Ausencias justificadas

Llevo dos días sin ir a zumba. El pasado martes era la famosa master class y no fui porque me entró pánico escénico. Sabía que no habría nadie conocido porque por el respeto que os tengo no os invité, pero la perspectiva de hacer el ridículo ante seres queridos de otros tampoco me entusiasmaba. También valoré el alto riesgo de presencia de cámaras y la altísima resolución de los omnipresentes smartphones. Se me pone la piel de gallina solo de pensar que algún vídeo o fotografía podría haber terminado en You Tube o similar hiriendo para siempre – en internet no hay olvido- ese delicado tesoro llamado reputación. Hoy tampoco he ido y la culpa la tiene Mariano Rajoy. Él, dice, está ahora liado en la “bastante poco reconfortante tarea” de hacer las listas electorales, es decir, acercarse a la fila de peperos y decir: tú juegas, tú no, y tú al banquillo. No sabe aún que me han puesto a cubrir la campaña y no tiene en cuenta los horarios de zumba. A la Diosa le tendré que llevar un papelito diciendo que el jueves no pude asistir por junta directiva nacional del PP. No sé si me va a creer.

Zumba post PP

Bueno, pues hoy he vuelto a zumba después de tres días de ausencias (uno por master class, dos por culpa de Mariano Rajoy). No esperaba una pancarta de bienvenida, pero sí algo más que la indiferencia con la que me ha recibido la tribu del ojo pintado. El gimnasio es un sitio donde la gente va y viene y nadie te echa de menos. Es así. He encontrado a Paula más Diosa que nunca. Ella sí que me ha reconocido, yo creo, y en cuanto me ha mirado me he avergonzado de mi ferrero rocher de ayer y de las cervezas del lunes. Ella tiene ese poder. Y ya sé por qué es. Es la coleta. Algunos ya lo sabéis, pero para los que no, lo confieso aquí: yo era la gorda de mi clase. En el colegio me llamaban Natillas y cuando hice la primera comunión pesaba más de lo que peso ahora. A estos tres datos fundamentales de mi biografía le falta uno más: a mis padres les gustaba el pelo corto y de pequeña me obligaban a cortármelo a lo champiñón. A ellos ya les he perdonado, pero os podéis imaginar el efecto de aquella combinación fatal de cara-pan y corte a mitad de oreja. Para mí el cole es la clase de gimnasia, corriendo detrás de las niñas delgadas que llevaban unas coletas de caballo largas, perfectas, que se movían con gracia de izquierda a derecha delante de mí. Aún no sé cómo sobreviví. La coleta de La Diosa le llega por la cintura y en cuanto empieza a moverse como un péndulo al ritmo de esos espantosos hits del perreo, yo vuelvo a ser Natillas. A lo mejor no consigo que se me ponga un cuerpazo como el de Paula, pero ¿y lo que rejuvenezco?  

 

Zumba, día 12

La Diosa nos ha dicho hoy que no puede venir el próximo jueves y que “otro profe” nos dará la clase. Esto me ha provocado rabia y curiosidad. Rabia porque El Otro vendrá con coreografías distintas que no me voy a saber. Ahora, cuando ya me había aprendido los pasos de Paula y definido mis propios gestos obscenos. Ahora, que había dejado de dar pisotones y manotazos y salía del gimnasio sintiéndome Erin Brokovich. Y curiosidad porque esa ausencia de La Diosa me llena de preguntas. Por ejemplo, ¿hay un Dios? ¿Es el aniversario del Dios y la Diosa y han quedado para cenar zanahorias – recordad, ella es vegetariana- a la luz de las velas en un restaurante romántico?; ¿Se conocieron el Dios y la Diosa en un gimnasio? ¿Hablarán de mí? Es decir, ¿se reirán el Dios y la Diosa en la intimidad de las que aparecen en chándal y no saben hacer los gestos obscenos? ¿Tiene La Diosa ropa que le tape el ombligo? La lista es más larga y en realidad, las preguntas que más me atormentan son otras. ¿Y si ha leído más libros de Franzen que yo? ¿Y si no tiene rival al Trivial? ¿Y si La Diosa hace reír a sus amigos hasta que les duele la barriga? ¿Y si la Tierra es ese lugar injusto donde tener ese ombligo es compatible con ser inteligente y simpática? Oír a las misses decir que les hubiera gustado vivir la segunda guerra mundial daba cierto sosiego, cierta paz (en el mundo). 

Zumba, día 13

Hoy nos ha dado clase otro profe porque La Diosa, como sabéis, se ha cogido el día libre. Como me temía, El Otro ha venido con sus propias coreografías y no he dado pie con bola. Pero yo y todas. Ha habido momentos en que la clase ha sido una fiesta de manotazos. No os podéis imaginar lo que he disfrutado viendo a la tribu del ojo pintado pisarse entre sí. Ha sido hermoso, democrático. El Otro era un chico encantador. Daban ganas de llevártelo a casa, darle un beso en la frente y taparlo en el sofá con una manta, pero esta relación no va a ninguna parte: no me ha hecho sudar. El regueton no le va. Nos ha puesto temas de Adele. Es tan delicado que antes de cada canción nos explicaba lo que nos iba a hacer. Sobre todo, nos ha enseñado a interpretar las letras, es decir, a abrazarnos a nosotras mismas, a secarnos las lágrimas, a hacer como que a lo lejos, con una mano sobre los ojos para defendernos del sol, creíamos ver al hombre de nuestra vida y corríamos hacia él… Después, un par de saltitos, un par de giros, una serie de aspavientos extraños con los brazos -aquí era cuando venían los manotazos…-, pero ni movimientos obscenos, ni patadas, ni sentadillas, ni abdominales. El mejor momento ha sido cuando ha puesto, seguidas, dos canciones de Grease y nos hemos vuelto locas -sobre todo él-. Sí, nos ha hecho reír, pero no nos ha hecho sudar. Y para un día bien, pero nosotras pagamos por perrear.  

El regreso

Hoy he vuelto a clase después de un mes ausente por culpa de Mariano Rajoy. He dejado España patas arriba, pero si tengo que esperar a que haya Gobierno para volver, estos turrones que me he comido estos días iban a solidificarse bajo las mallas.

Mi pulsera de entrada no funcionaba porque habían caducado los cuatro meses que pagué la primera vez. Lo siguiente os lo podéis imaginar. Por supuesto, había una oferta de un año entero y el de la puerta se ha alegrado tanto de verme que no le he podido decir que no.

Solo éramos cuatro en clase. De la tribu del ojo pintado, ni rastro. Y en lugar de La Diosa ha venido otra chica. La Impostora es morena y también tiene el culo en la coronilla y el pelo por la cintura, pero a diferencia de Paula lo lleva suelto, produciendo un efecto hipnótico. En un momento de la clase me he dado cuenta de que había dejado de bailar para mirarla. Francamente, no sé cuántos minutos he podido estar así, quieta, observando ese melenón en movimiento. Espero que no fueran muchos.

Con La Impostora se suda algo más que con aquel chico tan majo que nos ponía Adele, pero muy poco. He salido con mi mismo tono de piel y mi botellita de agua intacta porque no he necesitado rehidratarme durante el perreo. Es por ello que al final de la clase, que ha terminado sin aplausos ni nada -lo cual me ha entristecido-, me he subido a una elíptica de esas.

Es una máquina muy rara. Por ejemplo, lo que se hace sobre la elíptica ¿es correr o andar en bici? Esto no me quedó claro. Y los palos esos que te atacan dan bastante miedo. He pegado los brazos al cuerpo un rato hasta que me he atrevido a agarrarlos por la presión social – los demás me miraban raro-. Casi me caigo del cacharro. Luego me ha entrado un aburrimiento infinito. Los diez minutos se me han hecho eternos.

He cogido entonces una colchoneta, dispuesta a hacer abdominales, pero sin nadie que los cuente y te anime a hacer cinco más y luego otros cinco, no es lo mismo. He pensado en decirle a una chica que tenía al lado que si nos contábamos la una a la otra, pero mi incidente en la elíptica ya había enrarecido el ambiente y no me he atrevido. He hecho como tres de cada y me he rendido.

El gimnasio sin La Diosa auténtica no tiene sentido. Espero que vuelva y que la ausencia se deba solo a las vacaciones de Navidad. De lo contrario tendremos que conformarnos con La Impostora durante un año entero.

2016, día 1

Hoy ha venido Dios. Por fin, un digno sustituto de La Diosa. Nos ha hecho sudar -no como La Impostora- ; mide como dos metros – sus brazos parecían troncos de árbol- y está como una regadera. Nunca pensé que se podía disfrutar tanto con alguien que te grita a ese volumen y durante una hora entera. La mitad de una canción ha sido solo saltar. Saltar como ranas. Ahí, ahí es donde se quema el roscón de Reyes. Por supuesto, han vuelto los aplausos.

“Un placer, el mundo es muy pequeño, volveremos a vernos…”, ha dicho al final. Nos ha hecho polvo. Resulta que Dios es el sustituto de La Impostora porque, atención, a La Diosa la echaron por no tener un certificado.

¿Pero qué certificado?! Desde cuándo una Diosa necesita papeles para ejercer?? Rápidamente he movilizado a la tribu del ojo pintado para presentar una queja. No tenemos nada contra La Impostora – que la manden a ese turno que hay muy temprano por las mañanas-. Pero queremos a La Diosa de vuelta, y si no es posible, si ella ha volado ya a otro gimnasio, entonces lo tenemos muy claro: queremos a Dios.

No nos han tomado muy en serio. Nos han hecho rellenar un papel que ponía “sugerencias”. Es difícil que te respeten cuando llevas unas mallas de 5 euros del Decathlon.

Zumba y final

La Impostora se queda y La Diosa no va a volver. Hoy, antes de empezar a perrear, la tribu del Ojo Pintado y yo hemos dedicado unos minutos a recordar sus virtudes, siendo la primera que nos hacía sudar más que ningún otro profe – incluso más que Dios-. Hemos entrado en clase cabizbajas y, de momento, nos negamos a aplaudir a la nueva.

La Impostora, la pobre, hace lo que puede, pero necesitamos tiempo. Nos va a costar aprender a quererla, si es que es posible, porque con La Diosa se fueron también nuestras esperanzas de tener algún día el culo en la coronilla. Solo a ella podía ocurrírsele meter seis flexiones en medio de una canción de reguetón o dar patadas al aire durante dos minutos hasta que sentías que la pierna iba a desprenderse del resto del cuerpo. Ella tenía esas locuras propias de los genios. Las órdenes de La Diosa iban a misa: 10 abdominales. 10 sentadillas. Si te atrevías a hacer trampas, la culpa te perseguía cuatro días. Eso es el carisma.

Ya no viene a clase por culpa de esa estupidez de los certificados, pero de alguna forma, sigue presente. La Diosa está en todas partes y te mira cuando vas a comerte el segundo bombón o dudas si pedir postre. Eso me reconforta, pero no sé cuánto durará. En cualquier caso, sin ella, este diario zumbero ya no tiene interés y aquí pongo punto final.