello era imparable. La naturaleza siempre se abre camino.

A veces conseguía la solidaridad de alguna señora que estaba en el secador y de repente levantaba la vista del Hola y decía: “Co pelo tan bonito que ten… ” (es decir, con el pelo tan bonito que tiene). Sé que les hubiera gustado hacer más, pero no podían, atrapadas como estaban por aquellas máquinas que parecía que iban a abducirlas en cualquier momento o con un rollo de papel albal entero inmovilizando sus cabezas. Eran, en cualquier caso, mis cómplices, mis camaradas, y desde aquí aprovecho para mandarles un abrazo solidario.

Aquellas no fueron mis primeras experiencias traumáticas en la peluquería, pero sí las primeras de las que tengo recuerdo. A mi familia le encanta contar la historia de cuando me cortaron el pelo al tifus. Yo tenía unos cuatro años y por aquel entonces en mi casa la peluquería era un gasto innecesario. Era mi madre la que de repente, en el salón, decía: “Esta niña necesita un corte”, cogía las tijeras y perpetraba unos flequillos inenarrables. Otros familiares la riñeron por aquel atrevimiento y para callarles la boca decidió llevarme por fin a un profesional. Como yo era tan pequeña, escogió una peluquería de Walt Disney donde el asiento era un cisne y la bata, de Mickey Mouse. Al parecer, la peluquera había invertido mucho en decoración y nada en formación. Cuando mi madre levantó los ojos de su revista, se oyó un grito, dicen las crónicas de la época. La peluquera había hecho lo que en gallego se llama “una desfeita”.

Lo admitió enseguida y dijo que no cobraría el corte, como si el dinero fuera lo importante. Según las mismas fuentes fue entonces cuando mi madre se acercó a examinar los daños y viendo que era un siniestro total, que no quedaba otro remedio, dijo: “Rapa”.

Una niña de cuatro años con la cabeza rapada ya es algo perturbador, pero ahí no acabó todo. El destrozo previo con las tijeras había sido de tal calibre que una vez pasada la maquinilla en mi cabecita quedaron cuatro pequeñas calvas. Era como si me hubiera mordido un animal.

Por alguna extraña razón, la foto mía que mi padre lleva en su cartera es posterior al incidente en el cisne, con las mordidas y todo. Cada vez que le pido que la cambie me dice: “Nunca has estado tan guapa”. Y se ríe.

Con todos estos antecedentes entenderéis que las peluquerías me impongan mucho respeto. Retraso la cita todo lo que puedo. Trago saliva en cuanto abrochan la camisa de fuerza por detrás. Me convierto en una niña de 10 años y los peluqueros, que huelen el miedo, se aprovechan. Entonces empieza la negociación: ¿Te pongo  mascarilla? ¿Un tratamiento fresh? ¿Hacemos brushing? Deberías llevarte este champú especial…” . Salgo agotada y con botes que cuestan lo que una cena en restaurante de moda de Madrid.

Eso sí, me raparía la cabeza sin dudarlo solo por poder escuchar a mi madre contarme una vez más la historia de la peluquería de Walt Disney.

  

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