El día que recibí una carta del rey Baltasar

  En 35 años me ha dado tiempo a perder muchas cosas importantes y a conservar otras tantas por temor a que algún día me lo parecieran o por la pura pereza de tirarlas. Así, perdí los primeros periódicos en los que escribí, hechos, de principio a fin, de internacional a deportes, por yo misma, pero en los cajones aparecen de vez en cuando camisetas de propaganda de cajas de ahorro que ya no existen, casetes de grupos inconfesables, colgantes con símbolos de la paz del diámetro de una tortilla de patatas.
De todas las cosas que perdí, una de las que más me gustaría recuperar o encontrar algún domingo debajo de toda la morralla de los ochenta, es la carta que me escribió el rey Baltasar en persona.

Sí señores, mientras todos los niños escribían cartas A los Reyes, yo recibí carta DE uno de ellos. No os quiero ni contar las peleas a brazo partido con la panda de escépticos que me encontré en el colegio – a alguno le cayó un buen y merecido mordisco-  y dudaban de la autenticidad de la misiva. Empezaba más o menos así: “Querida Natalia: Soy el rey Baltasar. Te escribo porque sé que te doy miedo porque soy de color negro”. A ver, no es que fuera una niña racista, pero entended que en aquel momento, en Coruña no se veían muchos. El caso es que Baltasar me convenció totalmente y a partir de ahí se convirtió, por supuesto, en mi rey favorito. Llevé aquella carta en la mochila del cole durante años.

Luego me vine a Madrid a estudiar. Me mudé a un colegio mayor, a un piso con amigas, a otro con un novio, a un estudio minúsculo -pero con vestidor- y la carta, aquel tesoro de la infancia, se perdió. Me da muchísima rabia. La misma rabia que sentí – y de la que aún no me he recuperado- el día que averigüé que los Reyes, es decir, la meritocracia, no existía. Que tú puedes portarte muy bien y que todo te salga muy mal.

Lo bueno es que los Reyes Magos no existen, pero los padres sí, y los míos eran así de estupendos. Me los imagino ahora, una noche como la de hoy, escribiendo la carta de Baltasar, comiéndose las galletas y tirando por el fregadero un poco del agua que habíamos dejado para los camellos, y todo lo demás me importa un poco menos. Feliz noche de Reyes.   

 

 

Si algún día me deja el periodismo

  
Si algún día me deja el periodismo, sólo sé hacer dos cosas en la vida. Uno: sé qué canción es en cuanto escucho la primera nota; Y dos: adivino los diálogos y los finales de las series. Mi oído tiene memoria de elefante, pero no encuentro la forma de sacarle rentabilidad. Con la segunda habilidad intuyo que podría ganar millones de dólares. ¿Qué canal o productora no querría saber con antelación qué serie va a funcionar y cuál no? Si adivino el final enseguida, descartada. Si tardo unos cuantos capítulos, contratamos una temporada. Les ahorraría a los señores de la HBO muchísimo dinero, por no hablar de la humillación de tener que cancelar la emisión por falta de audiencia. Eso se paga. 

Como catadora de series, viviría en Nueva York, en un loft con ladrillo visto lleno de metros cuadrados. Tendría una cocina con isla a la que vendrían a hacer platos sofisticadísimos mis amigos. Mi salón sería como el de Gertrude Stein, siempre atiborrado de artistas. Uno de ellos, que es fotógrafo, me haría un retrato precioso, lleno de pestañas, pómulos y sombras. De esos que dan ganas de tener nietos para decirles un día: “Pues esa soy yo”. 

Nos acostaríamos a las tantas, después de hablar sin parar de cosas que parecían no tener importancia. Por las tardes me pondría el proyector para  trabajar y destripar la serie. Con una copa de champán en una mano y un bolígrafo entrenado para la máxima crueldad en la otra. Cada domingo un repartidor recogería mis sentencias: “Desaconsejo absolutamente la compra de Harrington Abbey. Está clarísimo que el dueño se va a enamorar de la sirvienta, la deja embarazada y él se arruina en plena Guerra Mundial”. O: “Visto bueno a la contratación de The Zimmermans. Me ha costado un rato comprender que eran marcianos que iban a descubrir la cura a todas las enfermedades de La Tierra”.

Por supuesto, de vez en cuando, habría galas. Y el presidente de EEUU vendría a hacerse una foto conmigo y a sugerirme, disimuladamente, que le diera mi endorsement a su candidato a juez del Supremo o similar. Yo llevaría unos vestidos absolutamente ideales porque además de dinero, tengo buen gusto. Y como también tendría tiempo libre, mi entrenador personal, que es un encanto, me habría esculpido un cuerpazo de infarto. 

Por el gusanillo, porque, en el fondo, los millones nunca me curaron del periodismo, de vez en cuando escribiría alguna crítica en The New York Times. De series y también de películas. Los actores no dormirían de los nervios, sabiendo, porque es así, que un halago mío lanzaría su carrera y un reproche les generaría traumas de por vida.

Nunca tendría amigos actores. Hay que saber separar el trabajo del placer. 

Como soy rica, pero tengo clase y principios, nunca aceptaría los contratos de publicidad. Ni los del champú que quisieron multiplicar sus ventas con mi melena ni los de la pasta que no se pone blanda porque además -a quién voy a engañar-, yo no sé cocinar.

Me invitarían a un montón de cosas a las que, por supuesto, no tendría ganas de asistir. Y las revistas especularían con mi vida sentimental, sin imaginarse por un momento cómo de guapo e inteligente es mi novio secreto. 

Pero sólo si algún día me deja el periodismo.  

Y que cumplas muchos más

  Mi abuelo Ángel no leía el periódico, le hacía una autopsia. Extraía del conjunto cada doble página, la examinaba de principio a fin y, una vez satisfecha su curiosidad, depositaba el trozo de papel manoseado y exhausto boca abajo sobre el sofá. Terminado el proceso, en el salón quedaba un montoncito de realidad, dispuesto del final hacia atrás, para el siguiente que quisiera saber qué cosas habían pasado en el mundo y, sobre todo, por qué habían pasado.

En mi casa siempre hubo un periódico. Mi padre compró El PAÍS desde el día que se vendió por primera vez, hace hoy 40 años, seis antes de que yo naciera y 30 antes de que empezara a trabajar en él. Para mi padre no solo era una forma de estar informado, sino un elemento esencial de su uniforme de ciudadano. Se vistió cada mañana con él para ir al sitio donde le dieron su primer trabajo, un colegio del OPUS donde se recomendaba otra etiqueta, y lo sigue llevando hoy al instituto coruñés donde da clases de matemáticas. Sobre la cabecera, para que quien lo coja prestado lo devuelva, escribe cada día con la pluma de corregir: “Junquera”. 
Llevar EL PAÍS a casa ha sido, probablemente, uno de los mejores regalos que me han hecho mis padres. El periódico no solo traía información, que es la mejor defensa ante cualquier circunstancia, sino temas de conversación. Y ese periódico me regaló, además, una pasión, es decir, el privilegio de no dejar pasar los días, sino disfrutarlos y sufrirlos y a veces, las dos cosas a la vez.  

Con mi hermano pequeño jugué, una temporada, a los telediarios. Yo le daba paso a “Gonzalo Junquera, desde el epicentro del terremoto” y siempre teníamos que cortar la emisión por “problemas técnicos” – a mi hermano le daban ataques de risa-. Aquella fue prácticamente mi única infidelidad a la prensa escrita. Hacía periódicos caseros; escribí en el del colegio, en el del instituto, en el de la Universidad. Siempre quise escribir en EL PAÍS.

Durante mucho tiempo abrí el periódico por la sección de cartas al director con la ilusión de ver publicada alguna de las “30 líneas mecanografiadas” que enviaba con el único deseo de ver mi nombre en sus páginas. Me publicaron muchas y en casa guardo aún decenas de aquellos tarjetones amarillos firmados por Jesús Ceberio que te hacían llegar para disculparse por falta de espacio cuando no las seleccionaban. Por aquella época, y no exagero, ni una carta de amor del chico que me gustaba superaba la emoción de la correspondencia correspondida o incluso rechazada –vía tarjetón amarillo- con el diario independiente de la mañana.  

Envié cartas desde la universidad y desde los medios en los que empecé a hacer prácticas. Llegó un momento en el que todo el mundo a mi alrededor sabía de mi obsesión y venía, por ejemplo, mi jefa en la Cadena SER con el periódico en la mano y me decía: “¡Natalia! ¿Otra?”.

Al terminar la carrera me ofrecieron un trabajo, pero lo rechacé para hacer las pruebas de ingreso del máster de EL PAÍS. Entonces compartía piso con tres amigas, todas consultoras, absolutamente involucradas en La Operación. Pronto se resignaron a tener en el salón una hemeroteca porque yo acumulaba periódicos y me costaba mucho – a veces varias semanas- desprenderme de ellos. El día de la entrevista personal, la última fase de las pruebas de ingreso en el máster, me pusieron una de esas camisas de marca y puños tiesos que habían planchado a conciencia para la ocasión. “Esto no es El PAÍS”, pensé, cuando me miré en el espejo. Me puse encima una cazadora de cuero y atravesé la puerta del periódico hecha un flan, obligándome a controlar mi entusiasmo. Por primera vez se me ocurrió pensar que podría asustarles, de la misma forma que en las películas los acosadores aterrorizan a sus víctimas cuando se les escapa un detalle que delata que llevan días espiándolas. Había semanas en las que yo enviaba tres cartas al director. O sea, era una acosadora. Me prometí a mí misma no decir nada de las cartas y negarlo todo si me descubrían. 

Cuando publicaron en el periódico la lista de admitidos en el máster me di cuenta de hasta dónde llegaba esa pasión y cuánta gente la compartía conmigo. El diario no citaba los nombres de los alumnos, sino el número que cada uno teníamos asignado. El mío -no se me olvidará nunca-, era el 241. No recuerdo haber comentado con nadie aquella cifra, pero aquel día recibí felicitaciones desde distintos puntos de la Península. Me escribieron niños con los que había ido de campamento a los 10 años, compañeros de facultad y por supuesto, todos los implicados en La Operación.  

Había escrito mi última carta al director. 

Me contrataron un mes después de terminar el máster y fue uno de los días más felices de mi vida, pero aún me pongo colorada al recordar la conversación telefónica con Vicente Jiménez, entonces director adjunto. Me llamó para darme la buena noticia y yo me quedé sin habla. Colgó después de varias incomodísimas pausas que me dejó –y no utilicé- para intervenir. “¡Muchas gracias!”, grité, cuando ya nadie me oía.  

Hoy me enfado con el periódico como uno se enfada con la familia, y celebro los éxitos, las exclusivas, los papeles de Bárcenas… con el mismo orgullo con el que un padre coloca el 10 de su hijo en la nevera. Han pasado diez años, pero como todas las pasiones, EL PAÍS sigue haciéndome disfrutar y sufrir. Ese es, supongo, el privilegio y la penalización por trabajar en lo que a uno le gusta.