Zumba, día 3

Catástrofe. Mis zapatillas de COU se han roto. Han durado 14 años en una caja en el armario y solo tres sesiones de perreo en Zumba. Estoy condenada a comprarme unas horteradas de esas que hacen ahora y a romper uno de mis principios, el de no hacer publicidad de una marca a menos que me paguen por llevarla. A cambio, puedo celebrar con vosotros mis primeros progresos. Zumba, día 3: pisotones, 0; manotazos, solo 1.

Ya sé el nombre de la diosa, Paula, y he hecho mi primera amiga de gimnasio, una de las de los tops y mallas de fibra de carbono que ha confesado que llevaba UN AÑO yendo a clase – así cualquiera-.

A ver, los movimientos obscenos aún me cuestan. Cuando los hace Paula parecen un rito de apareamiento y cuando los hago yo, los espasmos de una demente, pero torres más altas han caído. Y ya no hay nada que hacer: me he aprendido las horribles letras de las canciones -el oído tiene a veces razones que el corazón no entiende-.

Para terminar, una confesión – a vosotros no puedo engañaros-. He hecho trampas en la sesión final de abdominales -“Y dieeeez….!”-, pero me han pillado. Ha sido duro: Paula me ha mirado con esa cara que ponen los padres antes de decir: “No estoy enfadado. Estoy decepcionado”. Hubiera corrido a encerrarme a pensar en mi cuarto si no fuera porque la diosa y sus dobles se han puesto enseguida a aplaudirse y he pensado: “Bueno, solo es mi tercera sesión. El próximo día lo haré mejor”. 

 

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