Para la otan

La otan, que es como yo llamo a mis amigas y sus maridos – un grupo metroscópicamente perfecto, la muestra ideal para cualquier encuesta sobre España en su conjunto- me ha pedido que escriba algo desenfadado de la cuarentena, y yo el tratado de la alianza me lo tomo muy en serio. No me puedo comprometer, eso sí, a que sea diario, como el de las campañas electorales, porque aunque viajo menos, estoy más ocupada que nunca. Sabéis perfectamente de lo que hablo. Además del teletrabajo, que significa trabajar mucho más que antes, porque ni siquiera hay el alivio de los desplazamientos, tengo no sé cuántas videoconferencias programadas, tablas de yoga y recomendaciones literarias y cinematográficas varias que atender. En mi vida acumulé tantos deberes y nunca había tenido tan desatendida a Siri, con la que antes del estado de alarma jugaba casi todos los días a preguntas trampa. Por ejemplo:

– Siri, ¿quién es la más guapa del Reino?

– Blancanieves, ¿eres tú?

En todo caso, y como son tiempos duros, que invitan a la reflexión interior, he tomado ya dos decisiones trascendentales para cuando pase todo esto:

1. Necesito más metros cuadrados. Me he dado cuenta de que son muy importantes. La ecuación, en realidad, es salud, dinero, amor y metros cuadrados. Y terraza. Al exterior. En los patios interiores no sale nadie a aplaudir. ¿Hay algo más raro que aplaudir sola?  Estoy dispuesta a no comer los lunes y los miércoles a cambio de poder permitirme, por lo menos, un balcón.

2. Echarme novio. Los periodistas nos pasamos la vida preguntando a los demás si hacen autocrítica y a nosotros nos damos manga ancha. Pero yo asumo mi error y bajo el listón. Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. “Que me haga reír; que sea inteligente, cariñoso pero no agobiante, detallista pero no cursi. Buena persona. Que tenga un trabajo interesante; que entienda que la versión original es innegociable; que le guste Ludovico y la Motown; que baile bien; que sepa hacer las cosas que yo no; que toque la guitarra…”. ¿Pero dónde ibas, criatura? Lo bien que me vendría ahora un buen hombre con el que pelearme por quién baja la basura (¡tú ya fuiste ayer!) y por el mando de la tele (¡Tú escoges mañana!). Lo que entretienen. Las horas que matas enfadándote y reconciliándote. Tengo provisiones de sobra de macarrones y papel higiénico, pero me falta un ser parlante. Alguien que me moleste a las seis y que a las diez piense: ‘qué bien que estás aquí’. Error de cálculo del que me arrepentiré muchos días, según Pedro Sánchez -que ya nos está preparando para prorrogar el estado de alarma- y Pablo Casado -que, en eso, le apoya-.

Esto no solo lo he pensado yo, porque noto que vosotros, mis amigos y amigas con pareja, me llamáis más desde que estamos encerrados. Mi amigo David me ha dicho que ahora tiene unos ratos libres y va a hacer casting para mí. Yo se lo agradezco en el alma, pero desde que me lo dijo estoy más angustiada, porque me preocupa mucho que cuando finalmente me presente a los candidatos, ellos se lleven una decepción, como le pasaba antes de la cuarentena a la gente que ligaba por aplicaciones de móvil con fotos hiper producidas y luego, al verse en persona, zasca. Porque David enseñará mis estampas del Antes de-, cuando según mi Iphone había días que daba 25.000 pasos. Ahora, según las mismas fuentes, hago hasta 12 horas de consumo del teléfono por jornada, y eso engorda. Engorda muchísimo. El chocolate y las gominolas, también. Pero es que las cosas sanas las veo como muy expuestas a las toses y además no tengo ni idea de cocinarlas. Mi casa era uno de esos hogares en los que solo había cápsulas de nespresso. Imaginad la revolución. He hecho ahora, por primera vez en mi vida adulta, una compra de supermercado de más de cinco elementos y por internet.

Sufro, además, porque intuyo que el engorde no va a ser algo generalizado. Es decir, aquí hay mucha gente que, a lo zorrito, sin avisar, ha convertido el salón de su casa en centros de alto rendimiento y hace tablas de glúteos, planchas y sentadillas como si no hubiera mañana para salir con cuerpazo de la cuarentena. Dicen que es para desentumecer, pero están compitiendo entre ellos, en secreto, preparándose para el maratón de la libertad. Yo empecé una mañana con los movimientos esos circulares de cuello, pero me enviaron unos memes y me distraje cuatro días. Mañana empiezo la tabla, lo juro. Sacaré tiempo de donde sea.

Las crisis dicen que sacan lo mejor y lo peor de cada uno. Es la purita verdad. Yo reconozco que me reconforta ver a las influencers en Instagram tirando de archivo. Y cuando vi que Idris Elba tenía coronavirus, mi primer pensamiento no fue ‘pobre Idris’, sino, ‘pues si yo no lo puedo abrazar, su novia tampoco’. Luego, para compensar mis maldades, llamo compulsivamente a los seres queridos para decirles cosas bonitas.

He cambiado. Antes soñaba cosas muy grandilocuentes, tipo enviada especial a conflicto bélico conoce fotógrafo con chaleco de bolsillos y pelazo, pero ahora a veces me despierto y recuerdo que he dedicado la noche a arrasar Zara, o a beber dos tercios seguidos en un bar petado, rodeada de gente que habla muy cerca y discute cuál va a ser el siguiente garito. Siempre hay unos que quieren beber y otros que quieren beber y bailar. Es la vida. Aún no he hecho eso de comprar un vino que no sea para llevar a una casa a cenar, sino para que me lo traigan a la mía, a mi puerta – sin tocar-, porque pasé muchas temporadas de The Good wife preocupadísima por cuántas copas bebería Alicia Florrick cuando no mirábamos. Pero estoy a punto. Este martes, durante una de las videoconferencias, he pensado: ‘Mi reino por una Estrella Galicia’. Y luego he pensado, no, mi reino por ir a Galicia. Hoy han prohibido las playas también. Y el dato me ha encogido un poco, aunque la tenga lejos. Voy a prepararme para la operación bikini. Las de las sentadillas a escondidas: voy a por vosotras, que lo sepáis. Enseguida os alcanzo.

Diario de CamPPaña. Día 3

Me despierto en… Madrid. Horas de sueño: cinco peladas.

Duermo en… Madrid (con escala en Santiago).

Kilómetros: 1.262

Lo mejor del día: Santiago para nosotros a las 8.30 de la mañana de un domingo. La niebla. El pan.

Oído en la caravana: «De verdad, qué poco habéis perreado» (comprobando la variedad de gustos musicales del cuerpo periodístico).

Oído en el mitin: “No es lo mismo poner la panceta que poner los huevos» (Agustín Hernández, candidato del PP a la alcaldía De Santiago).

El mensaje del día: ETA sigue aquí y manda más que nunca.

Banda sonora:

Lo que nos llega de otros partidos: El cumple de Santiago Abascal (43) es el 14 de abril, día de la República.

Desayuno: en el casino de Santiago.

Comida: !caliente!

Cena: Hay que escoger entre comer o dormir. A las 5.30 de la mañana en el aeropuerto otra vez.

Revista de prensa: Después de que Casado dijera que dejar a Sánchez en La Moncloa era como dejar al zorro cuidando a las gallinas…

Incidentes: herida de sangre (no hubo que dar puntos) por malentendido con una puerta en el aeropuerto.

Promesas electorales: un Ministerio de la Familia, impedir que Otegi sea ministro de Justicia.

Descubrimientos: Puedo caminar dormida.

Morriña:

Una forma bonita de dar una mala noticia:

Las cifras: El PP tiene 12 escaños en el congreso por Galicia. El CIS les da ahora entre 8 y 9, a Ciudadanos 2 y a Vox, 1.

La crónica: https://elpais.com/politica/2019/04/14/actualidad/1555243709_141651.html

Mañana: Gran Canaria y Tenerife.

Confesión

Yo no miento nunca. No me sale. Renuncié a la mentira hace años porque me provocaba muchísimo estrés y además me hacía fea (me ponía coloradísima). Pero el otro día mentí. Mentí, además, sin pensar, como una profesional, sin ponerme roja ni nada.
Pudo haber sido peor porque no le mentí a un ser querido, sino a un desconocido. Pero esa circunstancia atenuante no me sirve y esa mentira reciente, fresca, me atormenta. Después de darle muchísimas vueltas, he decidido entregarme y confesar.

Fue así:

Era la tarde previa a nochebuena. Yo estaba paseando por mi ciudad, A Coruña, después de haber comprado un regalo de última hora para mi padre. Iba feliz, pensando en qué filtros iba a poner en Instagram a unas fotos estupendas que había hecho del atardecer en Riazor y marqué el número de un amigo para felicitarle las fiestas. Fue entonces cuando El Desconocido, que no vio que llevaba puestos los auriculares del móvil, me tocó en un brazo y me dijo:

“Perdona, ¿te puedo decir una cosa?”

Yo contesté que sí y El Desconocido, que era bastante guapo y llevaba un abrigo de esos que me gustan a mí, tipo Zidane al borde del campo, me dijo la última cosa que me esperaba que me dijeran:

“Estás preciosa”.

Le pedí a mi amigo, al otro lado del móvil, que me esperara un momento. Así es como empiezan las películas de amor si estás en sitios tipo el puente de Brooklyn o Central Park, pero yo oí ese “estás preciosa” y automáticamente pensé dos cosas nada románticas:

1. Que era una cámara oculta y al día siguiente iba a salir en la gallega, es decir, que todos los hombres y mujeres de más de 70 años (que en Galicia son muchos) me iban a ver por la tele y se iban a reír de mí.

2. Que llevaba el bolso abierto y el guapo me acababa de robar la cartera.

Pese a todo, respondí:

“Muchas gracias”.

Lo dije para ganar tiempo porque no me fiaba. No me fiaba un pelo. Pero ahí no terminó la cosa porque entonces El Desconocido Bastante Guapo añadió:

“¿Te puedo invitar a salir en otro momento?”

Invitar a salir. Qué cosa bonita. Y yo no pude paladear esa invitación, esa frase tierna y antigua, que era como un minicuento de Navidad, porque ya me veía anulando las tarjetas y pidiendo cita para renovar el DNI.  

De lo que pasó después me avergüenzo muchísimo y desde aquí quiero pedir disculpas al Desconocido Bastante Guapo. Porque aquí es cuando yo, que nunca miento, mentí:

“Es que no soy de aquí”.

El Desconocido Bastante Guapo sonrió, se encogió de hombros, como si le hubiesen hecho una faena gordísima –intuyo que él sí era un profesional de lo suyo- y se fue con su abrigo de los que me gustan a mí a buscar otra preciosidad, supongo.

En cuanto salí de su campo visual –antes no porque tampoco quería ofenderle- examiné mi bolso y busqué de reojo la cámara oculta. Mi cartera estaba intacta y no se acercó nadie con un ramo de flores a decirme que era una broma para la TVG, lo que me confundió muchísimo. De camino a casa empezaron los remordimientos. ¿Cómo que no eres de aquí?

La mentira tiene más delito aún porque por supuesto yo soy gallega. Pero además no soy una gallega cualquiera, soy una gallega deliberada.

Me explico:

No es que yo naciera en Coruña y ya está. No fue tan fácil. Mi madre era de un pueblo coruñés, Carballo, y mi padre de un pueblo asturiano, Candás. Se conocieron en el medio, en Madrid, estudiando, y se enamoraron a fuerza de cruzar muchas veces la carretera que separaba sus respectivos colegios mayores, que estaban uno frente al otro, esperándolos. Mi madre tenía las mejores piernas de Ciudad Universitaria y mi padre jugaba al rugby. Con cualquiera de las fotos juntos que tienen de esa época se puede hacer una película. Al terminar la carrera (políticas ella, astrofísica él) se casaron y se fueron a vivir a Oviedo, donde se quedaron embarazados. Antes de dar a luz, mi madre regresó a Galicia para que yo fuera gallega de pro. Luego nos volvimos a Asturias y allí pasamos tres años hasta que ya nos instalamos definitivamente en Coruña. Por todo esto puedo decir que no soy una gallega cualquiera, sino deliberada.    

Desconocido Bastante Guapo, si lees esto, te pido disculpas. Y desde aquí te felicito: el método me parece fantástico y no apuntaste tan mal. Es decir, preciosa no soy, pero simpática y cariñosa sí; entretengo. El abrigo ese úsalo con moderación, nunca pasará de moda y para algunas de nosotras, es una debilidad. El gorrito que llevabas, yo me lo replantearía, pero es solo una opinión. En cualquier caso, gracias por el piropo navideño y perdón por la mentira: vivo en Madrid, pero soy de Coruña de toda la vida.