Diario de campaña. Día 7

Me despierto en Madrid

Duermo en Vigo (es un decir porque mañana me despierto a las 6)

En el medio voy a Santiago y Pontevedra (y sigo en diferido a Rajoy en una explotación ganadera en San Martín de Podes).

Kilómetros: 708 

El día empieza con… Mitin a unas vacas y un total para Wyoming: «En España tenemos algo muy importante: tenemos españoles». 

  
Temperatura media: 19 grados. Así sí. 

Comida: gallega, la mejor.

 Cena: triste bolsa de patatas fritas de minibar + botellín de agua por el módico precio de 7 euros + IVA.

En el tren 5 horas:  30 minutos de autoretretes; otros 30 seleccionando la foto en la que nos gustábamos todos 

  
Revista de prensa. Aún sobrecogidas con esto: 

  
Efemérides. Rajoy vuelve a Pontevedra 6 meses después del puñetazo. Paseo tenso con mimos y abucheos. Aquí  las fotos:

  
  
Mañana: Guadalajara con Cospedal y Tenerife. 

Diario de campaña. Día 6 

Me despierto en: He tardado cinco largos minutos en entender quién soy y dónde estaba, un hotel de Granada. 

Duermo en: Madrid 
En el medio voy a: Zaragoza (y sigo en diferido a Rajoy en Tudela).

Kilómetros: 1.053

El mensaje: El PP busca votos hasta debajo de las alcachofas.  

Por qué lo digo. Rajoy: «Quiero aprovechar esta oportunidad para hacer un canto a las personas que viven en el campo. Ya me gustaría a mí poder hacerlo». «Hemos estado viendo este campo de alcachofas. A mí, realmente, me emociona». 

Foto: Tarek

  
Oído en la caravana: «No le veo final a esto».

Efectos secundarios: Cuando cierro los ojos, truena en mi cabeza la versión merengue del himno del PP. 

  
Ahora más que nunca … hace falta dormir

Mañana: San Martín de Podes (Asturias) y regreso a Pontevedra, seis meses después del puñetazo y desafiando la declaración de «persona non grata». 

Diario de campaña. Día 5

Me despierto en Madrid
Duermo en Granada

  
En el medio voy a Roquetas de mar

Kilómetros: 723

Temperatura por encima de mis posibilidades. 

  
Descubrimientos: El quinto pino está en… Almería

  
Campaña «en positivo». Pablo Iglesias va de «Heidi con coleta», «Pedro Sánchez es un zombi», Albert Rivera, «una veleta» (Rafael Hernando dixit). Y además: «Hay algunos, y no voy a entrar en detalles, un poco malos» y todos son «unos cenizos» (según Rajoy). 

Algo falla en esta frase: Rajoy: «Hay que perseverar en el cambio».

Teloneros: Gabriel Amat, alcalde de Roquetas, investigado por beneficiar a 56 familiares; Juan Manuel Moreno, presidente del PP andaluz que se presentó como «el hombre más feliz del mundo».

Promesas electorales: AVE Murcia-Almería, hablar de cosas bonitas, mucha moderación. 

Oído en la caravana: «Yo soy muy rara para los hombres».

Lo que nos llega de las otras caravanas electorales: Pedro Sánchez se ha peleado con un árbol. 

Lo mejor del día: el helado que me comí después de Michelle Obama y antes de Mariano Rajoy en la heladería más famosa de Granada, Los Italianos. 
   
 Mañana: Zaragoza

Diario de campaña. Día 4

Me despierto en Madrid
Duermo en Madrid (pero muy poco. Mañana a las 7.30 en Barajas)

Hoy: El primer y único debate a cuatro

Foto: Uly Martín  
Combatientes:

El debutante: Mariano Rajoy. Gallego, 61 años. Cinturón del congreso de Valencia de 2008.

– Pedro Sánchez, madrileño, 44 años, que combatía contra cuatro: Rajoy, Iglesias, Rivera y … Ella.

El hombre al que amaban las encuestas, Pablo Iglesias, madrileño, 37 años.

El emergido, Albert Rivera, catalán, 36 años.  

El dato: ranking de enemigos 

Rajoy aludió 15 veces a Sánchez; 4 a Iglesias y 9 a Rivera. 

Sánchez aludió 35 veces a Rajoy; 2 a Rivera y 16 a Iglesias.

Iglesias aludió 24 veces a Rajoy; 14 a Sánchez y 2 a Rivera.

Rivera aludió 22 veces a Rajoy, 3 a Sánchez y 15 a Iglesias.

Sparrings:  

Los de Rajoy: su jefe de gabinete y director de campaña, Jorge Moragas; Pedro Arriola, el gurú del PP; la secretaria de Estado de comunicación, Carmen Martínez Castro, y un señor muy alto que se llama Sergio Ramos. 

  
Los de Sánchez: su mujer, Begoña; su jefe de gabinete, Juan Manuel Serrano y el vicecoordinador del comité electoral, Óscar López.

Los de Iglesias: su director de campaña, Íñigo Errejón y su jefa de gabinete, Irene Montero. 

Los de Rivera: Fernando de Páramo y José Manuel Villegas.

En diez momentos:

– “Usted tiene una mente inquisitorial. Un poco de humildad” (Rajoy, a Rivera)

– “Regeneración no es Inquisición” (Rivera, a Rajoy)

– “Tengo mucho respeto por Rajoy, pero la policía estuvo 14 horas registrando su sede” (Iglesias, a Rajoy)

– “Sería usted un pésimo presidente” (Rajoy, a Sánchez)

– Rajoy presume de las pensiones comparando a España… con China

– “Agradezco la mano tendida, pero primero tiene que soltársela a Rajoy” (Sánchez a Iglesias)

– “Se está equivocando de adversario. La gente quiere vernos juntos” ( Iglesias, a Sánchez)

– “Usted se pidió controlar los espías” (Sánchez, a Iglesias)

– Cuando Rajoy niega que vaya a hacer más recortes tras sugerirle a Juncker que haría ajustes después de las elecciones

– “No vista al lobo con piel de cordero” (Rivera, a Iglesias)

Temas olvidados: Ana Blanco tuvo que insistir dos veces para que los candidatos hablaran de violencia de género. 

Formato: Antiguo, lo que lo convirtió en una sucesión de monólogos y frases preparadas. Pese a la tan cacareada conciliación, terminó a las 00.28. Sonido terrible (en ocasiones, como si el vecino tuviera la música alta).  

Competían con: La película Vida en sombras (La 2), según nuestro crítico, Miguel Ángel Palomo, “una maravilla”; El programa First Dates y la película John Carter (en Cuatro).

La sorprendente opinión del cuerpo honorario de la policía:

   
Mañana: Además de la moviola, Rajoy viajará a Roquetas (Almería) y Granada. En el medio, entrevista por Facebook. 

Diario de campaña. Día 3

Me despierto en Madrid

Duermo en Madrid
En el medio voy a parque Eva Duarte

Comida: ¡En casa!

Hoy actúan: Las primeras en las quinielas sucesorias: Soraya Sáenz de Santamaría y Cristina Cifuentes. Tengo a Mariano encerrado preparándose el debate a cuatro de mañana, aunque le dé tanta pereza.  

Ambiente: maduritos
  
El mensaje del día: Los de Podemos no saben ni para qué sirve un cebollero (Yo confieso que ni sabía que existía tal cosa. Solo utilizo cuchillos para untar el Philadelphia). 

  

El concepto: “Las superalcaldesas”, o cómo SSS llama a Manuela Carmena y Ada Colau.

Descubrimientos: Como en campaña está prohibido cortar cintas y ponerse cascos de obra, los políticos tienen que tirar de su segunda foto favorita: llegando al sitio en bici. Así lo ha hecho hoy Cristina Cifuentes, pese a los 35 grados que caían a plomo en Madrid. Los coches con lunas tintadas ya no se llevan. 
  
Mañana: Debate a cuatro. Ahora sí.

Diario de campaña. Día 2

Me despierto en Murcia

Duermo
en Madrid 

En el medio voy a Molina de Segura

Kilómetros: 418

Comida: Bocata encofrado. Presentación: 7. Sabor: 5. 

  

El mensaje
de Rajoy: Que vienen los radicales 

Teloneros: El otro Pedro Sánchez, que es el presidente de Murcia, del PP.

Artistas invitados: Pablito, 7 años, el mini-yo de Rajoy (Foto: David Mudarra)

  

Promesas electorales: «Bajar el precio de las chuches», «sentido común».

El retrato: No sin mis globos 

  

Incidencias
: 2

– Un chichón por impacto de cámara en la melé de periodistas durante el reencuentro entre Rajoy y su mini-yo. 

– Un secuestro. El conductor del autobús se resistió a liberarnos al llegar a Madrid. Tras 50 minutos de angustia dando vueltas por la capital, cuando ya nos habíamos quedado sin agua y nos quedaba kit y medio de bocata para 25, se rindió y nos dejó marchar. No consta pago de rescate. 

Banda sonora:  La rumba del jubilado; Lo primero, mis nietos; Que te voy a comer. (Foto: María Dabán)

  

Mañana: Rajoy, encerrado a preparar el debate; Soraya y Cifuentes, acto en Madrid. 

Diario de campaña (I)

Me despierto en Madrid

Duermo
en Murcia

En el medio voy a: Alicante, Santa Pola, Torrevieja

Kilómetros: 543

Comida: arroz frente al mar

Cena: Parecía una boda gallega. El sitio se llamaba La Pequeña

  

He visto
: una subasta de pescado en la lonja de Santa Pola, selfies a punta pala, mujeres con abanico, niños llorando, un club náutico. 

Experiencias: Mi primer paparajote chispas (ojo, la hoja NO se come).

  

El mensaje
: Rajoy y «los peligros»

http://politica.elpais.com/politica/2016/06/10/actualidad/1465585130_074801.html

Por favor, no intenten relajarme

Sabéis que desde que La Diosa se fue, zumba cayó en una especie de rutina melancólica que no merecía ninguna publicidad. Pero el profe de hoy se ha ganado un post como una casa. ¡Ha intentado relajarnos!!

Ha apagado todas las luces y nos ha puesto, a traición, “Nothing compares to you”. Que nos tumbemos en las colchonetas. Que cerremos los ojos. No sé vosotros, pero a mí me dice un chico «cierra los ojos” y me entra un estrés tremendo. Cuando ha dicho “poned la mente en blanco”, ya no había nada que hacer. Se me ha activado toda la maquinaria que esos 50 minutos de reguetón previo habían dejado en stand by.

Lo primero que he pensado ha sido en el musculitos de la clase anterior que había dejado empapada de sudor mi colchoneta. He barajado la opción de levantarme en la oscuridad a cambiarla, pero me ha dado miedo que el profe me riñera. Luego he pensado en la mala suerte que tengo en la vida y por qué me había tocado a mí, ¡a mí!, la colchoneta más sudada de todas. Tenía que ser del chico que había visto salir pingando de Step. Y diréis, qué tontería el step, bueno, pues id a verlos, parecen el Circo del Sol. “Respirad hondo….”.

Luego he pensado que el profesor era cubano, por el acento. Me he acordado entonces de unas vacaciones en Cuba y he decidido que fue ahí donde todo se empezó a torcer. Maldita sea.

Después he pensado que este año me voy a quedar sin vacaciones y que me esperan unas semanas agotadoras de campaña oficial después de seis meses de campaña en diferido. Me he puesto entonces a enumerar mentalmente todos los sitios a los que me ha llevado Mariano últimamente: Alfafar, polígono industrial de Guadalajara, Durango… “Imaginad que estáis en una playa espectacular. Escuchad las olas frente a las rocas….”

Entonces he pensado en los pactos postelectorales y en la murga que nos van a dar aún si todo queda como en diciembre. He visualizado los gráficos de Metroscopia y he notado una ligera taquicardia. “Relajad las piernas, los brazos…”

Eso me ha llevado lógicamente a pensar qué estoy haciendo con mi vida. Yo no quiero pasarme mis mejores años periodísticos solo siguiendo todo el rato a Mariano. Soy joven. Apasionada. “Nothing compares…. to youuuu”

Para quitarme la angustia he enumerado todos mis reportajes del último año preelectoral. Luego he elegido mis diez favoritos y finalmente me he hecho un top 5, que he cambiado varias veces porque dudaba entre Una monja en el prostíbulo y «Todos caímos en la tentación«.

Cuando se ha acabado la canción, me había salido una contractura. Pero aún quedaba lo peor.

El profe se ha puesto a interpretar a capela “Me cuesta tanto olvidarte”, de Mecano. Con las luces apagadas y ordenándonos que siguiéramos con los ojos cerrados. ¿Vosotros qué haríais? Yo he apretado los dientes con todas mis fuerzas para no reírme a carcajadas. Y de la tensión me ha dado un tirón. La tribu del ojo pintado calladas como muertas. Una dijo, cuando por fin encendieron las luces, que se había quedado dormida. Yo esta gente no sé de dónde ha salido.

Mi contractura ahí sigue. 

http://youtu.be/-ZCiHsIfrOg
 

Esto no se hace* Carta abierta a los guionistas de The good wife

*(leer después de ver el final)

Era el año 2009. Yo era joven, feliz. Tenía toda la vida por delante. El primer episodio me gustó mucho. Pronto me enganché, porque yo no tengo fuerza de voluntad y me engancho rápido a todo lo que me gusta. Así fueron pasando los años junto a esa mujer – qué mujer-, Alicia Florrick. El guión era tan bueno que te olvidabas enseguida de que él era el Big de Carrey Bradshow y ella la novia de George Clooney. Los casos estaban siempre pegados a la actualidad y hacían la serie aún más interesante. Y entonces, en 2014, como notasteis que nos estábamos encariñando, ¡zas! el primer bofetón: matáis a Will. Así, alegremente. Sin piedad. Esa fue la primera vez que me enfadé con vosotros. Me enfadé tanto que esa noche no pegué ojo. Fui a trabajar sin dormir y juré que jamás volvería a ver vuestra serie.

Luego os fui perdonando poco a poco porque yo tampoco tengo fuerza de voluntad para estar mucho tiempo enfadada -ahí quiero ver un parecido con mi querida Alicia- y termino perdonando lo imperdonable.

Pero lo que habéis hecho con el final… eso no tiene nombre. Que no os quepa duda: iréis al infierno de los guionistas, condenados a ver ininterrumpidamente durante toda la eternidad episodios de Ana y los 7.

Haberlo pensado antes.

Veo en internet que habéis escrito una carta a los fans de la serie explicando vuestros motivos para terminar de esa manera. Veo vuestros nombres, Robert y Michelle King, y vuestras caras de sádicos. «Se supone que el final debe ser un poco inquietante». Mira, Robert, un final, de toda la vida, lo que tiene que traer es PAZ. «No pensamos que los personajes tengan que sortear la tragedia para ser felices». Michelle, bonita, ¿a santo de qué viene que Jason no esté en el pasillo cuando Alicia sale a buscarle?

Pero no contentos con eso, vais y rompéis el matrimonio de Diane y Kurt, con lo monos que eran. Qué necesidad, ¿eh? Y claro, todo es aparentemente para demostrarnos que Alicia se ha vuelto mala. Que the good wife se ha convertido en el malo de su husband. Pues no me parece.

Ahora estaréis en vuestra casa, relamiéndoos. Como si os viera. Quizá ya preparando el siguiente golpe. Otra serie que nos enganche para luego, ¡zas!, dejarnos tristes con un final ambiguo. Mira Michelle, Robert, los finales ambiguos están sobrevalorados. Son una mierda.

A partir de ahora, que lo sepáis, pasáis a formar parte del grupo de Gente Mala. Los conductores de autobús que te cierran la puerta después de haberte pegado la carrera del siglo; las dependientas mentirosas que te llaman cariño y dicen que te queda estupendamente y que los zapatos ceden; los operarios de la grúa; los que que ponen las vallas y los cordones para que te coloques detrás y no oigas ni veas nada; las que dicen siempre: «Yo es que no consigo engordar. Me voy a pedir otro trozo de tarta»… Y vosotros.

Esto no se hace.

Y que cumplas muchos más

  Mi abuelo Ángel no leía el periódico, le hacía una autopsia. Extraía del conjunto cada doble página, la examinaba de principio a fin y, una vez satisfecha su curiosidad, depositaba el trozo de papel manoseado y exhausto boca abajo sobre el sofá. Terminado el proceso, en el salón quedaba un montoncito de realidad, dispuesto del final hacia atrás, para el siguiente que quisiera saber qué cosas habían pasado en el mundo y, sobre todo, por qué habían pasado.

En mi casa siempre hubo un periódico. Mi padre compró El PAÍS desde el día que se vendió por primera vez, hace hoy 40 años, seis antes de que yo naciera y 30 antes de que empezara a trabajar en él. Para mi padre no solo era una forma de estar informado, sino un elemento esencial de su uniforme de ciudadano. Se vistió cada mañana con él para ir al sitio donde le dieron su primer trabajo, un colegio del OPUS donde se recomendaba otra etiqueta, y lo sigue llevando hoy al instituto coruñés donde da clases de matemáticas. Sobre la cabecera, para que quien lo coja prestado lo devuelva, escribe cada día con la pluma de corregir: “Junquera”. 
Llevar EL PAÍS a casa ha sido, probablemente, uno de los mejores regalos que me han hecho mis padres. El periódico no solo traía información, que es la mejor defensa ante cualquier circunstancia, sino temas de conversación. Y ese periódico me regaló, además, una pasión, es decir, el privilegio de no dejar pasar los días, sino disfrutarlos y sufrirlos y a veces, las dos cosas a la vez.  

Con mi hermano pequeño jugué, una temporada, a los telediarios. Yo le daba paso a “Gonzalo Junquera, desde el epicentro del terremoto” y siempre teníamos que cortar la emisión por “problemas técnicos” – a mi hermano le daban ataques de risa-. Aquella fue prácticamente mi única infidelidad a la prensa escrita. Hacía periódicos caseros; escribí en el del colegio, en el del instituto, en el de la Universidad. Siempre quise escribir en EL PAÍS.

Durante mucho tiempo abrí el periódico por la sección de cartas al director con la ilusión de ver publicada alguna de las “30 líneas mecanografiadas” que enviaba con el único deseo de ver mi nombre en sus páginas. Me publicaron muchas y en casa guardo aún decenas de aquellos tarjetones amarillos firmados por Jesús Ceberio que te hacían llegar para disculparse por falta de espacio cuando no las seleccionaban. Por aquella época, y no exagero, ni una carta de amor del chico que me gustaba superaba la emoción de la correspondencia correspondida o incluso rechazada –vía tarjetón amarillo- con el diario independiente de la mañana.  

Envié cartas desde la universidad y desde los medios en los que empecé a hacer prácticas. Llegó un momento en el que todo el mundo a mi alrededor sabía de mi obsesión y venía, por ejemplo, mi jefa en la Cadena SER con el periódico en la mano y me decía: “¡Natalia! ¿Otra?”.

Al terminar la carrera me ofrecieron un trabajo, pero lo rechacé para hacer las pruebas de ingreso del máster de EL PAÍS. Entonces compartía piso con tres amigas, todas consultoras, absolutamente involucradas en La Operación. Pronto se resignaron a tener en el salón una hemeroteca porque yo acumulaba periódicos y me costaba mucho – a veces varias semanas- desprenderme de ellos. El día de la entrevista personal, la última fase de las pruebas de ingreso en el máster, me pusieron una de esas camisas de marca y puños tiesos que habían planchado a conciencia para la ocasión. “Esto no es El PAÍS”, pensé, cuando me miré en el espejo. Me puse encima una cazadora de cuero y atravesé la puerta del periódico hecha un flan, obligándome a controlar mi entusiasmo. Por primera vez se me ocurrió pensar que podría asustarles, de la misma forma que en las películas los acosadores aterrorizan a sus víctimas cuando se les escapa un detalle que delata que llevan días espiándolas. Había semanas en las que yo enviaba tres cartas al director. O sea, era una acosadora. Me prometí a mí misma no decir nada de las cartas y negarlo todo si me descubrían. 

Cuando publicaron en el periódico la lista de admitidos en el máster me di cuenta de hasta dónde llegaba esa pasión y cuánta gente la compartía conmigo. El diario no citaba los nombres de los alumnos, sino el número que cada uno teníamos asignado. El mío -no se me olvidará nunca-, era el 241. No recuerdo haber comentado con nadie aquella cifra, pero aquel día recibí felicitaciones desde distintos puntos de la Península. Me escribieron niños con los que había ido de campamento a los 10 años, compañeros de facultad y por supuesto, todos los implicados en La Operación.  

Había escrito mi última carta al director. 

Me contrataron un mes después de terminar el máster y fue uno de los días más felices de mi vida, pero aún me pongo colorada al recordar la conversación telefónica con Vicente Jiménez, entonces director adjunto. Me llamó para darme la buena noticia y yo me quedé sin habla. Colgó después de varias incomodísimas pausas que me dejó –y no utilicé- para intervenir. “¡Muchas gracias!”, grité, cuando ya nadie me oía.  

Hoy me enfado con el periódico como uno se enfada con la familia, y celebro los éxitos, las exclusivas, los papeles de Bárcenas… con el mismo orgullo con el que un padre coloca el 10 de su hijo en la nevera. Han pasado diez años, pero como todas las pasiones, EL PAÍS sigue haciéndome disfrutar y sufrir. Ese es, supongo, el privilegio y la penalización por trabajar en lo que a uno le gusta.