Han pasado 16 años, pero tengo una larga lista de recuerdos que me pongo mentalmente de vez en cuando, como esas películas que no te cansas de volver a ver. Las tardes que me venía a buscar a clase de inglés y volvíamos a casa comiéndonos un pastel y contándonos el día que habíamos tenido. Cuando me llevaba a la librería Lume para escoger un libro. Las caras de fascinación con que la escuchaban sus amigos cuando la escuchaban contar cualquier cosa de esa forma que solo ella podía hacer. Oírla reír y pensar que era por mi culpa. Verla enfadarse y desenfadarse con mi padre. Esa mala costumbre de hacerse pis en cuanto salíamos de casa. Que me mandara al portal a practicar con la flauta porque no soportaba los deberes de la clase de música de 6º de EGB. La primera vez que me maquilló para salir. Ver a mi hermano pequeño hacerle caricias y decirle: “mamá, ¿por qué eres tan suave?”. Bailar juntas en el salón con la música de la mini cadena demasiado cara que mi padre acababa de comprar. Su estrategia infalible de hacerme reír cuando yo me ponía estupenda y me indignaba por cualquier tontería. Observarla disfrutar de su momento del café y EL PAÍS y desear escribir algún día en esas páginas que a ella tanto le interesaban. El último viaje que hicimos juntas, a Madrid, para buscar un colegio mayor y matricularme en periodismo.
¿Quién me ha robado los sábados?
Es gallego. Del Real Madrid. Lleva gafas, barba, y casi siempre va de traje, aunque un día le vi las canillas. Su grupo favorito se llama Los Marotos. Le encanta viajar, pero más por España que al extranjero, porque le cuesta el inglés y se come peor. Dice que conocer cada pueblo es lo mejor de su trabajo. Los helicópteros le dan miedo, pero se pirra por un AVE.
Le gusta el sentido común. Todo lo demás «es un lío». Cuando algo es muy, muy, muy importante «es capital». Cuando alguien dice algo que no le gusta «es verdaderamente notable».
Un día me guiñó un ojo para no darme una respuesta. Casi no hablamos, pero nos vemos mucho. Le veo más que a mi familia, mis amigos. A veces en persona y a veces en plasma. Sobre todo, coincidimos los sábados. El día del cine, de las tortitas, del perreo de sofá y mantita, del paseo por el Retiro… Me ha robado los sábados y también un poquito de los viernes, porque cuando sabes que al día siguiente hay convención sobre fortalecimiento institucional, el cuerpo no te pide mojitos, te pide reposo.
Cada sábado cogemos un AVE para llegar a algún sitio y hablar de lo que «es capital» – mantener las Diputaciones, no dar marcha atrás en las reformas, «hacer las cosas bien»…- y de lo que es «verdaderamente notable» – fundamentalmente, que haya un señor que no quiera hablar con él y otro que le pida que se vaya-.
Tiene que ser los sábados porque el resto de la semana tiene otras funciones.
Y dices, bueno, te queda el domingo. Pero no es igual. Ya está el lunes encima y no disfrutas lo mismo. Además, todo el mundo mundial hace los planes divertidos el sábado y el domingo te toca reírte de bromas que no entiendes, y ver en instagram las fotos del amor alrededor de una paella y de los brindis en las terrazas. Yo sé que lo hacen sin maldad, sin querer, pero los demás siguen viviendo. Y ves que tus amigos se están empezando a poner morenos y que a tus amigas les brilla el pelo porque el sábado fueron a la peluquería a hacerse un tratamiento de keratina… A mi me toca doble capa de max factor y coleta.
Y no pasa nada. Yo me hago cargo de lo capital del momento. Aunque a veces, por las noches, intento calcular cuántos sábados nos quedan y luego, de la angustia, hay viernes que no me duermo.
Zumba, día 1
Bueno, pues hoy he ido a un gimnasio de esos. En ningún país me había sentido tan turista. Como correr sin que me persiga nadie me parece de tontos y elíptica me suena a potro de tortura, me apunté a zumba. Una hora de baile pensaba yo. ¡Já! Sobre el espejo de la vergüenza, ese que te devuelve sin piedad la prueba de tu descoordinación, hay un reloj trucado. Cuando crees que llevas una hora haciendo sentadillas y cosas por el estilo, sólo han pasado diez minutos. He pisado a mis compañeras. Les he dado manotazos y codazos. Todas iban monísimas con sus mallas y sus tops. Aparentemente, el chándal ya no se lleva. Mi profesora es una diosa con una coleta rubia (de bote) que le llega por la cintura y un culo que le empieza aproximadamente a la altura de la coronilla. La música hace daño al oído, casi tanto como las letras de las canciones, pero al terminar la clase la gente aplaude como si hubiéramos asistido a un concierto de Otis Redding. Ha sido horrible, pero también ha sido genial. A lo mejor me compro unas mallas de esas. Mañana ya os cuento de las agujetas. La última vez que había hecho deporte existía una cosa que se llamaba COU.
Zumba, día 2
El uniforme, mejor. Me he comprado unas mallas de esas. Aquí entre nosotros, me he ido al Decathlon -niñas, 5 € las mallas, 2 la camiseta-. Las zapatillas ha sido imposible. Sigo utilizando las de COU porque ya no hacen zapatillas para gente con buen gusto como yo. De coordinación, peor. Por si no fuera ya difícil recordar los pasos de Zumba día 1 -hubo unas vacaciones, una boda gallega con 12 platos y un catarro de por medio-, mi profesora -esa diosa con coleta por la cintura y culo en la coronilla- ha introducido nuevas coreografías con más gestos obscenos que, como sabéis, son los más difíciles de imitar para las que somos sofisticadas y un poco tímidas. He reducido los pisotones y los manotazos a mis compañeras, pero lamentablemente no eran las mismas que las del otro día con lo cual no he podido compartir con ellas mis progresos. Vuelvo a casa corriendo para hacer una lista de las cosas que sí hago bien en la vida. Y con una preocupación que no me va a dejar dormir: la música, esos hits del perreo, no me ha desagradado tanto como Zumba día 1. Sé que estoy tonificando, pero a costa de mi oído. Me meto en la ducha con fados de Amalia Rodrigues para compensar. Muchas gracias a todos por vuestros ánimos y solidaridad.
Zumba, día 3
Catástrofe. Mis zapatillas de COU se han roto. Han durado 14 años en una caja en el armario y solo tres sesiones de perreo en Zumba. Estoy condenada a comprarme unas horteradas de esas que hacen ahora y a romper uno de mis principios, el de no hacer publicidad de una marca a menos que me paguen por llevarla. A cambio, puedo celebrar con vosotros mis primeros progresos. Zumba, día 3: pisotones, 0; manotazos, solo 1.
Ya sé el nombre de la diosa, Paula, y he hecho mi primera amiga de gimnasio, una de las de los tops y mallas de fibra de carbono que ha confesado que llevaba UN AÑO yendo a clase – así cualquiera-.
A ver, los movimientos obscenos aún me cuestan. Cuando los hace Paula parecen un rito de apareamiento y cuando los hago yo, los espasmos de una demente, pero torres más altas han caído. Y ya no hay nada que hacer: me he aprendido las horribles letras de las canciones -el oído tiene a veces razones que el corazón no entiende-.
Para terminar, una confesión – a vosotros no puedo engañaros-. He hecho trampas en la sesión final de abdominales -«Y dieeeez….!»-, pero me han pillado. Ha sido duro: Paula me ha mirado con esa cara que ponen los padres antes de decir: «No estoy enfadado. Estoy decepcionado». Hubiera corrido a encerrarme a pensar en mi cuarto si no fuera porque la diosa y sus dobles se han puesto enseguida a aplaudirse y he pensado: «Bueno, solo es mi tercera sesión. El próximo día lo haré mejor».
Zumba, día 4
Zumba, día 5
Hoy he hecho un descubrimiento: en zumba, como en la vida, las mejores cosas pasan cuando te daba pereza salir y al final, sales y conoces al hombre de tu vida. Hoy he estado a punto de no ir. Estaba cansada y sobre todo, me daba vergüenza estrenar mis zapatillas nuevas -son horribles, pero no tienen agujeros-. Al final, me he armado de valor y he salido corriendo de casa hasta el gimnasio rezando para no cruzarme con nadie conocido. Y ha valido la pena porque al llegar me han hecho un regalo: UNA NUEVA. Una nueva, señores y señoras, de unos 55 años. Una pobre mujer despistada, que iba, como yo aquel día, en chándal, y que me ha preguntado, nerviosa, mientras se acariciaba una cadenita de oro: «¿Es muy intensa la clase?».
A ver, podía haber dicho toda la verdad, pero no me pude resistir. ¿Maldad? Probablemente. En zumba descubres cosas de ti misma que no te imaginabas. «No, no… Es muy divertido. El primer día cuesta un poquito, pero vamos, nada…», le dije.
Pobre mujer.
Como soy mala, pero no tanto, antes de que empezara la clase le aconsejé que advirtiera a la diosa que era su primera vez. Y yo creo que Paula había tenido un mal día porque lo que hizo durante los siguientes 60 minutos solo tiene un nombre: ensañamiento. Nos hizo hacer cosas que jamás habíamos hecho, más sentadillas que nunca, más saltitos, patadas y flexiones… Busqué varias veces a la señora para mandarle esas miradas de complicidad y ánimo que tanto hubiera agradecido yo mi primer día. La última vez, ya no estaba.
Señora, si lee esto, vaya al decathlon, cómprese unas mallas y vuelva a zumba. Lo vamos a pasar de maravilla y si tenemos suerte, ¡pronto llegará otra nueva!
Zumba, día 6
La señora del otro día -la nueva, la que me preguntó, tan inocente, si la clase era muy intensa- no ha venido. Me sabe mal. Me sabe mal porque, la verdad, tengo remordimientos. Desde el martes, cuando le mentí para hacerme la listilla de zumba -a lo que hemos llegado-, he pensado mucho en esta mujer. Pero a la vez estoy un poco enfadada con ella. Me ha defraudado. Yo confiaba en verla aparecer por la puerta, con sus mallas nuevas del decathlon y la cabeza alta. Incluso me había imaginado la escena del reencuentro: yo le chocaba la mano, como hacen en los gimnasios de las películas, y sin decirnos nada más, las dos entendíamos. Íbamos a ser compañeras. Aliadas. Dos personas normales entre la Diosa y esas niñas de los tops y las mallas caras que sí saben hacer los movimientos obscenos – por algo será- y terminan la clase con la coleta en su sitio y la raya del ojo perfectamente pintada. Pero nada, me ha dejado tirada. Sigo siendo la única patosilla. La loca a la que los dobles de la Diosa hacen como que no miran cuando a mi me da el ataque de risa por contacto visual con el espejo. La señora iba a entender. Pero no ha venido 😔.
Zumba, día 7
La Diosa nos ha informado hoy de que próximamente habrá una master class, esto es, bailamos en un teatro y se supone que debemos invitar a amigos. ¿Pero a quién se le ocurre??? ¿Por qué razón iba a querer yo que un ser querido me vea en semejante papelón y con estas horribles zapatillas? Yo quiero que me recordéis con mi estilazo, mi saber estar, mis zapatos.
Mis compañeras de las mallas caras y raya del ojo pintado se han entusiasmado. Ha habido aplausos y algún gritito. Y ahí es cuando me he dado cuenta yo de que nunca vamos a ser amigas.
Para no variar, hoy me ha pasado algo vergonzante. Ha venido un chico. Se ha colocado en la fila de delante y todo el rato se giraba hacia mí. Al principio me he enfadado – he estado a esto de darle un manotazo voluntario y decirle: «Pues tú también eres bastante patoso, ¿qué pasa?»-. Luego he pensado que quizá no se estaba riendo de mí. Y ya al final, solo por unos segundos, me he planteado la posibilidad de que le gustara. He oído historias de gente que va a ligar al gimnasio y nunca me las he creído. Estéticamente, al menos, en mi caso -zapatillas horrorosas, mallas implacables, cara de semáforo- son las horas más bajas. Pero por un momento he pensado: ¿y si me ha pillado en mi ataque de risa por contacto visual con el espejo y le ha hecho gracia? ¿Y si él también es normal? ¿Y si él entiende??
No era el caso. Enseguida he descubierto que lo que hacía el chico no era mirarme a mí, sino comprobar si parpadeaba su móvil, que había dejado en un estante justo en mi dirección.
El descubrimiento, claro, ha provocado otro ataque de risa. Y ahí me ha mirado con cara de susto y me he dado cuenta de que él tampoco entendía.
No voy a hacer amigos en zumba. Pero tampoco necesito más. Con vosotros, que jamás seréis invitados a esa master class – por el respeto que os tengo- me sobra.
Zumba, día 8
Creo que ya puedo decirlo: Soy una más. ¡El de la puerta del gimnasio me ha saludado hoy!Antes no lo hacía porque no daba un duro por mí y no le culpo. Con lo que sé ahora, yo también habría desconfiado de una que llega en chándal – al gimnasio en chándal, ¿a quién se le ocurre?- y con unas zapatillas de la temporada 1998-1999. Debió de pensar que iba a durar una clase, pero aquí estamos, ¡en zumba día 8! A lo mejor un día incluso se aprende mi nombre. Quién sabe, puede que hasta terminemos siendo amigos de Facebook.
Hoy he hecho otro descubrimiento: si escuchas la música en lugar de mirar fijamente a la profe, los pasos te salen mejor. Intentar copiar a La Diosa era un error. Los movimientos obscenos no se pueden imitar. Son una cosa muy personal, cada uno tiene los suyos. Y empiezo a entender a Paula. Ya sé por qué nos hace hacer tantos tipos diferentes de abdominales: cada uno duele en un sitio distinto. Lo he descubierto ahora que he dejado de hacer trampas y ya hago las series enteras de diez.¡Soy una más!


