Zumba, día 6

La señora del otro día -la nueva, la que me preguntó, tan inocente, si la clase era muy intensa- no ha venido. Me sabe mal. Me sabe mal porque, la verdad, tengo remordimientos. Desde el martes, cuando le mentí para hacerme la listilla de zumba -a lo que hemos llegado-, he pensado mucho en esta mujer. Pero a la vez estoy un poco enfadada con ella. Me ha defraudado. Yo confiaba en verla aparecer por la puerta, con sus mallas nuevas del decathlon y la cabeza alta. Incluso me había imaginado la escena del reencuentro: yo le chocaba la mano, como hacen en los gimnasios de las películas, y sin decirnos nada más, las dos entendíamos. Íbamos a ser compañeras. Aliadas. Dos personas normales entre la Diosa y esas niñas de los tops y las mallas caras que sí saben hacer los movimientos obscenos – por algo será- y terminan la clase con la coleta en su sitio y la raya del ojo perfectamente pintada. Pero nada, me ha dejado tirada. Sigo siendo la única patosilla. La loca a la que los dobles de la Diosa hacen como que no miran cuando a mi me da el ataque de risa por contacto visual con el espejo. La señora iba a entender. Pero no ha venido 😔. 

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