Jubilación

No va a salir en los periódicos, pero en mi familia es una noticia de cinco columnas. Mi padre, profesor de matemáticas, se ha jubilado esta semana después de 39 años dando clase.

Me hubiera gustado llenarle la nevera de dieces en matemáticas, pero no le llevé ni uno. Es más, tuvo que sufrir varios vergonzantes suspensos, de los que aún me arrepiento. En cuanto pude, además, le traicioné escogiendo todas las asignaturas necesarias para no tener que hacer nunca más una integral; eso incluía latín (que me aburrió muchísimo) y literatura gallega (que me encantó).

Sé que él, al principio de los tiempos, mucho antes de que yo viniera al mundo, quiso ser piloto. También rechazó una oferta para ser hombre del tiempo porque, en ese momento, aprobó la oposición. Después se fue enganchando a dar clase porque es lo que suele pasar con los oficios que, además de un trabajo, son un servicio. Y sé que fue un magnífico profesor porque le importaba lo que hacía; porque había, en su día a día, satisfacciones y frustración.

Probablemente esta misma semana se hayan jubilado muchos otros profesores y seguro que gran parte de ellos habrán llegado al final exhaustos, quemados, desencantados con su profesión.  Mi padre ha sabido dejar la enseñanza en el momento justo. Se va como hay que irse de las fiestas o de las relaciones: sabiendo que te echarán de menos.

No va a salir en los periódicos, pero esta semana se retira un hombre que borró cientos de veces una pizarra y corrigió miles de exámenes. Que enseñó a alumnos brillantes y normales, educados e insoportables. Que recibió a padres ingenuos y soberbios. Y que sé que celebró los sobresalientes en matemáticas de sus alumnos como si hubieran sido míos. A esos chavales, mi agradecimiento: en algún momento, fuisteis los responsables de que mi padre estuviera contento.

Disfruta mucho, papá. Te lo has ganado.

Confesión

Yo no miento nunca. No me sale. Renuncié a la mentira hace años porque me provocaba muchísimo estrés y además me hacía fea (me ponía coloradísima). Pero el otro día mentí. Mentí, además, sin pensar, como una profesional, sin ponerme roja ni nada.
Pudo haber sido peor porque no le mentí a un ser querido, sino a un desconocido. Pero esa circunstancia atenuante no me sirve y esa mentira reciente, fresca, me atormenta. Después de darle muchísimas vueltas, he decidido entregarme y confesar.

Fue así:

Era la tarde previa a nochebuena. Yo estaba paseando por mi ciudad, A Coruña, después de haber comprado un regalo de última hora para mi padre. Iba feliz, pensando en qué filtros iba a poner en Instagram a unas fotos estupendas que había hecho del atardecer en Riazor y marqué el número de un amigo para felicitarle las fiestas. Fue entonces cuando El Desconocido, que no vio que llevaba puestos los auriculares del móvil, me tocó en un brazo y me dijo:

“Perdona, ¿te puedo decir una cosa?”

Yo contesté que sí y El Desconocido, que era bastante guapo y llevaba un abrigo de esos que me gustan a mí, tipo Zidane al borde del campo, me dijo la última cosa que me esperaba que me dijeran:

“Estás preciosa”.

Le pedí a mi amigo, al otro lado del móvil, que me esperara un momento. Así es como empiezan las películas de amor si estás en sitios tipo el puente de Brooklyn o Central Park, pero yo oí ese “estás preciosa” y automáticamente pensé dos cosas nada románticas:

1. Que era una cámara oculta y al día siguiente iba a salir en la gallega, es decir, que todos los hombres y mujeres de más de 70 años (que en Galicia son muchos) me iban a ver por la tele y se iban a reír de mí.

2. Que llevaba el bolso abierto y el guapo me acababa de robar la cartera.

Pese a todo, respondí:

“Muchas gracias”.

Lo dije para ganar tiempo porque no me fiaba. No me fiaba un pelo. Pero ahí no terminó la cosa porque entonces El Desconocido Bastante Guapo añadió:

“¿Te puedo invitar a salir en otro momento?”

Invitar a salir. Qué cosa bonita. Y yo no pude paladear esa invitación, esa frase tierna y antigua, que era como un minicuento de Navidad, porque ya me veía anulando las tarjetas y pidiendo cita para renovar el DNI.  

De lo que pasó después me avergüenzo muchísimo y desde aquí quiero pedir disculpas al Desconocido Bastante Guapo. Porque aquí es cuando yo, que nunca miento, mentí:

“Es que no soy de aquí”.

El Desconocido Bastante Guapo sonrió, se encogió de hombros, como si le hubiesen hecho una faena gordísima –intuyo que él sí era un profesional de lo suyo- y se fue con su abrigo de los que me gustan a mí a buscar otra preciosidad, supongo.

En cuanto salí de su campo visual –antes no porque tampoco quería ofenderle- examiné mi bolso y busqué de reojo la cámara oculta. Mi cartera estaba intacta y no se acercó nadie con un ramo de flores a decirme que era una broma para la TVG, lo que me confundió muchísimo. De camino a casa empezaron los remordimientos. ¿Cómo que no eres de aquí?

La mentira tiene más delito aún porque por supuesto yo soy gallega. Pero además no soy una gallega cualquiera, soy una gallega deliberada.

Me explico:

No es que yo naciera en Coruña y ya está. No fue tan fácil. Mi madre era de un pueblo coruñés, Carballo, y mi padre de un pueblo asturiano, Candás. Se conocieron en el medio, en Madrid, estudiando, y se enamoraron a fuerza de cruzar muchas veces la carretera que separaba sus respectivos colegios mayores, que estaban uno frente al otro, esperándolos. Mi madre tenía las mejores piernas de Ciudad Universitaria y mi padre jugaba al rugby. Con cualquiera de las fotos juntos que tienen de esa época se puede hacer una película. Al terminar la carrera (políticas ella, astrofísica él) se casaron y se fueron a vivir a Oviedo, donde se quedaron embarazados. Antes de dar a luz, mi madre regresó a Galicia para que yo fuera gallega de pro. Luego nos volvimos a Asturias y allí pasamos tres años hasta que ya nos instalamos definitivamente en Coruña. Por todo esto puedo decir que no soy una gallega cualquiera, sino deliberada.    

Desconocido Bastante Guapo, si lees esto, te pido disculpas. Y desde aquí te felicito: el método me parece fantástico y no apuntaste tan mal. Es decir, preciosa no soy, pero simpática y cariñosa sí; entretengo. El abrigo ese úsalo con moderación, nunca pasará de moda y para algunas de nosotras, es una debilidad. El gorrito que llevabas, yo me lo replantearía, pero es solo una opinión. En cualquier caso, gracias por el piropo navideño y perdón por la mentira: vivo en Madrid, pero soy de Coruña de toda la vida.   

 

 

Queridos Reyes Magos:

Queridos Reyes Magos:

Lo primero es pediros perdón por el tiempo que hace que no os escribo. Un día una niña del cole te dice que vosotros, o sea, la meritocracia, no existe, que sois los padres, y pierdes la ilusión. Lo segundo es agradeceros que siguierais dejándome regalos aunque yo no os escribiera carta pidiéndolos; un gesto de magnanimidad que os honra. Y lo tercero, antes de entrar en materia, va a ser una confesión: querido Baltasar, perdí la carta que me enviaste cuando yo era una pequeña racista ignorante y pedía que no vinieras a mi casa. Se me traspapeló en alguna mudanza, pero que sepas que me acuerdo totalmente del mensaje y surtió efecto: ya no me dan miedo los negros.

Como sabéis, este año he sido buena no, lo siguiente. Y si no me creéis, preguntad por ahí. He sido, se podría decir, amiga del año, hija perfecta, ciudadana ejemplar. Siempre dejo mi asiento en el metro; reciclo; como no tengo coche, no contamino y hasta me apunté a un gimnasio al que fui casi todos los meses. Honestamente, creo que me merezco todo lo que os voy a pedir. En términos relativos, desde luego. Si leéis la prensa ya sabéis de qué estoy hablando: los malos se han multiplicado y cada vez son mejores haciendo el mal. Bien es cierto que ellos se entrenan a diario.

Si el método sigue siendo el mismo, entiendo que si solo me podéis traer una cosa ha de ser la primera de la lista. Bien, lo primero en la mía es metros cuadrados. Ya no soy ninguna niña. La broma del zulo del colegio mayor y lo de compartir piso estuvo bien un rato, pero ahora me gustaría tener una casa de mayor que haga juego con mi tele de mayor –que es súper inteligente, tiene un montón de pulgadas y control parental-. Ya sé que el alquiler ha vuelto a subir y que Madrid es una jungla, pero insisto, este año he sido buena no, lo siguiente. A ver, no tiene que ser una mansión, pero sí me gustaría que tuviera una estantería de esas solo para colocar zapatos y un baño lo suficientemente grande como para que quepa una bañera. También, si es posible, una cocina con isla para tomar copas de vino mientras alguien me prepara la cena, y una terraza, porque en Madrid se aprovecha casi todo el año. Si queréis redondear la jugada, me encantaría disponer de una librería de esas gigantes con una escalera para trepar hasta los últimos libros.

Lo segundo es más difícil, pero para eso sois magos. Quiero que solucionéis la crisis del periodismo. Se me ocurre que podéis dejar en los zapatos de la gente un montón de suscripciones a periódicos. Una suscripción por casa, ¿qué os cuesta? Si ahora los periódicos prácticamente los regalan al comprarte una película o una taza. Pensadlo.

A mi padre, por favor, traedle una camiseta del Liceo francés, para recordarle que sigue siendo tan cool como cuando jugaba al rugby y se llevó a la chica más interesante de Ciudad Universitaria. Y para mi hermano, os pido un coche nuevo. El clio está ya muy cascado y el pobre no puede escuchar música porque ya no venden radiocasetes. Él no ha sido tan bueno como yo, ya os lo digo, pero el coche apuntádmelo en mi cuenta. Ya apaño yo con él.

Para mis amigas las súper madres trabajadoras os pido unos cupones para ir a darse un masaje, al cine, de cena conmigo o a bailar hasta las tantas. Y para sus maridos, cualquier cosa de runners.

A Rajoy, por favor, le traéis un delfín, un sucesor de consenso, que me da que el hombre no se retira para que no se líen a palos en cuanto se vaya.

A Pedro Sánchez, una Constitución nueva.

A Albert Rivera no se me ocurre nada. Quizá pueda jugar con el regalo de Rajoy.

A Pablo Iglesias, un champú anti-casta.

A ese que ya sabéis, carbón.

Bueno, y esto es todo. Os dejaré en mi minicocina un trocito de roscón y agua para los camellos. Buen viaje y hasta el año que viene.

Natalia

 
    
    
    
 

Lo peor que te puede pasar en clase de zumba

¿Qué es lo peor que te puede pasar en clase de zumba? ¿Dislocarte la cadera haciendo los gestos obscenos? ¿Encontrarte con alguien conocido, con alguien que te tenga un poco de respeto y que te lo pierda en ese preciso momento y para siempre? ¿Que se te caiga una lentilla en pleno perreo? No. Lo peor es lo que me pasó a mí antes de ayer.
No puedo hablar mal de Nefertiti. La profe llega siempre con un humor excelente y no deja de sonreír en toda la clase- es como si se hubiera tragado una percha-. Además, pone todo su empeño en hacernos creer: que es posible tener su cuerpo de diosa; que si sudamos como es debido algún día compraremos (tops) en las mismas tiendas… Pero Nefertiti hace una cosa horrible: de vez en cuando- lo hizo el otro día- para y grita: “¡Por parejaaaaaaas!”.

Fue todo muy rápido y a mí me faltaron reflejos. Cuando quise reaccionar, ya era tarde: toda la clase estaba emparejada, salvo yo. Intenté esconderme desde mi sitio –la última fila-, detrás de una pareja, pero Nefertiti, que tiene visión panorámica, me cazó y gritó: “Tú, ¡conmigo!”.

En un gesto desesperado, intenté hacerme la sorda, lo que en zumba no tenía mucho sentido. Miré fijamente al suelo, suplicando que me tragara en ese momento y me volviera a escupir a la superficie cuando la clase hubiera terminado. Pero Nefertiti me llamaba y me llamaba. Todas las parejas me miraban. No tenía escapatoria. Levanté entonces la cabeza y la vi, esperándome en la primera fila con su sonrisa perenne. Negué con la cabeza y creo que hasta se me escapó una lágrima, pero Nefertiti debió confundirla con sudor, me cogió de la mano y me llevó hasta su sitio, delante de todo, a apenas unos centímetros del espejo implacable. 

Estaba condenada.  

Antes de que empezara la canción más larga del mundo, me dio tiempo a mirarnos a las dos, tan diferentes y, sin embargo, miembros de la misma especie. De cerca, Nefertiti hace daño a la vista: esos músculos perfectos, marcados, pero discretos, elegantes. Esa forma de moverse, como si fuera el único ser del que La Tierra tira hacia arriba, no hacia abajo…

Fueron unos pocos segundos, pero toda mi vida pasó por delante, proyectada en el espejo: cuando fui la gorda de la clase, el vestido de la primera comunión –con can can, a quién se le ocurre-, los primeros Levis, de Portugal, los exámenes de selectividad, aquel novio, este otro, mudanzas, vacaciones, cumpleaños… Supe que aquello iba a ser un desastre, entre otras muchas cosas porque yo llevaba un mes sin ir a clase y todas las coreografías eran nuevas. Me cayó –ahora sí- una gota de sudor, pero frío, helador, desde la nuca hasta el top –por supuesto interior- que llevaba. Y sonó la música.  

Si ya es difícil bailar solo, siguiendo los múltiples pasos que caben en dos acordes de reguetón, intentar coordinarlos con otro es, simplemente, misión imposible. En el primer tramo de la canción más larga del mundo pisé varias veces a Nefertiti y le di unos cuantos manotazos que ella, hay que decirlo, encajó con mucha deportividad y sin perder la sonrisa. Al final conseguí imitar parte de la coreografía, pero siempre en diferido, es decir, yo hacía los pasos cuando el resto de la clase ya estaba a otra cosa: unas piruetas, unas sentadillas… 

Cuando al fin terminó el suplicio, Nefertiti me dijo: “Qué graciosos sois”. Lo dijo así, en plural, y pienso que se refería al común de los mortales. Yo regresé, efectivamente mortificada, a mi sitio en la última fila, sin atreverme a mirar a mis compañeras, que aún se reían.  

Cuando tres canciones más tarde, Nefertiti lo volvió a hacer –“¡Por parejaaaaaas”!- yo agarré rápidamente a la chica que tenía al lado por el brazo izquierdo. Su antigua pareja la agarraba también por el derecho, pero yo decidí que ese brazo y yo íbamos a ir juntos al fin del mundo. Resistí. Fueron unos segundos violentos, muy tensos, pero finalmente, la otra chica se rindió y soltó a mi compañera. Le pregunté cómo se llamaba porque la noté algo asustada. Me dijo que era su primer día. No dimos pie con bola. Pero nos reímos tanto que ella casi se ahoga a mitad de la canción.  

Desde entonces tengo pesadillas. Nefertiti me lleva a la primera fila y todos se ríen de mí. O de repente dice: ahora vamos a parar la clase hasta que a Natalia le salga la coreografía. Lo único bueno es que, de la angustia, me despierto encharcada en sudor y quemo calorías.

No somos nadie.

 https://m.youtube.com/watch?v=XAhTt60W7qo

Nefertiti

Sé que algunos de vosotros, a mi espalda, comentasteis en su día, cuando yo bauticé a mi profesora de zumba como La Diosa, que exageraba. Que se me había ido un poco la cabeza, pobrecita, de tanto sudar. Bien, hoy he vuelto y la profe nueva se ha presentado como Ne- fer- ti-ti.

Es pronto aún para saber si tiene el carisma de La Diosa primera, la original, mi musa, la que inspiró el diario de zumba que luego se convirtió en un blog para hablar también de otras cosas. Pero como lo siento os lo digo: Nefertiti tiene madera. Incluso guarda cierto parecido físico con La Diosa. El pelo, por ejemplo, lo tienen igual de largo, es decir, por la cintura, y el culo le empieza naturalmente a la altura de la coronilla.

Si al salir de clase, con mi cara de semáforo, me hubiera tropezado con el genio de la lámpara, le habría pedido, sin dudarlo, que me convirtiera en Nefertiti. No nos engañemos, el periodismo se acaba. No hay exclusivas para todos. El papel se muere. ¿Internet de pago? Hay que diversificar. Y yo quiero el culo en la coronilla. Quiero saber hacer todos esos gestos obscenos –el catálogo de la nueva profe es simplemente impresionante-. Quiero esa melena hipnótica. Quiero que mi vida consista en mirar mi cuerpazo delante de un espejo, viendo de reojo, detrás de mí, a la panda de losers en mallas de decathlon y culo de mortal, en el mismo sitio que todo el mundo, debajo de los michelines.  

¿Sabéis lo que podríamos hacer con todo eso? No me harían falta ni los dos siguientes deseos para pedir la paz en el mundo y que ningún niño pase hambre. Que me manden a la ONU, a Corea del Norte, a Rusia, con mi pantalón corto, mi top, y un disco de regueton. No ha nacido un ser capaz de decirle que no a Nefertiti. Si me pongo, fijaos lo que os digo, puedo hasta salvar el periodismo.

Si el genio me concede el deseo, como a Tom Hanks en BIG, prometo tirar toda mi ropa a la basura y no volver a comprar nunca nada que me tape el ombligo. Prometo también regalar todos mis discos de Otis Redding, Nina Simone y Amalia Rodrigues y escuchar regueton sin parar. A partir de ahora, solo perreo. “Y si con otro pasas el ratooooo, vamos a ser feliz, vamos a ser feliz, felices los cuatro. Te agrandamos el cuartoooooo”.

Nefertiti nos pide que gritemos con las canciones y es cierto, al principio estábamos un poco cortadas – la tribu del ojo pintado a veces es pudorosa-, pero luego nos hemos puesto a berrear como locas. La felicidad – me he dado cuenta hoy, a los 35- es eso: gritar, sudar y reírse al mismo tiempo. La Diosa ha vuelto.

  
 

Domingos

El lunes me subí al coche y el malo malísimo que había escondido en el asiento de atrás me apuntó con una pistola y me dijo: “Arranca. No hagas ninguna tontería”. Yo no lo dije, pero pensé “¡Já!», puse el motor a todo trapo y empecé a hacer eses y trompos hasta que el malo perdió el arma y se tiró en marcha mientras una patrulla de policía nos perseguía a toda velocidad. Es extraño porque yo no tengo coche ni carné de conducir.
El martes estaba en una lavandería de esas tan monas, con mi cesto de ropa blanca, y conocía al hombre de mi vida. Ha entrado, nos hemos mirado y alguien ha puesto unos violines a toda pastilla para que nos enamoráramos. Es extraño porque yo tengo lavadora en mi casa.

Por la tarde, por alguna razón que no recuerdo, teníamos nuestra primera bronca y entonces yo salía corriendo y él me perseguía como por cinco manzanas de Nueva York gritando mi nombre, pero yo no me paraba hasta que de repente se ponía a llover como si no hubiera mañana y entonces me quedaba quieta para que me diera un beso bajo la lluvia mientras otra vez alguien subía los violines. Es extraño porque yo no corro ni aunque me persigan.

El miércoles, estaba en el chino de debajo de mi casa y un yonqui entró a robar. “¡Rápido! ¡Todo el dinero que hay en la caja”, dijo, mientras apuntaba al pobre chino con otra pistola y cara de loco. Suerte que detrás de mí había un policía de paisano, clavadito al agente Peña de Narcos, y lograba reducirlo, aunque antes recibía un tiro y yo me asustaba muchísimo porque ya estaba también medio enamorada. Afortunadamente, el tiro fue en un hombro – a los policías guapos nunca les dan en otro sitio- y al día siguiente, cuando le llevé una caja de donuts al hospital –detalle que le hizo mucha gracia porque para entonces él también estaba un poco enamorado de mí- el policía solo tenía el brazo en cabestrillo. Es extraño porque debajo de mi casa –lástima-, no hay ningún chino.

El jueves fue bastante movido. Me tocaba guardia en el hospital. Estábamos todos esos médicos guapísimos y yo en nuestra salita de esperar a que pasen cosas comentando lo tranquila que estaba la noche cuando por radio nos avisaban de alguna catástrofe y empezaban a llegar sin parar heridos al borde de la muerte. A mí me tocaba el herido más guapo y antes de meterle en quirófano tenía que reanimarle y hacerle el boca a boca para salvarle la vida y tal. Luego ligábamos un poco mientras él estaba ingresado y reconozco que me enfadé bastante cuando el tipo se fue sin despedirse después de que le dieran el alta. En realidad, el hombre había ido a comprarme un anillo a Tiffanys. Esa misma tarde volvió, se arrodilló en el pasillo y me pidió matrimonio mientras todo el hospital aplaudía y sonaba una música súper cursi. Yo le dije que sí, lo cual es extraño porque a este señor, al fin y al cabo, no le conozco de nada.

Otra cosa curiosa que me pasó otro día es que viajaba con mi marido para celebrar nuestro décimo aniversario con tal mala suerte de que a los 20 minutos de vuelo nos salía un espontáneo que decía que había secuestrado el avión. Delante teníamos a la típica rubia que se ponía histérica y no paraba de gritar hasta que alguien le pegaba una torta. Hay gente que no sabe estar a la altura de las circunstancias. Es así. Yo no me asustaba nada porque sabía que en tierra había un negociador negro súper guapo que iba a saber manejar la situación. Y efectivamente, al final aterrizábamos sanos y salvos y al darle la mano en señal de agradecimiento al negociador yo me daba cuenta de que ya no quería a mi marido. Nos hemos terminado fugando el negociador y yo. Es extraño porque yo soy muy, muy leal.

Eso fue un viernes, creo, pero no me hagáis mucho caso.

El sábado estaba en un sitio feo, feo, en plena guerra, y peleándome todo el rato con un fotógrafo de AP bastante mono. De repente empezaban a bombardearnos y teníamos que salir pitando y recorrernos la guerra de arriba a abajo mientras las balas nos pasaban rozando y las bombas destrozaban todo lo que quedaba justo detrás de nosotros. Cuando por fin pararon de tirotearnos y bombardearnos, el fotógrafo mono al que yo pensaba que le caía mal se dio cuenta de que yo sangraba por la boca porque de la tensión (la de las bombas y la sexual) me había mordido el labio. De su chaleco de bolsillos sacó un montón de carretes con el próximo World Press Photo y luego una gasa y alcohol para curarme. Después me dio un beso largo, me preguntó si me dolía el labio y yo le mentí y le dije que no, porque para qué estropearlo. Es extraño porque nadie lleva ya carretes.  

Ayer no soñé nada. Qué aburridos son los domingos.  

  

Rapunzel

Tengo 35 años y aún no he conseguido tener una relación normal con los peluqueros. Me refiero a una relación de tú a tú, de igual a igual. En cuanto me ponen esa bata que se abrocha por detrás –como las camisas de fuerza, ¿casualidad?-, me hago pequeña. Vuelvo, aproximadamente, a los diez años.

Todo arranca, por supuesto, de un trauma de la infancia. No tiene mucho misterio. Recordemos: Yo era la gorda de la clase. El último día de colegio mis padres me llevaban a la peluquería y me obligaban a cortarme el pelo a lo champiñón, esto es, a mitad de oreja. He tratado de destruir todos los documentos gráficos, pero imaginaos el percal: cara de pan, pelo príncipe de Beckelar, y unas orejas excesivamente expuestas al ojo humano –de la generosidad de los pabellones auditivos de los Junquera hablaremos otro día-.

A ver, no es que mis padres fueran malos. Los pobres estaban equivocados. Ellos de verdad creían que el pelo corto era más cómodo para el verano y la arena y la piscina y ese tipo de cosas. Perdonadles, no sabían lo que hacían.

Yo, claro, intentaba resistirme, pero no había forma humana de convencer a mi madre. Por entonces, fijaos lo que os digo, habría cambiado mi walkman por poder tener una coleta de caballo.

De camino a la peluquería planeaba mis venganzas para cuando fuera “mayor” y entonces llamaba un día a la puerta de mi casa convertida en Rapunzel arrastrando una trenza que daba la vuelta a la manzana y con el príncipe de Beckelar enredado en los mechones.

Una vez allí, resignada, me sentaba en el potro de tortura y me dejaba hacer, pero cortaban el primer mechón y caían también las primeras lágrimas. Lloraba, y esto es la purita verdad, con mucha dignidad, es decir, sin hipos ni mocos, como las actrices en las películas. Además, como tenía unos buenos mofletes de gorda de la clase, aquellos lagrimones redondos, perfectos, tenían mucho recorrido desde que salían del ojo hasta que caían en la bata-camisa de fuerza: plof, plof, plof.

– “Nataliña, cuando seas mayor, te corto el pelo gratis, pero no me llores en la peluquería, por favor”, decía entonces Carlos, el dueño de las tijeras.

Pero aquello era imparable. La naturaleza siempre se abre camino.

A veces conseguía la solidaridad de alguna señora que estaba en el secador y de repente levantaba la vista del Hola y decía: “Co pelo tan bonito que ten… ” (es decir, con el pelo tan bonito que tiene). Sé que les hubiera gustado hacer más, pero no podían, atrapadas como estaban por aquellas máquinas que parecía que iban a abducirlas en cualquier momento o con un rollo de papel albal entero inmovilizando sus cabezas. Eran, en cualquier caso, mis cómplices, mis camaradas, y desde aquí aprovecho para mandarles un abrazo solidario.

Aquellas no fueron mis primeras experiencias traumáticas en la peluquería, pero sí las primeras de las que tengo recuerdo. A mi familia le encanta contar la historia de cuando me cortaron el pelo al tifus. Yo tenía unos cuatro años y por aquel entonces en mi casa la peluquería era un gasto innecesario. Era mi madre la que de repente, en el salón, decía: “Esta niña necesita un corte”, cogía las tijeras y perpetraba unos flequillos inenarrables. Otros familiares la riñeron por aquel atrevimiento y para callarles la boca decidió llevarme por fin a un profesional. Como yo era tan pequeña, escogió una peluquería de Walt Disney donde el asiento era un cisne y la bata, de Mickey Mouse. Al parecer, la peluquera había invertido mucho en decoración y nada en formación. Cuando mi madre levantó los ojos de su revista, se oyó un grito, dicen las crónicas de la época. La peluquera había hecho lo que en gallego se llama “una desfeita”.

Lo admitió enseguida y dijo que no cobraría el corte, como si el dinero fuera lo importante. Según las mismas fuentes fue entonces cuando mi madre se acercó a examinar los daños y viendo que era un siniestro total, que no quedaba otro remedio, dijo: “Rapa”.

Una niña de cuatro años con la cabeza rapada ya es algo perturbador, pero ahí no acabó todo. El destrozo previo con las tijeras había sido de tal calibre que una vez pasada la maquinilla en mi cabecita quedaron cuatro pequeñas calvas. Era como si me hubiera mordido un animal.

Por alguna extraña razón, la foto mía que mi padre lleva en su cartera es posterior al incidente en el cisne, con las mordidas y todo. Cada vez que le pido que la cambie me dice: “Nunca has estado tan guapa”. Y se ríe.

Con todos estos antecedentes entenderéis que las peluquerías me impongan mucho respeto. Retraso la cita todo lo que puedo. Trago saliva en cuanto abrochan la camisa de fuerza por detrás. Me convierto en una niña de 10 años y los peluqueros, que huelen el miedo, se aprovechan. Entonces empieza la negociación: ¿Te pongo  mascarilla? ¿Un tratamiento fresh? ¿Hacemos brushing? Deberías llevarte este champú especial…” . Salgo agotada y con botes que cuestan lo que una cena en restaurante de moda de Madrid.

Eso sí, me raparía la cabeza sin dudarlo solo por poder escuchar a mi madre contarme una vez más la historia de la peluquería de Walt Disney.

  

San Valentín

No celebro San Valentín ni ningún otro santo, incluido el mío. Pero tengo una espinita clavada desde 6º de EGB y he pensado que podía utilizar estas líneas para hacer justicia.
Un 14 de febrero de hace millones de años, un niño de mi clase que apenas me hablaba me confesó su amor secreto dejándome un peluche en el pupitre con una nota cuyo contenido, lamentablemente, no recuerdo. Me encontré el regalo al subir del recreo y lo tengo que decir: No estuve a la altura. Mis compañeros se empezaron a reír como si no hubiera mañana y yo quise que me tragara la tierra. El niño que no me hablaba presenció toda la escena y puso la cara más triste del mundo. Yo tendría que haberme abierto camino entre las carcajadas y darle un beso de agradecimiento, pero no lo hice. Guardé a toda velocidad el peluche en la mochila y solo cuando terminaron las clases, pero desde la otra punta de las escaleras, cuando, por supuesto, no había nadie mirando, le sonreí. Eso fue todo.

Con el tiempo me di cuenta de cuánto mérito tenía aquel gesto que yo no supe corresponder. Para empezar, porque entonces yo era La Gorda de la clase. Para seguir porque él era El Tímido, y dejarme el regalo en el pupitre probablemente había sido lo más valiente que había hecho en su vida. Luego estaba el tema económico. Cuando se tiene una nómina, un regalo lo hace cualquiera. Pero cuando tu economía se reduce a la paga que te dan tus padres, desprenderse de tus pesetas es un asunto muy importante. Un acto de generosidad sublime, de renuncia a las pequeñas cosas que entones nos hacían felices, como, valga la redundancia, los happy meal, y los bumaflash que, por cierto, yo consumía en cantidades industriales. El niño que no me hablaba había hecho recortes en su estado del bienestar para comprarme a mí, La Gorda de la clase, un regalo. Quizás hasta se endeudó por mi culpa.

Y no solo eso. Me había dedicado tiempo. Había salido de casa solo con el propósito de comprarme algo. Había entrado en una tienda pensando en mí. Había barajado distintas posibilidades. Había escondido el regalo luego debajo la cama. Había esperado a que todos bajáramos al patio para depositarlo, hecho un flan, en mi pupitre. Había pensado y escrito una nota para explicarse. Y yo no le di ni las gracias.

Sirva esta nota como agradecimiento en diferido. Estoy convencida de que hoy eres policía o bombero o algo así. No había nadie más valiente en esa clase.

  

El día que recibí una carta del rey Baltasar

  En 35 años me ha dado tiempo a perder muchas cosas importantes y a conservar otras tantas por temor a que algún día me lo parecieran o por la pura pereza de tirarlas. Así, perdí los primeros periódicos en los que escribí, hechos, de principio a fin, de internacional a deportes, por yo misma, pero en los cajones aparecen de vez en cuando camisetas de propaganda de cajas de ahorro que ya no existen, casetes de grupos inconfesables, colgantes con símbolos de la paz del diámetro de una tortilla de patatas.
De todas las cosas que perdí, una de las que más me gustaría recuperar o encontrar algún domingo debajo de toda la morralla de los ochenta, es la carta que me escribió el rey Baltasar en persona.

Sí señores, mientras todos los niños escribían cartas A los Reyes, yo recibí carta DE uno de ellos. No os quiero ni contar las peleas a brazo partido con la panda de escépticos que me encontré en el colegio – a alguno le cayó un buen y merecido mordisco-  y dudaban de la autenticidad de la misiva. Empezaba más o menos así: “Querida Natalia: Soy el rey Baltasar. Te escribo porque sé que te doy miedo porque soy de color negro”. A ver, no es que fuera una niña racista, pero entended que en aquel momento, en Coruña no se veían muchos. El caso es que Baltasar me convenció totalmente y a partir de ahí se convirtió, por supuesto, en mi rey favorito. Llevé aquella carta en la mochila del cole durante años.

Luego me vine a Madrid a estudiar. Me mudé a un colegio mayor, a un piso con amigas, a otro con un novio, a un estudio minúsculo -pero con vestidor- y la carta, aquel tesoro de la infancia, se perdió. Me da muchísima rabia. La misma rabia que sentí – y de la que aún no me he recuperado- el día que averigüé que los Reyes, es decir, la meritocracia, no existía. Que tú puedes portarte muy bien y que todo te salga muy mal.

Lo bueno es que los Reyes Magos no existen, pero los padres sí, y los míos eran así de estupendos. Me los imagino ahora, una noche como la de hoy, escribiendo la carta de Baltasar, comiéndose las galletas y tirando por el fregadero un poco del agua que habíamos dejado para los camellos, y todo lo demás me importa un poco menos. Feliz noche de Reyes.   

 

 

Volver

Con Rajoy investido, el techo de gasto a punto de caramelo y un pacto para subir el salario mínimo un 8%, he pensado que era el momento de volver a zumba. No os voy a engañar, no recuerdo cuánto tiempo hacía del último perreo. Creo que fue en la época del no es no, cuando Pedro Sánchez salía todos los días en la tele. 

Llevaba preparada una excusa genial para cuando el de la puerta del gimnasio me preguntara, como un cura, pero en mallas, que cuándo había sido la última vez. Pero no estaba. En su lugar había una rubia mascando chicle. Le he dicho «hola». Ella me ha respondido con un globo rosa. Y entonces lo he visto. No es que no estuviera el de la puerta, es que nada estaba en su sitio. Habían hecho una reforma. 
Resulta que utilizaron mi ausencia para pintar las paredes de otro color y cambiar las máquinas de sitio: la de los palos que te atacan y también las de las bebidas de color fosforito. Había paredes nuevas y unas luces cegadoras de neón azul. A lo lejos se oía gritar al monitor de spinning y he tratado de orientarme con su voz hasta la sala de zumba. 

Naturalmente, me he perdido. 

He atravesado el pasillo de musculitos con el corazón a 200 pulsaciones de la angustia y sin haber hecho aún la primera sentadilla. He subido y bajado del primer al segundo piso. Al fin, he encontrado la sala de la clase y a cinco desconocidas esperando en la puerta. De la tribu del ojo pintado, ni rastro. Recordé, con morriña, a La Diosa y su impresionante capacidad de convocatoria – aquella mujer con el culo en la coronilla llenaría estadios-. Me dio pena que las nuevas generaciones, aquellas cinco niñas en mallas, no la hubiesen conocido. Sus flexiones entre canción y canción. Su sospechosa destreza con los movimientos obscenos. Su carisma. 

Llegó entonces el primer rostro conocido, ese profe que nos hace bailar con pesas, que allí se llaman «¡Discooooos!» . No me reconoció. Sí saludó a las cinco niñas. Le odié un poquito. Una de ellas abandonó la sala a mitad de clase y vi caer por la cara del monitor lo que me pareció una lágrima -aunque también pudo ser una gota de sudor-. La clase fue un trámite sin emoción. Terminamos con unos abdominales, en silencio. Hay un tipo que no me sale porque estoy convencida de que me falta ese músculo. En mi caso debieron de rellenar con otra cosa. La Diosa me habría lanzado esa mirada implacable que conseguía que hicieras cinco más y luego otros cinco, pero a este le da todo igual. Nada es lo mismo.