Zumba, día 5

Hoy he hecho un descubrimiento: en zumba, como en la vida, las mejores cosas pasan cuando te daba pereza salir y al final, sales y conoces al hombre de tu vida. Hoy he estado a punto de no ir. Estaba cansada y sobre todo, me daba vergüenza estrenar mis zapatillas nuevas -son horribles, pero no tienen agujeros-. Al final, me he armado de valor y he salido corriendo de casa hasta el gimnasio rezando para no cruzarme con nadie conocido. Y ha valido la pena porque al llegar me han hecho un regalo: UNA NUEVA. Una nueva, señores y señoras, de unos 55 años. Una pobre mujer despistada, que iba, como yo aquel día, en chándal, y que me ha preguntado, nerviosa, mientras se acariciaba una cadenita de oro: «¿Es muy intensa la clase?».

A ver, podía haber dicho toda la verdad, pero no me pude resistir. ¿Maldad? Probablemente. En zumba descubres cosas de ti misma que no te imaginabas. «No, no… Es muy divertido. El primer día cuesta un poquito, pero vamos, nada…», le dije.

Pobre mujer.

Como soy mala, pero no tanto, antes de que empezara la clase le aconsejé que advirtiera a la diosa que era su primera vez. Y yo creo que Paula había tenido un mal día porque lo que hizo durante los siguientes 60 minutos solo tiene un nombre: ensañamiento. Nos hizo hacer cosas que jamás habíamos hecho, más sentadillas que nunca, más saltitos, patadas y flexiones… Busqué varias veces a la señora para mandarle esas miradas de complicidad y ánimo que tanto hubiera agradecido yo mi primer día. La última vez, ya no estaba.

Señora, si lee esto, vaya al decathlon, cómprese unas mallas y vuelva a zumba. Lo vamos a pasar de maravilla y si tenemos suerte, ¡pronto llegará otra nueva!

Zumba, día 6

La señora del otro día -la nueva, la que me preguntó, tan inocente, si la clase era muy intensa- no ha venido. Me sabe mal. Me sabe mal porque, la verdad, tengo remordimientos. Desde el martes, cuando le mentí para hacerme la listilla de zumba -a lo que hemos llegado-, he pensado mucho en esta mujer. Pero a la vez estoy un poco enfadada con ella. Me ha defraudado. Yo confiaba en verla aparecer por la puerta, con sus mallas nuevas del decathlon y la cabeza alta. Incluso me había imaginado la escena del reencuentro: yo le chocaba la mano, como hacen en los gimnasios de las películas, y sin decirnos nada más, las dos entendíamos. Íbamos a ser compañeras. Aliadas. Dos personas normales entre la Diosa y esas niñas de los tops y las mallas caras que sí saben hacer los movimientos obscenos – por algo será- y terminan la clase con la coleta en su sitio y la raya del ojo perfectamente pintada. Pero nada, me ha dejado tirada. Sigo siendo la única patosilla. La loca a la que los dobles de la Diosa hacen como que no miran cuando a mi me da el ataque de risa por contacto visual con el espejo. La señora iba a entender. Pero no ha venido 😔. 

Zumba, día 7

La Diosa nos ha informado hoy de que próximamente habrá una master class, esto es, bailamos en un teatro y se supone que debemos invitar a amigos. ¿Pero a quién se le ocurre??? ¿Por qué razón iba a querer yo que un ser querido me vea en semejante papelón y con estas horribles zapatillas? Yo quiero que me recordéis con mi estilazo, mi saber estar, mis zapatos.

Mis compañeras de las mallas caras y raya del ojo pintado se han entusiasmado. Ha habido aplausos y algún gritito. Y ahí es cuando me he dado cuenta yo de que nunca vamos a ser amigas.

Para no variar, hoy me ha pasado algo vergonzante. Ha venido un chico. Se ha colocado en la fila de delante y todo el rato se giraba hacia mí. Al principio me he enfadado – he estado a esto de darle un manotazo voluntario y decirle: «Pues tú también eres bastante patoso, ¿qué pasa?»-. Luego he pensado que quizá no se estaba riendo de mí. Y ya al final, solo por unos segundos, me he planteado la posibilidad de que le gustara. He oído historias de gente que va a ligar al gimnasio y nunca me las he creído. Estéticamente, al menos, en mi caso -zapatillas horrorosas, mallas implacables, cara de semáforo- son las horas más bajas. Pero por un momento he pensado: ¿y si me ha pillado en mi ataque de risa por contacto visual con el espejo y le ha hecho gracia? ¿Y si él también es normal? ¿Y si él entiende??

No era el caso. Enseguida he descubierto que lo que hacía el chico no era mirarme a mí, sino comprobar si parpadeaba su móvil, que había dejado en un estante justo en mi dirección.

El descubrimiento, claro, ha provocado otro ataque de risa. Y ahí me ha mirado con cara de susto y me he dado cuenta de que él tampoco entendía.

No voy a hacer amigos en zumba. Pero tampoco necesito más. Con vosotros, que jamás seréis invitados a esa master class – por el respeto que os tengo- me sobra.

Zumba, día 8

Creo que ya puedo decirlo: Soy una más. ¡El de la puerta del gimnasio me ha saludado hoy!Antes no lo hacía porque no daba un duro por mí y no le culpo. Con lo que sé ahora, yo también habría desconfiado de una que llega en chándal – al gimnasio en chándal, ¿a quién se le ocurre?- y con unas zapatillas de la temporada 1998-1999. Debió de pensar que iba a durar una clase, pero aquí estamos, ¡en zumba día 8! A lo mejor un día incluso se aprende mi nombre. Quién sabe, puede que hasta terminemos siendo amigos de Facebook.
Hoy he hecho otro descubrimiento: si escuchas la música en lugar de mirar fijamente a la profe, los pasos te salen mejor. Intentar copiar a La Diosa era un error. Los movimientos obscenos no se pueden imitar. Son una cosa muy personal, cada uno tiene los suyos. Y empiezo a entender a Paula. Ya sé por qué nos hace hacer tantos tipos diferentes de abdominales: cada uno duele en un sitio distinto. Lo he descubierto ahora que he dejado de hacer trampas y ya hago las series enteras de diez.¡Soy una más!

Zumba, día 9

El gimnasio engorda. ¡Me han salido músculos! Esto me preocupa. Nadie me avisó. ¿Y si se me ponen piernas de Roberto Carlos? No hacer deporte desde COU tenía sus ventajas: el cuerpo estaba blandito, sí, pero yo creo que ocupaba menos.
Hoy no he dado pie con bola porque he dedicado buena parte de la clase a escrutar la carne bajo las mallas de todas mis compañeras. No pude llegar a ninguna conclusión: había piernas de Roberto Carlos y piernas de Kate Moss. La Diosa tiene de estas últimas, pero es vegetariana -esto lo he averiguado en su perfil de Twitter-. Las de la raya del ojo perenne, las que ni sudan, creo que no comen. Están siempre hablando de unos batidos raros. Dudo que pasaran un control antidopaje.
Mi amigo Ángel, cuya bellísima mujer Paula hace esa cosa de las bicis locas, mantiene que las chicas delgadas están mejor con ropa, pero las que van al gimnasio, mejor desnudas. Esto tampoco me ha tranquilizado nada. Para empezar, sin ropa, suele haber menos público y menos exigente.
¿Las vegetarianas comen chocolate? ¿Y gominolas? 

Zumba, día 10

Nuevo descubrimiento: ¡Zumba es la maría del gimnasio! Aparentemente, los empollones son los de las máquinas, las pesas… No hablan con nosotras, las de las «clases colectivas», pero no hace falta; nos perdonan la vida con la mirada cuando nos ven pasar en grupo. Nos desprecian. Están convencidos de que no deberíamos estar allí, de que no pertenecemos a ese lugar. Si pudieran, sé que nos prohibirían la entrada. Al gimnasio, piensan ellos, no se va a bailar.
Nunca les miro, pero hoy he pillado a dos musculitos -de esos que sonríen a su propio reflejo en el espejo- riéndose de nosotras frente a la puerta de nuestra clase. Hubiera dado lo que fuera porque La Diosa les hiciera entrar y los pusiera en su sitio a base de sentadillas y patadas al aire. Iban a sudar como perros y a suplicar como nenazas que les dejaran volver a la elíptica de las narices. Que los de las bicis locas me miren por encima del hombro, vale, pero levantar unas pesas -un dos, un dos…- , eso lo hace cualquiera. En zumba hay que tener coordinación, memoria de elefante, sentido del ritmo, resistencia y poca vergüenza. Sí, en el gimnasio hay castas. Y yo, para bien o para mal, pertenezco ya a las del ojo pintado. Son un poco pijas, sí. Se dopan con batidos raros, sí. Su destreza con los movimientos obscenos es inquietante, sí. Pero son mi tribu.   

Ausencias justificadas

Llevo dos días sin ir a zumba. El pasado martes era la famosa master class y no fui porque me entró pánico escénico. Sabía que no habría nadie conocido porque por el respeto que os tengo no os invité, pero la perspectiva de hacer el ridículo ante seres queridos de otros tampoco me entusiasmaba. También valoré el alto riesgo de presencia de cámaras y la altísima resolución de los omnipresentes smartphones. Se me pone la piel de gallina solo de pensar que algún vídeo o fotografía podría haber terminado en You Tube o similar hiriendo para siempre – en internet no hay olvido- ese delicado tesoro llamado reputación. Hoy tampoco he ido y la culpa la tiene Mariano Rajoy. Él, dice, está ahora liado en la «bastante poco reconfortante tarea» de hacer las listas electorales, es decir, acercarse a la fila de peperos y decir: tú juegas, tú no, y tú al banquillo. No sabe aún que me han puesto a cubrir la campaña y no tiene en cuenta los horarios de zumba. A la Diosa le tendré que llevar un papelito diciendo que el jueves no pude asistir por junta directiva nacional del PP. No sé si me va a creer.

Zumba post PP

Bueno, pues hoy he vuelto a zumba después de tres días de ausencias (uno por master class, dos por culpa de Mariano Rajoy). No esperaba una pancarta de bienvenida, pero sí algo más que la indiferencia con la que me ha recibido la tribu del ojo pintado. El gimnasio es un sitio donde la gente va y viene y nadie te echa de menos. Es así. He encontrado a Paula más Diosa que nunca. Ella sí que me ha reconocido, yo creo, y en cuanto me ha mirado me he avergonzado de mi ferrero rocher de ayer y de las cervezas del lunes. Ella tiene ese poder. Y ya sé por qué es. Es la coleta. Algunos ya lo sabéis, pero para los que no, lo confieso aquí: yo era la gorda de mi clase. En el colegio me llamaban Natillas y cuando hice la primera comunión pesaba más de lo que peso ahora. A estos tres datos fundamentales de mi biografía le falta uno más: a mis padres les gustaba el pelo corto y de pequeña me obligaban a cortármelo a lo champiñón. A ellos ya les he perdonado, pero os podéis imaginar el efecto de aquella combinación fatal de cara-pan y corte a mitad de oreja. Para mí el cole es la clase de gimnasia, corriendo detrás de las niñas delgadas que llevaban unas coletas de caballo largas, perfectas, que se movían con gracia de izquierda a derecha delante de mí. Aún no sé cómo sobreviví. La coleta de La Diosa le llega por la cintura y en cuanto empieza a moverse como un péndulo al ritmo de esos espantosos hits del perreo, yo vuelvo a ser Natillas. A lo mejor no consigo que se me ponga un cuerpazo como el de Paula, pero ¿y lo que rejuvenezco?  

 

Zumba, día 12

La Diosa nos ha dicho hoy que no puede venir el próximo jueves y que «otro profe» nos dará la clase. Esto me ha provocado rabia y curiosidad. Rabia porque El Otro vendrá con coreografías distintas que no me voy a saber. Ahora, cuando ya me había aprendido los pasos de Paula y definido mis propios gestos obscenos. Ahora, que había dejado de dar pisotones y manotazos y salía del gimnasio sintiéndome Erin Brokovich. Y curiosidad porque esa ausencia de La Diosa me llena de preguntas. Por ejemplo, ¿hay un Dios? ¿Es el aniversario del Dios y la Diosa y han quedado para cenar zanahorias – recordad, ella es vegetariana- a la luz de las velas en un restaurante romántico?; ¿Se conocieron el Dios y la Diosa en un gimnasio? ¿Hablarán de mí? Es decir, ¿se reirán el Dios y la Diosa en la intimidad de las que aparecen en chándal y no saben hacer los gestos obscenos? ¿Tiene La Diosa ropa que le tape el ombligo? La lista es más larga y en realidad, las preguntas que más me atormentan son otras. ¿Y si ha leído más libros de Franzen que yo? ¿Y si no tiene rival al Trivial? ¿Y si La Diosa hace reír a sus amigos hasta que les duele la barriga? ¿Y si la Tierra es ese lugar injusto donde tener ese ombligo es compatible con ser inteligente y simpática? Oír a las misses decir que les hubiera gustado vivir la segunda guerra mundial daba cierto sosiego, cierta paz (en el mundo).